Lunes, 23 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

El festival  vallenato del año 2015 estaba en su última etapa. En los centros comerciales y sitios de reunión ya se hablaba del posible Rey. Esa mañana, como es mi costumbre, fui a  encontrarme con mis amigos en el café juan Valdez, estábamos felices, nos mirábamos y sonreíamos, la cantidad de mujeres hermosas que se paseaban por el establecimiento nos había alzado el ánimo. Unas vestían short extremadamente cortos y trasparentes, tan ajustados que fácilmente mostraban la partidura de sus glúteos y, vistas de frente, la forma triangular en la base de sus piernas. Otras, con sus  faldas tan pequeñas, daban la impresión que circularan desnudas, eran tantas que no había tiempo de mirar fijamente a una porqué la siguiente ofrecía un mismo espectáculo o superior. Caminaban con paso firme y sostenido con toda normalidad, sabían que eran la atracción del lugar. Su forma de vestir las hacía más femeninas y sexy.

Yo era el más feliz del grupo, pero nadie sabía mis motivaciones, mi felicidad claramente excesiva, no podía ocultarla, esa mañana todo lo veía diferente, el día lo veía más radiante, la ciudad era distinta, los ruidos de carros y motos no me incomodaban. Le sonreía a todo el que me saludaba, mi alegría era incuestionable, parecía que estuviera loco, reía solo y cuando caminaba a veces aceleraba el paso batiendo el maletín que llevaba en mi mano en una forma rítmica de adelante hacia atrás.

Habían pasado tantos años y, al fin, mi deseo se hizo realidad. La mujer de mis sueños, de mi juventud, mi primera novia, por la que sufrí tanto cuando la perdí, la había visto el día anterior.

Nos encontramos en las redes sociales, no fue por casualidad. Todos los días escribía su nombre en el buscador, pero nunca me arrojaba ningún resultado, su nombre  inconfundible no aparecía en la red, la buscaba también por su apodo familiar y tampoco encontraba nada.

Fue tanta mi insistencia que una noche, después de tantos intentos fallidos, escribí su nombre en el buscador e inmediatamente apareció la repuesta, era ella, allí estaba su foto también la información personal: donde vivía y muchos álbumes familiares, empecé a ver las fotos y parecía que el tiempo no hubiera pasado, la última vez que la vi tenia dieciocho  años, ahora ya habían pasado cuarenta y siete y para mi seguía igual. Pensé un buen rato y después decidí enviarle una notica, un mensaje donde ella supiera que yo la había visto, algo sutil que no percibiera mi interés ni mi amor perenne por ella. Escribí varias veces pero nada me gustaba, borraba y lo hacía de nuevo, hasta que al fin encontré decirle en pocas palabras lo que quería, resolví llamarla por su apodo familiar: hola, negra, cómo estás de conservada, qué familia tan hermosa tienes, me alegra mucho verte en las redes sociales, no quiero causarte problemas, solo quería saludarte, si no puedes no me respondas, saludos, Nondo.

A partir de ese momento, cada vez que encendía mi computadora ansioso buscaba alguna repuesta de su parte, pero nunca encontraba nada, repetidamente entraba a su muro y nada nuevo había aportado, parecía que nunca lo abriera, allí estaba mi nota tal cual la escribí.

Una noche cuando ya me disponía a apagar mi computador, empezaron a llegarme mensajes seguidos: hola, Arnoldo, soy la negra, no te había respondido porque poco entro a esa red social, tanto tiempo sin saber de ti, pensé que ya no te acordabas de mí. Enseguida empecé a responderle: Hola, negra, qué alegría, a ti nunca te he olvidado, nunca dejé de amarte, has estado siempre en mí.  Como olvidarte si eres mi vida, he sufrido tanto por ti, perdona si te ofendo, pero tengo que desahogarme, si quieres después de esto no respondas más a mis mensajes. Seguí escribiéndole recordándole como nos conocimos, el primer beso, facetas y más facetas de nuestro romance. Al principio, me dijo que no recordaba nada de lo que le estaba expresando, yo seguía insistiendo y traía más y más recuerdos a mi mente, a veces aparecían facetas cómicas y ella empezó a terminar lo que yo contaba, hasta que al fin escribió, nunca te he olvidado, cómo olvidarte, en mi mente están intactos todos esos recuerdos que me has dicho, además puedo aportarte muchos más. Entonces abordó otras reminiscencias de nuestro amor que yo no recordaba pero que al instante regresaron a mi mente como si hubiera sido ayer.

