Lunes, 24 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

En nuestro anterior artículo titulado Internet: identidad e impacto cultural reflexionábamos sobre cómo la irrupción de este medio había modificado no sólo los canales de creación, distribución y difusión de los productos culturales, si no que había afectado también al propio concepto de cultura.

Su presencia había democratizado en gran medida el acceso a la información y al conocimiento en el mundo, y como ejemplo de ello citábamos la propia existencia de PanoramaCultural.com.co; medio que está dando voz a manifestaciones culturales que de otra forma permanecerían olvidadas por los medios tradicionales y con ello por buena parte de la sociedad.

En el mismo artículo, hacíamos alusión a cómo la presencia web en general y especialmente a partir de la irrupción de la Web 2.0 ha generado lo que definíamos como euforia digital, “haciéndonos vivir en una irrealidad en la que no caben los conflictos”. De hecho, los primeros discursos en relación a las Tecnologías de la Información y la Comunicación dejaban vez que la implementación de las mismas, por si solas, iban a posibilitar un cambio en la configuración del mundo, convirtiéndose en un importante factor de desarrollo para los países menos avanzados.

Así en la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información, celebrada en Ginebra,  diciembre de 2003 y en Túnez, noviembre del 2005, se acordó que para el 2015 todas las poblaciones de la tierra deberían estás incorporadas al uso de las TIC, las cuales –según se afirmaba en la Declaración de Principios para la citada Cumbre- deben permitir a todas las personas realizarse plenamente, promover su desarrollo económico y social, mejorar la calidad de vida y aliviar la pobreza y el hambre. Para las naciones menos desarrolladas del planeta, las cosas en el  2015 no están mucho mejor que en el 2005, cuando no están aún peor.

En el año 2014, Francisco Millarch (Ideologías de la Red: Del ciber-liberalismo al ciber-realismo)hacía la siguiente reflexión: “Es fácil tener una línea telefónica y un ordenador si eres un ciudadano de clase media de un país del Primer Mundo, con las necesidades básicas cubiertas. ¿Pero cómo alimentará la "autopista digital" a los etíopes antes incluso de que puedan pensar en tener un teléfono? Hoy conocemos la respuesta: de ninguna forma.

El propio término “sociedad de la información” no es ideológicamente neutro: por una parte, legitima las propias tecnologías que la sustentan sin analizar su impacto real en el mundo -dependencia tecnológica, brecha digital, hegemonía de las empresas de telecomunicaciones y un largo etc.-; mientras que, por otra, tiene un importante papel en la difusión de la ideología Neoliberal.

Hoy, para sentirse miembro de la sociedad y participe de la misma, es necesario poseer un celular con acceso a internet, tener un perfil en Facebooko Twitter, o mejor en ambas, para lo cual la dependencia de las empresas tecnológicas, que están en manos de potentes corporaciones transnacionales bien posicionadas en el mercado financiero global, es un hecho. Si como dice Valdés de León, por moda entendemos “un conjunto de pautas de conducta compartidas por un grupo social mediante las cuales los integrantes del grupo se reconocen como pares”, estas pautas de conducta  -esta forma de actuar- suponen unos convencionalismos, tanto lingüísticos -recordemos la particular forma de lenguaje en los chat o actualmente el whatsapp-, así como estéticos, sociales y por supuesto también ideológicos. De esta manera, la moda tecnológica, si no es analizada y asumida críticamente, puede convertirse en una poderosa herramienta para convertir a la sociedad en un “rebaño digital”; término acuñado por el escritor, informático y artista norteamericano Jaron Lanier.

Como afirma el sociólogo estadounidense Daniel Bell (en El advenimiento de la sociedad posindustrial), “más información no significa información más completa; en todo caso, la información es cada vez más incompleta”. Es la llamada “sobrecarga de información”, también denominada infoxicación. Así, demasiada información limita nuestra capacidad para comprender, debido a la incapacidad de asimilar tanto volumen de  datos, en muchos casos contradictorios; de separar lo verdadero de lo falso; lo esencial de lo anecdótico; la noticia de la opinión... Por lo cual, la llamada sociedad de la información, promueve la desinformación.

En Internet, es Google quien decide qué es relevante o no y en la sociedad del Siglo XXI, cada vez tiene más peso la información que llega a través de Internet sobre la de otras fuentes. La frase “lo he visto en Internet” forma parte de las  conversaciones cotidianas, tanto en un café como en ambientes más académicos.

Frente a esta cara oculta de Internet y su impacto en la sociedad del Siglo XXI, levantan su voz los defensores del Tecnorealismo –movimiento en el cual se pueden englobar los autores citados- que pretende introducir y favorecer la reflexión crítica sobre el papel de las tecnologías e impacto social de las mismas, para utilizar sus grandes posibilidades como estímulo para el desarrollo individual y social y no constituir una rémora para el mismo.

En todo caso Internet no puede servir de freno al desarrollo del pensamiento crítico sino que se configura como una poderosa herramienta para su desarrollo.

 

Dr. Antonio Ureña García 

Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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