Sábado, 24 de feb de 2018
Valledupar, Colombia.

¿Qué pasaría si el paseo millonario que describe Alberto Salcedo en su crónica “La víctima del paseo” sucediera en Valledupar? 

Tomé el taxi en el centro, a las nueve de la noche. A pocos metros del Hotel Sicarare.

Una excesiva confianza, incentivada por la capciosa tranquilidad de una ciudad con aires de pueblo,  me hizo creer que nada podía pasar. Y así es cómo prescindí de algunos detalles que en Bogotá pueden ser vitales como el número de la placa o el chillido atronador de unos amortiguadores con poca esperanza de vida.

Nada más pronunciar el nombre del barrio al cual aspiraba llegar, el tipo aceleró bruscamente, sin esperar que cerrara la puerta. Dejé que avanzara unos metros antes de apartarme de la ventana y preguntarle por dónde pensaba ir: 

--Por la novena. ¡No hay otra!

Su tono tajante no me dio espacio para discutir. Al instante subió el volumen de la emisora Cacica Estéreo y empezó a tararear una letra que hablaba de Yuca y tajadas. Volví a acercarme a la ventana en busca de aire fresco y al instante encontré una brisa sostenida que me devolvió algo de serenidad. Sólo deseaba llegar a casa. Era mi único deseo, quizás por eso no me incomodó que el conductor hablara sin mirarme, pregonando la última canción de vallenato a la moda. 

Mientras escribo, pienso que abordar un taxi de noche –o inclusive de día– en cualquier calle vallenata nos convierte en jugadores de dominó: convirtiendo cada semáforo y esquina en una oportunidad para despojarnos del doble seis o doble cinco que tenemos. Sólo nos queda el recurso de esperar sabiamente, a veces con soberbia.

Nada de todo esto pasó por mi mente en ese momento. El olor embriagador de los pollos árabes en la novena, la vista de algunas mujeres sentadas provocativamente en sus motocicletas, y los socavones que se repetían con frecuencia me hipnotizaron durante unos largos minutos. El conductor solo abría la boca para pregonar esa canción inconfundible –“Dejai ese cuentecito de traerme tanta fruta / tantas flores y tarjeta que a mí me gusta es la yuca”–, y yo me entretenía mirando cómo el hombre movía el cuello y las manos en una coreografía que bien podría ser objeto de un espectáculo televisivo.

A pocas cuadras de la casa, en el cruce de la novena con la calle doce, el tipo se giró por primera vez para preguntarme si tenía menudo y, de repente, me percaté del terrible tufo a whisky que arrastraba con él. Le respondí que sí con el fin de tranquilizarlo, pero el que necesitaba ser tranquilizado era yo. Pensé en pagar y bajarme inmediatamente, pero ya era tarde: dos hombres corpulentos aprovecharon la parada para abalanzarse sobre las puertas traseras del carro.  Antes que pudiera reponerme, estaban adentro.

Lo primero que hizo el que se acomodó a mi izquierda fue pegarme un bofetón, que todavía me arde, en el centro de la cara. El otro me sujetó las manos y me pidió que me escurriera en el asiento. En ese preciso instante, el conductor volvió a girarse y empezó a cantar el estribillo desquiciante: “Yo te doy la yuca y tú a mí la tajá / Yo te doy la yuca y tú a mí la tajá”. ¿Por qué no le dio por escoger un buen tema de Diomedes Díaz, Rafael Orozco o Rosendo Romero?

No pude evitar un grito desazonador, un quejido alarmante con el fin de llamar la atención, pero debido a tantos carros emparrandados, restos de reggaetón y gritos de exaltación en medio de fiestas improvisadas un viernes por la noche, nadie pudo percatarse de lo que estaba ocurriendo en el interior. Entonces, con un leñazo que me aplastó la nariz, mi acompañante de la izquierda me indicó cómo quería que me comportara a partir de ese momento: ni un solo ruido, nada de rechiflar o discrepar, y mucho menos lloriqueos. “En el Valle, los hombres no lloran”, manifestó el de la derecha haciéndome sentir un ser miserable. A continuación, me instaron a que cerrara los ojos. Me pusieron una venda gruesa y la oscuridad absoluta se apoderó de mi ser. Me pregunté qué había hecho para llamar la atención de estos hombres, cuál fue mi error en esa noche, y al tiempo recordé el bolígrafo Mont Blanc ubicado en el bolsillo izquierdo de mi camisa, mi reloj de oro reluciente que nunca pensé en disimular, mis anteojos flamantes y mi bolso de cuero negro que me hace parecer un ejecutivo apresurado. 

–¡No hagas el sapo o te descosemos a trompás! –soltó el conductor después de que terminara de escuchar por la tercera vez consecutiva el tema de “La yuca y la tajá”. En ese cuadro repleto de intimidaciones, me pareció más hermoso cuando cantaba con una voz de pato ahogado, por lo menos parecía más alegre. Su voz se tornó infinitamente más vulgar y macabra.

En mis papeles descubrieron mi identidad, mi tarjeta de crédito y de prensa. Este último detalle no pareció gustarles.

–¡No jooda! ¡Periodista tenía que ser! Esta gente no tiene donde caer muerto –vociferó el de la izquierda. 

–¡No te creas, hermano! –respondió el de la derecha–. Si ha firmado un contrato con la alcaldía, es posible que tenga más plata que Sofía Vergara.