Me dijo que vivía cerca de Valledupar, que solo estaba a cuatro horas en autobús. Nos emocionamos mucho y de nuevo revivió ese amor que nos profesábamos de muchachos, desde ese momento nos llamábamos por celular, hablábamos horas y horas, los planes de telefonía celular los agotábamos y teníamos que recurrir a las recargas para continuar con nuestras conversaciones.

Un día le dije: Negra, sé que eres una mujer casada, pero mi amor por ti es muy grande, así que quiero verte, estrecharte en mis brazos, besarte, aunque sea solo una vez, sin inmutarse me respondió enseguida: yo también quiero verte, pero no te afanes, te diré cuándo, más adelante .

El día anterior del encuentro con mis amigos en el Café Juan Valdez, recibí una llamada temprano, era ella mi negra adorada. Apenas respondí me dijo con su voz melodiosa e inconfundible para mí:  ¡Arnoldo te vas a llevar una sorpresa! Voy llegando a Valledupar, solo quiero verte en el terminal pero no te acerques a mí,  nos veremos de lejos. ¿Por qué?, le respondí, lo que más quiero es darte un abrazo,  mirarte fijamente a los ojos  y darte un beso. ¡Haz lo que te digo! Después te cuento, en una hora estoy llegando.

Todo esto me parecía un sueño, no sabía qué hacer, andaba sin vehículo para esa época y pensaba que, de pronto, si ella se decidía a acercarse a mí, no podría ofrecerme a llevarla, me daría pena tener que tomar un taxi. El tiempo corría y ya se aproximaba su llegada, ella me  escribía por todo el camino diciéndome los sitios por donde venía, así que tomé un taxi y me fui para el terminal. Una vez allí, me senté a esperar el bus donde llegaría, sabia la empresa y el número,  ella por el chat me había dicho todo, no tuve mucho que esperar, en mi cel apareció su mensaje: ya estoy aquí, pero no te acerques salúdame como si fuera un encuentro casual, en el viaje conocí a una señora  su esposo la va a recoger y se ofreció llevarme. Nervioso, me puse de pie a una distancia donde ella me pudiera ver, empecé a observar a los pasajeros que bajaban, mi desesperación era tan grande que mi corazón palpitaba más fuerte, como si quisiera reventarme el pecho, bajaban y bajaban personas y ella no aparecía, hasta que al fin asomó mi negra.

Venia vestida de azul,  su falda larga engalanaba más a su garbosa figura. Me miró a los ojos,  yo avancé de frente como si no la hubiera visto, y a tiro de piedra la saludé emocionado. ¡Negra, que alegría verte, años sin saber de ti!¿Vives aquí en Valledupar? Ella también sorprendida respondió, ¡Hola Arnoldo Mestre, cómo estás, no, yo vivo en Barranquilla, vine a hacer una vuelta, logré el saludo simulado para acercarme más a ella, la abracé suavemente y le di un beso en la mejilla y después continué hablando. No cambias, estás igual, para ti los años no pasan. Sonrió un poco, luciendo su hermoso rostro angelical, entonces, finalmente hablé más  fuerte para que escuchara su compañera. ¡Estoy esperando a un amigo que viene de Cartagena! No debe tardar en llegar. Me despedí cordialmente y me retiré simulando con mi vista buscar al supuesto amigo, ingresé más hacia la parada de los buses, hasta que calculé que ya se habían retirado del terminal.

Durante el resto del día, nos mantuvimos comunicando por el chat, yo le insistía que quería verla , ella me dijo que era imposible porque los anfitriones siempre la acompañaban para donde fuera, así que era imposible apartarse de su compañía,  que estaría mañana con ellos en el centro comercial. ¡Vete para allá temprano al menos me ves de lejos!, dijo.

Al día siguiente muy temprano, me fui para el centro comercial y me senté en un sitio estratégico, donde podía ver a todas las personas que entraran o salieran del establecimiento comercial. Al poco rato la vi aparecer, caminaba rápido pero muy elegante, acompañada de otra señora también muy elegante, que no era desconocida para mí, era Maritza Quintana, la hija de un reconocido comerciante, eran amigas desde niñas, me quedé paralizado en mi silla, no sabía qué hacer, pero al final saqué fuerzas, me levanté y salí a enfrentarla, me tocó emplear la misma táctica del terminal. Cuando la tenía a pocos pasos, fingí una gran sorpresa. ¡Hola, Negra! Años sin verte. Ella empleó el mismo talante. ¡Arnoldo Mestre, no lo puedo creer, lo que menos me imaginaba era encontrarme contigo! Inmediatamente, saludé cordialmente a su amiga, creo que ella no me recordaba

Las invité a tomar un café y gustosas aceptaron, hablamos de todo, recordamos las fiestas y a los amigos de la época, finalmente se despidieron y se marcharon. Me quedé un poco afligido, llegué a pensar que no la volvería a ver y menos a solas. El timbre de mi celular me sacó de mis abstracciones, era la negra la que llamaba, apenas respondí me dijo: ven estoy en la papelería Panamericana, en el segundo piso, en la sección de libros infantiles. Mariza fue a recoger a su esposo y, más tarde, viene por mí.

