Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Escena de la película

A lo largo de la historia se ha amado de manera distinta; entiéndase, se han producido distintas visiones histórico-culturales del amor hacia el otro o el mismo sexo.

Hasta el Renacimiento, el amor fue el concepto de un ideal; virtud y belleza eran el espejo de la mujer, una mujer idealizada. La Beatriz de Dante o la Laura de Petrarca.

En el siglo XVIII, el amor no es solo una cuestión de las clases más favorecidas, es una cualidad interior para la que están capacitados todos los hombres. Es con el Romanticismo cuando comienza a fraguarse un modelo que sigue vigente hasta hoy; donde todo está permitido: Las conquistas en cadena del siglo XVIII, el amor platónico, el amor furtivo, el destructor, y cuantas maneras se le ocurran al amante.

Salvando las distancias, la literatura está llena de obras imprescindibles para entender el recorrido. Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos, Orgullo y prejuicio de Jane Auster, Rojo y NegroMadame BovaryAna Karenina, Effi Briest de Theodor Fontane, la obra cumbre de la novela realista germana; en la literatura española La Regenta o, más moderna, Lolita de Nabokov entre otras no menos importantes.

En la época de Shakespear, el amor se consideraba una enfermedad; la asimilación del sentimiento amoroso a una dolencia es originaria de la antigüedad. La pasión amorosa se interpretó como la primera enfermedad de la civilización europea: la melancolía. Hasta hace poco más de dos siglos a nadie se le hubiese ocurrido relacionar amor con matrimonio, ya que el amor era pasional, breve e irracional.

El matrimonio era lo contrario, la decisión racional que se subordinaba a los intereses económicos; incluso en las clases media y baja la subsistencia doméstica se basaba en el matrimonio. Por esta razón, el amor se sitúa fuera del matrimonio y así encontramos a las grandes adúlteras de la literatura, Madame Bovary, Ana Karenina o Effi Briest.

Lo decisivo en el amor del Romanticismo es el sentimiento. Este hecho modifica totalmente los motivos del amor; se ama al otro como ser total, incluyendo sus defectos. No se ama por la belleza, la situación económica o la disponibilidad, se ama por cómo es la persona amada, no por lo que significa.

¿Y qué decir de Lolita? ¿Es una novela de amor? La calificación se atraganta cuando se desvela a la pareja de protagonistas, pero aunque pueda parecer un alegato a la pedofilia, la verdadera historia de amor sólo existe en la imaginación del protagonista, es una mujer niña al estilo de la Beatriz y Laura de Dante y Petrarca.

Aquellas mujeres niñas idealizadas fueron conocidas fugazmente por los poetas y bastaron para que su fantasía creara dos de las figuras femeninas más importantes de la literatura. Beatriz y Laura eran perfectas, casadas posteriormente con otros hombres, inalcanzables e intocables. Y el hecho de que murieran muy jóvenes enalteció aún más sus figuras.

La durabilidad del amor es una noción bastante moderna dentro de nuestra cultura. Comenzar una relación de pareja con la esperanza de que sea duradera porque hay amor es una invención de las clases burguesas, el mejor ejemplo se encuentra en la novela de Jane Austen: Orgullo y prejuicio de 1813. Aquí el amor es predecible, cotidiano; la autora inglesa escapa de la anarquía para explicar que ese amor es posible.

 

Carlos de Tomás Abad

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