Miércoles, 29 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

—No es nadie menos que John Jádison Huérfano Aguirre —dijo desde la ventana del campero.

No sabía quién era el que lo acababa de saludar: las personas normalmente le decían Jota Jota, que era el resultado de anular el nombre que su padre llevó a la casa de su primer matrimonio. Dicen que le pertenecía al sobrino de su primera esposa, que se hizo hombre, luego ladrón y al final asesino (no se sabe si en ese orden); y que una mañana amaneció enredado en un alambre de púas con dos disparos en la espalda.

—No me digas así, que me siento como un mocoso de colegio —dijo Jota Jota para tantear el terreno— ¿De dónde me conoces?

—De la universidad… Soy Héctor.

Lo contempló para desentrañar al compañero debajo de las ojeras, el corte militar y la cicatriz en el mentón.

—¿Héctor? No jodás… ¿En serio?

—¿Qué pasa, John? ¿No me reconoce?

—No me digas así. Llámame Jota Jota, como hace todo el mundo.

—Ese nombre me parece medio roscón y por favor no me tuteé —dijo en tono seco—. ¿Está ocupado? Acompáñeme a Zipaquirá —pidió en un tono más conciliador.

—No sé.

—Hágale. Allá hay pola en cantidades industriales.

—¿Mucha?

—Muchísima. Como en los viejos tiempos.

—…

—Hágale, no se va a arrepentir. ¿Cuándo le he quedado mal?

Aceptó.

—¿Cómo me reconoció? —preguntó Jota Jota para romper el silencio.

—No ha cambiado mucho.

—¿Viene seguido por acá?

—Todos los días, a la misma hora.

—¿Estás siguiendo a alguien o qué?

—Sí, a usted —lo miró a los ojos y después soltó una carcajada metálica, sin ningún matiz de alegría—. Y deje de tutearme, que no soy su novio; huevón.

—Ya entendí, todo bien.

Avanzaron por la avenida 127, quien perdía progresivamente los carriles hasta que se transformaba en un embudo de seis metros de ancho.

—Supe que trabajó en Tunja. ¿Cómo le fue? —preguntó Héctor.

—Bien. Allá los muchachos…

—¿Se comió alguna alumna? —interrumpió.

—No.

—No me venga con cuentos: usted se comía a todas las viejas en la universidad.

—Ya quisiera que hubiera sido así.

—Por ahí decían que se comió a sandrita.

—Sólo chismes.

—Imagino que ahora se la pasa tirando con todas las viejas que se le atraviesan.

—Qué va: no he levantado ni un polvo de caridad —dijo a pesar que en los últimos meses intentó tener sexo con una prostituta y se acostó varias veces con una mujer que conoció en la Feria del Libro.

—No soy su mamá para que me venga con mentiras. Diga a cuántas se ha comido.

—Hermanito, créame: a ninguna.

—¿Ni una puta?

—Estuve en un burdel en Tunja, pero no se me paró.

Héctor guardó silencio porque sabía que los hombres jamás mienten en ese asunto.

En ese momento arribó el recuerdo de Alejandra, la mujer que Jota Jota conoció en la Feria del libro.

Se sentó frente a él en el lanzamiento de una novela. Dos minutos después le pidió el favor que le cuidara el bolso que quedó sobre la silla como un nido de gaviotas. Apareció minutos antes que terminara la charla.

—Gracias, caballero —dijo con un acento que fue costeño en algún momento, pero que fue desapareciendo bajo el sedimento de otros acentos—. ¿Me podrías hacer otro favor?

—Claro, dime.

—Me puedes acompañar a coger un taxi. Es que no conozco la ciudad.

Buscaron la fila de taxis que se forma en la Avenida Esperanza.

—¿Sabes?, tengo hambre. Ven, te invito a comer —dijo Alejandra.

Fue una comida que terminó en un beso desesperado. Todo habría quedado de ese tamaño de no ser porque Alejandra anotó su correo electrónico en un trozo de papel que dejó sobre la mesa.

—Para que me convenzas de repetir la jornada.

Las gotas empezaron a golpear contra el parabrisas.

—¡Maldita lluvia! —gritó Héctor.

—¿Cómo le fue en África?

—¿Quién le contó?