Sentí las percusiones de mi corazón más esforzadas, las podía escuchar, pero, sin pensarlo dos veces, subí a la escalera eléctrica, ésta me parecía lenta, de modo que también caminé rápido sobre ella, hasta que al final llegué a la papelería, me dirigí directamente donde la negra me indicó. Miré para todas partes y no estaba allí, cuando ya me disponía a abandonar el sitio, ella asomó su rostro desde la sección vecina y me dijo sonriente: Hola, Arnoldo Mestre, qué desesperado eres, ¿Ya te ibas? No, le respondí, zaceando, te buscaba y pensé que te habías ido.

Me le acerqué decidido. La abracé fuerte y, sin aclaración alguna, con mi boca busqué la de ella, me olvidé que estábamos en un lugar público, nos besamos apasionadamente, la apreté en mi pecho, después la alejé un poco para ver sus ojos, y de frente le dije: te amo, Negra. Soñé tanto con este encuentro, hoy me has hecho el hombre más feliz de la tierra, se cumplió mi sueño, de pronto recordé que allí habían cámaras y estábamos en una sección muy visitada por padres de familia y menores de edad. Así que la tomé de la mano y empezamos a caminar por todas las secciones de la papelería, reí un poco y le comenté: amor, tengo miedo, aquí ven por cámaras todo lo que hacen los clientes, y nosotros somos personas mayores, seguro que le llamamos la atención al vigilante que ve las pantallas, jajaja, entonces vamos a salir a fin de año en la televisión como sorprendidos infraganti, corroboró ella.

Paseábamos por toda la papelería como si para nosotros no hubiera pasado el tiempo, como si nunca nos habíamos separado, cualquiera que nos encontrara pensaría que éramos una pareja matrimonial feliz. Como así sucedió nos encontramos con un amigo común y al saludarnos nos dijo: ¡como siguen ustedes de felices, me da envidia de la buena verlos! Así, ¿Dónde viven? Nunca los volví a ver aquí en Valledupar. No sabía qué responder. Pero ella hábilmente, supo salir de aquella situación tan expuesta, sin titubear y riéndose, respondió: jajajaj tenía añales que no veía a Arnoldo Mestre. Precisamente, en este momento nos acabamos de encontrar y lo estaba saludando, nosotros solo somos amigos, él vive aquí, yo vivo en Barranquilla y vine a Valledupar por  asunto de negocios de familia, mi esposo es de Boyacá.  Creo que el amigo quedó conforme con la explicación, rio un poco y se despidió.

No había pasado tanto tiempo cuando el celular de la negra timbró, miró la pantalla y me dijo: es Maritza, ya debe estar aquí en el comercial, respondió y antes de que hablaran del otro lado de la línea afirmó: Mari, te espero en la papelería cerca de las cajas de pago. Colgó y dirigiéndose a mí me dijo: vete, ya viene.Me dio un beso y se marchó a toda prisa.

Durante todo el día estuvimos escribiéndonos por whasap, yo le seguía insistiendo que quería verla a solas, en un lugar donde pudiéramos desbordar nuestro amor. Es imposible, Arnoldo, Maritza no se aparta de mí.

Cuando todo parecía imposible, a eso de las cinco de la tarde mi celular volvió a timbrar, miré la pantalla antes de responder, era la negra, no me dio tiempo de hablar,  empezó a hacerlo, te estoy esperando en el éxito de la calle del cesar, vente rápido, le dije a Maritza que iba un rato al salón, espérame un momento ya salgo para allá,  le expresé.

