Sábado, 24 de feb de 2018
Valledupar, Colombia.

En fechas anteriores al 31 de octubre, comercios, y residencias particulares de uno a otro extremo del continente americano, comienzan a decorarse con motivos alusivos a la muerte, sin bien con un sentido diferente en las diferentes partes de esta vasta región.

En Canadá y Estados Unidos, la causa de tal despliegue necrófilo es la fiesta de Halloween. Importada por emigrantes irlandeses a mediados del siglo IXX, durante la conocida como “diáspora irlandesa”, hunde sus raíces en la antigua festival celta denominada “Samhain que significa "fin del verano".

Se celebraba al finalizar de la temporada de cosechas en los territorios de la actual Irlanda, para dar comienzo al "año nuevo celta", coincidiendo con el solsticio de otoño. Durante esa noche, se pensaba que los difuntos caminaban entre los vivos, por lo que era habitual colocar velas para que pudieran encontrar su camino.

Hacia el año 50 a.c. dichos territorios fueron ocupados por los romanos ya convertidos al Cristianismo; entonces,  esa fiesta –como tantas otras- de origen pagano, fue cristianizada. Tal aspecto se vio reforzado cuando en el siglo IX, los Papas Gregorio III y IV trasladaron la fiesta de Todos los Santos, de mayo a noviembre. Si en sus orígenes, Halloween se celebraba sólo en países de la órbita anglosajona, será hacia finales de los años 70 del pasado siglo, cuando  adquiera su dimensión internacional, gracias al cine.

Mucho antes de la implantación de la anterior celebración, en Latinoamérica se vienen celebrando rituales que hunden sus raíces en los tiempos prehispánicos -con pocas concesiones al cristianismo, más allá de las fechas elegidas para ello- para halagar a la muerte y festejar a los difuntos. Y es que la concepción de la muerte en las culturas precolombinas se mantiene en la actualidad, no solo en los pueblos aborígenes si no formando parte de la identidad colectiva en la región, difiriendo esencialmente de la tradición cristiana. 

Según Marco Antonio Gómez y José Arturo Delgado (Ritos y mitos de la muerte en México y otras culturas, 2000) en las culturas precolombinas, desconocían en su mayoría el miedo a la muerte, y la misma “se creía que era una virtud; las personas  que fallecían se transformaban automáticamente en dioses y el fenecer representaba vivir eternamente”. Esta forma de pensar no es privativa de la región y está presente en las raíces ontológicas del ser humano, de aquí se dice que procede la palabra adiós, cuyo origen se remonta a los rituales de despedida ante el fallecimiento, cuando el difunto se transformaba en Dios.

Para la mayor parte de esas culturas, el infierno no existe. El etnocidio producido durante la Conquista y la Colonia, por mucho que se esforzaran los misioneros, no fue capaz de acabar del todo con esa concepción de la muerte, y es por ese motivo que durante las primeras fechas de noviembre la mayoría de los habitantes de la región, hace ofrendas a sus muertos y aprovechan para festejar con ellos, ya sea comiendo calaveras de azúcar o panes u otro tipo de dulces, los niños y alguna que otra copa “a la salud” de los difuntos, los adultos. Es que a los muertos no hay que recordarlos con tristeza, si no con alegría; como ellos vivieron; o al menos como querrían haber vivido.

Así concebida entonces, las celebraciones en torno al día de difuntos, son una manifestación de resistencia cultural frente al etnocidio. Como dicen los autores citados, el culto a los muertos, ayuda a conservar la cohesión familiar, grupal, tribal o étnica. En esta –como diría Benedict Anderson- “comunidad imaginada” que es Latinoamérica, domina el pensamiento sincrético; a diferencia del cristianismo, no se rinde culto a la muerte, se rinde culto a los antepasados; a la propia sangre; al linaje. Cuando alguien muere, se interna en el mundo de la oscuridad, que no tiene nada que ver con el infierno cristiano y se correspondería más bien con el denominado Limbo; pero estos días de noviembre se puede entrar en contacto con él, se le puede venerar y al venerar toda la población a sus antepasados como entidad unitaria,  venera sus raíces; sus orígenes.

En un artículo publicado con anterioridad en la columna Contrapunteo Cultural, hablábamos de la angustia ontológica del ciudadano-a del subcontinente en la búsqueda de su identidad; de esta manera, la festividad de los difuntos se convierte en una forma de resistencia contra esta angustia. Pero a su vez, no podemos olvidar que estas construcciones culturales de las que venimos hablando en torno a la muerte, serían -como plantea Louis-Vincent Thomas (Antropología de la Muerte, 1983)- un conjunto de  estrategias orientadas a disminuir o neutralizar los efectos que la misma produce, especialmente en una población tan acostumbrada a ella desde los tiempos de la Conquista y la Colonia o en la actualidad con la violencia campante por sus fueros en las ciudades y a la que nos hemos referido desde estas páginas de PanoramaCultural.com.co.

No es casualidad, entonces, que en uno de los países más violentos de la región, como es México, se rinda al culto a la Santa Muerte y él mismo esté ganando  adeptos en uno de sus lugares más violentos: Ciudad Juárez. El antropólogo Carlos Garma (El culto a la muerte, 2009) explica que, en ocasiones, su culto se ha vinculado a distintos tipos de delincuencia, aunque hay seguidores de profesiones muy variadas. Es éste lo que se denomina un Culto de Crisis, surgido de una profunda perturbación social que no ha tenido la respuesta adecuada por las creencias habituales.

La mencionada Santa Muerte, finalmente, nada tiene que ver con la manera particular de celebrar el día de los difuntos o de los muertos en la región, según hemos tratado de dar explicación desde estas líneas, como tampoco tendría que ver con la celebración actual de Halloween –no así como con los orígenes celtas de la misma- que está teñida de valores comerciales y es una manifestación de la cultura global uniformadora.

 

Dr. Antonio Ureña García

Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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