—Jairo me dijo que trabajó con la Petrolera Soco.

—En África me fue mal. Lo único raro que podría contar es que allá conocí a mi esposa.

—¿En serio?

—Me enfermé. Ella era doctora del dispensario de la petrolera. Una cosa llevó a la otra. Usted sabe —dijo mirando a Jota Jota a los ojos.

Silencio.

—Ahora que lo pienso, esa enfermedad fue el inicio de una racha de malas noticias.

—¿Por qué lo dice?

—La petrolera tuvo problemas con la exploración que se hizo en el Parque Nacional de Virunga. Entonces decidieron echarnos porque no podían pagarnos el sueldo mientras salía el fallo de la OCDE.

—Imagino que vino a trabajar a Ecopetrol.

—¡Qué va, esos son unos rosqueros! Comí mierda hasta que pude engancharme con el ejército.

Jota Jota recordó que Héctor estuvo renegando durante toda la carrera que sus papás lo obligaran a estudiar ingeniería, en lugar de dejarlo hacer carrera militar.

—¿Con qué rango lo escalafonaron?

—Mayor.

Silencio.

—¡Uy Mi mayor! Para solicitarle que me deje encender el radio —dijo Jota Jota minutos después.

Héctor lo miró fríamente.

—¿Qué?

—Deje de decir huevonadas.

En ese momento cruzaron frente a un muro rasguñado por manos ansiosas de bazuco y polvo de ladrillo.

—Butembo parecía una ciudad enferma de viruela. Todos los edificios tenían cicatrices de disparos de kaláshnikov, —dijo Alejandra en la siguiente cita. —No imaginas lo terrible que era vivir allá.

—¿Por qué te fuiste?

—Es un cuento largo.

Se casó con un anciano de setenta años que era accionista mayoritario de Air France. Después de los atentados del 11 de septiembre, las acciones se desplomaron hasta quebrarlo. Intentó suicidarse dos veces. A la segunda tentativa, sus hijos lo encerraron en el Jean le Claire de Paris, al tiempo que Alejandra se enlistó en el grupo de Médicos Sin Fronteras que apoyó a la ONU en la Guerra del Congo. Decidió quedarse en África al final de los trescientos días reglamentarios.

—¿Por qué te quedaste en medio de la guerra y el hambre?

—No tenía nada qué hacer en Europa. Ni allá ni en el resto del mundo —dijo a la cuarta cerveza.

—¿De qué viviste?

—Trabajé en farmacias y centros médicos en petroleras y ong’s. Por eso conocí a mi marido: el imbécil no se vacunó contra la fiebre amarilla, y a las dos semanas de haber llegado, tenía vómito y fiebre de cuarenta grados.

El dolor que le había dejado la guerra, y la frustración de sentir que no había hecho nada provechoso con su vida, la empujaron a casarse y viajar a una Bogotá amarga y lluviosa.

—Después de varios meses de encierros y maltrato, decidí vengarme de mi esposo de la única manera posible: coleccionando hombres.

Las gotas fueron engordándose sin que se decidiera a transformarse en aguacero.

—Oiga, Héctor, dígame una cosa: ¿viene de malgenio o así lo volvió el ejército?

—¿Cómo estaría usted si su mujer le pone los cachos?

—¿Su mujer le puso los cachos?

—La pillé mandándole mensajes de texto al mozo.

—Hermanito, no se meta en problemas por una vieja. Mujeres buenas es lo que sobra —dijo Jota Jota señalando a una muchacha que cruzaba la cebra.

Héctor dio dos pitazos breves a la muchacha que aceleraba el paso.

—Eso hacen los maricones. Los hombres de verdad, nos vengamos: le damos un tiro a la vieja, ponemos al mozo que la entierre y después le damos su plomazo.

—No pues, ¡tan varón! A ver, ¿por qué no se vengó de su esposa?

—¡Cómo que no! Esta mañana le pegué su pepazo y después la metí en el carro. Es ese bulto que ve —dijo señalando la parte de atrás del montero—. Sólo me faltaba encontrar a la gonorrea con la que me estaba poniendo los cachos para ponerlo a cavar el hueco —dijo mientras le mostraba la cacha del revólver a Jota Jota.

 

Diego Niño

@diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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