Apenas entré al almacén, la busqué ansiosamente, no tardé mucho tiempo en localizar, estaba de espaldas,  simulaba ver algunos productos de belleza, me le acerqué y le di un beso en el cuello, sentí cuánto se estremeció, y me dijo: ayyy no, Arnoldo, no seas malo. De nuevo ansioso, busqué sus labios y la besé, nos tomamos de la mano y empezamos a caminar. Donde vamos a ir me preguntó bastante nerviosa, tú no digas nada, solo déjate llevar adonde yo diga, salimos por la puerta contraria,  afuera tomamos un taxi, cuando el conductor me preguntó a dónde íbamos. Me le acerqué y en voz baja le indique la ruta a seguir, hasta que al fin llegamos al sitio que yo había elegido. Apenas entramos un empleado del lugar corrió a cerrar el portón, nos bajamos y el portón de nuevo fue abierto para que saliera el taxi, ya en la habitación la abracé, sentí su cuerpo delgado, su busto en mi pecho y su respiración acelerada, la besé ansiosamente, ella correspondía a mis caricias. Suavemente la fui conduciendo a la cama, hasta lograr ponerme encima de ella, su falda larga no fue obstáculo para levantarla y con mis manos recorrer sus muslos desnudos,  con sutileza abrí más sus piernas lo que me permitía acariciarla en medio de ellas. Estábamos  deseosos el uno del otro, la besaba con pasión, con mis labios recorría todo su cuerpo, sin darnos cuenta nos despojamos de nuestras ropas, ahora sentía su cuerpo caliente, nos amamos intensamente hasta quedar agotados. No fue un acto de morbosidad ni un deseo malsano, fue el encuentro de dos seres que a pesar del tiempo,  nunca habían dejado de amarse.

Con frecuencia me preguntaba la hora, me recordaba que no podía demorarse. Maritza en cualquier momento podía llamarla y preguntarle donde estaba para ir a recogerla. Casi suplicando le dije: amor, regálame otros minutos, recuerda que es difícil que esto se vuelva a repetir, ella con su silencio afirmó mi petición, lo que aproveché para mirar su hermoso rostro angelical, acariciar con mi mano suavemente su cabello y su carita que nunca olvidé en 47 años, mientras esto pasaba de vez en cuando le besaba la frente y le hablaba cosas del pasado, recordé como la conocí,: te acuerdas, mi amor, que tú estabas en una fiesta en el barrio la garita, yo llegué allí con mi primo Alfredo, cuando me viste te le acercaste y le preguntaste: Fello quién es ese pelao´ que anda contigo, y el té respondió: es mi primo Nondo, estudia en Santa Marta, está de vacaciones, y sin consultarte me llamó y me dijo: ve nondo la negra quiere conocerte. Yo me acerqué muy tímido, y tu dijiste: ombe vamos a bailá, qué presentación ni que na, recuerdo que el conjunto de Aniceto Molina tocaba muy alegre la canción de moda. “Si me voy, recuerda que yo volveré”, bailabas con una gracia que te hacía ver más bonita, tus movimientos cadenciosos te concebían diferente a las demás muchachas de la fiesta, desde entonces me enamoré totalmente de ti, y  nunca he podido olvidarte.

Ella me miró fijamente y empezó a hablar: nunca he olvidado nada de lo que pasó entre nosotros, si no te busqué antes fue por respeto a mis hijos y a mi esposo, sabía que esto tarde o temprano iba a suceder y no me arrepiento de lo que hoy pasó aquí. Cuando hablaba, sus ojos se empantanaron de lágrimas, su voz apesadumbrada fue interrumpida por el timbre de su celular, miró la pantalla y rápidamente se puso de pie. Vamos es Maritza, respondió y ella hablo primero: Mary ya voy para allá, espérame diez minutos. Se vistió rápidamente, yo hice lo mismo, enseguida pedí un taxi que nos llevó al mismo sitio donde partimos inicialmente.

No tardó mucho tiempo en escribirme por el wasap. “Ya estoy con Maritza, todo está bien, recuerda que viajo en la madrugada, mañana te escribo, no me escribas más hoy,  Maritza me ha preguntado varias veces, que con quién chateo tanto”

Esa noche dormí relajado y feliz, todo lo que había pasado me tenía confundido pero muy contento, por eso esa mañana que fui a encontrarme con mis amigos en el café Juan Valdez, era el más alegre del grupo y nunca a nadie le di mis motivos.

La negra no volvió a escribirme, no volvió a llamarme, varias veces lo intenté y su celular estaba fuera de servicio. Su whasap estaba bloqueado para mí, tampoco a su Facebook pude entrar más. Lo que sí estoy seguro es que no fue un sueño. La Negra estuvo conmigo en el lugar que yo elegí y allí en dos horas nos amamos intensamente,  recorrimos y vivimos los cuarenta y siete años que estuvimos separados. 

 

Arnoldo Mestre A.

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La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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