Ambos me pidieron mis datos bancarios. Insistieron en que si les daba la clave y me portaba bien, no pasaría absolutamente nada. Preferí entregarles lo que me pedían sin entrar en discusiones. El de la derecha, no tardó en importunarme con comentarios quisquillosos.

–Míralo. Ya no se hace el sapo. ¡Perdió su lengua el periodista! –sostuvo con una serie de carcajadas–. Y eso que le gusta hablar y meterse con todo el mundo en su columna. ¿A qué sí? –el hombre divisó a su compañero de la izquierda-. ¡Sí! Él es el que se metió con mi cantante favorito en una diatriba que daba vergüenza. ¿Y tú sabes cómo soy con mi ídolo? El que se mete con él se mete conmigo. Mira mi espalda –el hombre se quitó la camisa de un solo gesto y me quitó la venda-: me acabo de tatuar la portada de su último álbum. ¿Te gusta?

Fui lo más conciliante posible. Les dije que la embarré en esa columna. Todos somos humanos. No era mi intención restar prestigio a un hombre que hacía lo mejor que podía y, luego, agregué que me había encantado su última producción. “Se nota que ha valorado el trabajo de los compositores”. De repente, el conductor se volvió con un gesto autoritario: “¿Y qué te parece la canción “La Yuca y la tajá? ¿Te gusta?” Tuve que asentir, aunque muy difícilmente.

Por fin salió el hombre de la izquierda para retirar dinero del cajero. Experimenté un enorme alivio al ver la puerta al cerrarse y el hombre alejarse. Ya disponíamos de más espacio en el habitáculo, pero, por encima de todo, consideré que la pesadilla se estaba alejando. Iban a conseguir lo que querían y, luego, dejarme ir.

A los pocos minutos, volvió el tipo con una cara de fastidio.

–Ninguno de los cajeros funciona. ¡Carajo! Y eso que estamos al lado de un banco…

El conductor decidió llevarnos a otro lugar en la calle 16. El hombre de la izquierda volvió a bajarse y, tras una serie de manipulaciones, un soberbio pataleo y un quejido sonoro, regresó al vehículo con las manos vacías.

–¡No jooda! Estos cajeros no funcionan. ¡Estamos en un serio problema!

Reanudamos la marcha en dirección del centro de negocios Orbe Plaza, ubicado frente al Parque El Viajero. “Ahí tienen que funcionar, es un lugar para gente importante”, dijo el conductor visiblemente preocupado. Ninguno de ellos había previsto que se presentara una situación como ésta donde el mal servicio de los Bancos podía ser el principal obstáculo a sus objetivos. A estas alturas, crucé los dedos y recé para que este imprevisto no terminara en una gran represalia hacia mi persona.

Bajó el hombre de la derecha, quizás pensando que tendría más suerte que el otro. Se encerró unos segundos en la cabina y volvió a salir con una expresión colérica.

–Eerrda –clamó el conductor en el interior–. Parece que los bancos están en paro…

El hombre volvió a subir con un semblante lleno de impotencia. “¡Esta vaina me está matando!”, expresó el atracador con un profundo resoplido al cerrar la puerta. No pude contener una risa que enseguida convertí en una tos asmática. Mis atracadores se veían impotentes frente a la ineficacia bancaria, y yo más seguro que si estuviera presente la policía.

Después de tres intentos, el grupo se hallaba en una situación delicada. El calor de la noche se hacía más notable, y el dinero no había ingresado por ninguna parte. Sopesaron la idea de ir hasta el centro comercial más cercano, pero uno de ellos se acordó que esa misma mañana todos los cajeros se hallaban en mantenimiento. Entonces, los humores se caldearon. 

–¿Qué hacemos con él? No podemos dejarlo que se vaya así, sin más –sostuvo el de la izquierda.

–Yo propongo que lo secuestremos hasta mañana. De pronto, arreglan los cajeros.

–Muy buena idea –repuso el de la derecha.

Ante el giro que tomaba el asunto preferí intervenir. Carraspeé levemente y les manifesté mi reserva con la capacidad de los bancos en arreglar sus cajeros tan prontamente. La última vez que una crisis parecida ocurrió en Valledupar tuve que esperar una semana entera para sacar plata, les manifesté. Entonces sus ánimos se desmoronaron.    

–¿Usted sabe por qué hacemos esto? –preguntó el chófer asumiendo oficialmente el liderazgo–. Hirieron a uno de los de la banda y necesitamos reunir 5 millones de pesos para pagar la operación. 

–Somos una mano de desempleados –añadió el de la izquierda–, y, usted sabe, acá no se puede esperar absolutamente nada de las EPS. 

Aquel fue el momento más enternecedor de la velada. Pero también el de mayor cinismo. Ese cinismo se hizo evidente cuando el de la izquierda me devolvió la tarjeta de crédito y me pidió que me bajara. “Ten cuidado –expresó–. ¡La ciudad está plagada de rateros!”.

Aprovechando ese nuevo tono de camaradería, me comprometí en hacer algunas llamadas el día siguiente a medios locales para denunciar la situación. “En RCN La Radio seguro les ayudan”, manifesté. Y si no les di la mano y los invité a desayunar al otro día, fue porque me faltaron arrestos. Me despedí de ellos y traté de entender lo que acaba de ocurrir.

Todavía no me lo explico.  

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier

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