Sábado, 23 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Son las cinco de la tarde. En un extremo del cerro frente a su casa, Anais ve que se empiezan a crear los montículos blancos con formas diversas que a veces aparecen en el ocaso del día. “Hoy va a llover”, se dice. Llama a su vecina Ceci y juntas emprenden la tarea de quitar la ropa del tendedero, guiar las gallinas al dormidero bajo techo, revisar que no se haya quedado nada en la orilla de la quebrada porque “el otro día se le quedaron allá unas faldas a la señora Mirta y el día siguiente encontró fue el sombra”, recuerda, en medio de la  tareas que realizan alegres y presurosas, pues saben que si tienen todo listo los mayores les darán permiso de bañarse en el chorro que cae del techo, después que llenen las vasijas de consumo.

Dos horas después, las dos amigas están bañándose alegres bajo el chorro que cae con fuerza y les hace huellitas en el cabello. En la oscuridad se escucha el arroyo, que aumenta el volumen de su canto al ritmo que crece su caudal. Hace frío esa noche y es necesario arroparse. Cuando amanece, las hojas de los árboles tienen un brillo especial al reflejo del sol naciente. “Es como si todo fuera nuevo”.

Anais guarda silencio y mira al horizonte, como tratando de encontrar algo entre los cerros descumbrados. Ha reconstruido en su mente la imagen de hace cuarenta años y se ha puesto nostálgica. Es una mujer del campo, que ha vivido todos sus años en el mismo lugar, frente a los mismos cerros, la lado de la misma quebrada – hoy seca por el verano - siendo testigo fiel de las transformaciones que ha traído el tiempo y el cambio climático. “Es que todo era muy distinto”, rompe el silencio.

Relata Anais que en aquella época, mientras sobre los cerros iban armándose formas blancas de algodón en las cuales los niños intentaban identificar figuras conocidas, en los árboles se escuchaba el canto del Guaco, que confirmaba el presagio de la lluvia. “Hay un pájaro que le dicen el Guaco y ese cantaba mucho al anochecer; cantaba duro. La gente le tiene agüero porque cuando el pájaro está cantando en palo verde es porque va a llover, si canta en palo seco no hay esperanza de lluvia”. También habla del Silbador, que cumplía la función de anunciar las lluvias y las muertes. “Ese  silba de noche, le tienen agüero que silba cuando va a llover y cuando se va a morir una persona; lo oye uno por allá clarito… Pero esos pájaros ya se fueron de por aquí. Anteriormente había mucho pajarito que uno los veía, como las perdices que por acá se murieron, se acabaron y así muchos pájaros”

¿Y qué les pasó, para dónde se fueron?

“Jmh…Yo no sé. Será que ya es el fin del mundo”, responde la mujer, encogiéndose de hombros y prodigue: “Mire que ahora el tiempo se pone opaco, como nublado y uno dice va a llover porque mire esas nubes, y se va es en viento. Yo miro ahora y esas nubes blancas no volvieron a salir. Eso hace ya como muchos años”.

El relato de Anais está asociado a las señales de la naturaleza que durante muchos años han guiado a las gentes en las zonas rurales, a modo de cabañuelas que les anuncian los tiempos para desarrollar ciertas actividades, pero que hoy han dejado de funcionar en muchas regiones, debido a las transformaciones que ha sufrido la naturaleza. Las coberturas vegetales en las que anidaban muchos de esos pájaros, como el Guaco y la Perdiz, han sido quitadas y si las aves no tienen casa para vivir se van, como muchas otras especies que han sido desplazadas a efecto de las drásticas intervenciones al ecosistema al que pertenecen.

Estas transformaciones trajeron como consecuencia que Anais y cientos de campesinos ya no cuenten con las señales que les ofrecía la naturaleza, como las serpientes que se cruzan en grandes cantidades en los caminos, los burros que se guarecen debajo de los árboles, las perdices que cantan, los perros que duermen patas arriba, el toro que se revuelca en la tierra como si fuera un caballo; estos y muchos otros signos que les permitía saber cuándo iba a hacer sol, iban a recibir una visita, a suceder una desgracia. “Porque ya ni los burros, ni los perros volvieron a hacer eso; es como si los perros de ahora no supieran de esas cosas”, reflexiona.

Muchas de las especies aquí mencionadas se encuentran en peligro de extinción, debido a la destrucción de su hábitat. Se sabe de algunos lugares en los que aún canta el Guaco, como en la Sierra Nevada y en las selvas del Chocó, entre otros. Se sabe de iniciativas que se están adelantando desde lo estatal y desde lo particular, para devolverle el hábitat a algunas especies nativas; están los Parques de Reserva Natural, santuarios de flora y fauna y ecoparques que son la muestra fiel de que las aves van al lugar donde encuentran condiciones para vivir, la cual está asociada a la presencia de la vegetación. Si hay flora, hay fauna.

El testimonio de Anais sirve de ejemplo de lo que ha ocurrido con las creencias o calendarios milenarios y también se convierte en una alerta -no temprana, pues ya muchos la han lanzado, de muchas formas– de la extinción total de especies, si no se suman esfuerzos para brindarles condiciones de vida. Tal vez así el Guaco vuelva a los cerros y Anais pueda contarles estas anécdotas a sus nietos.

 

María Ruth Mosquera

@sherowiya

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