Domingo, 20 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Cintia habló toda la noche. Aprovechando el espacio que daba su monólogo, me di a la tarea de observarla, medir sus gestos, sopesar la amargura que emergía cuando hablaba de una realidad que sus ojos desmentían. Parecería que quisiera convencerse a sí mismas a fuerza de hacer un catálogo de los lujos que le daba el esposo a cambio que se quedara en la casa, como si fuera parte de la decoración.

—No sé tú, pero yo tengo un hambre tenaz —dijo entrada la noche.

Tomamos un taxi.

En el trancón de la carrera 15 llamó a su esposo que estaba en no sé qué congreso. Le dijo que iba en taxi para la casa porque había tomado algunas cervezas con las amigas y quería evitar que la multaran por conducir con tufo.

—Si me quieres llamar más tarde, debes marcar al celular porque el fijo se murió otra vez —dijo al tiempo que me hacía un guiño.

Colgó, y antes que yo le preguntara, me dijo que le pagó a un tipo para que dañara la caja de teléfonos.

—Todo el barrio está sin teléfonos por mi culpa. A veces me da risa de las cosas que se me ocurre para jugársela a mi marido.

Comimos y después fuimos a otro bar. Bailamos hasta las dos de la mañana. En el momento en que el alcohol empezaba a hundirme en el silencio, me preguntó:

—¿No piensas invitarme a un motel?

Por alguna razón no había pensado que eso podía suceder. Es decir, había fluido la charla, el baile y hasta los besos. Pero no me imaginaba que un hombre de cincuenta años pudiera levantarse una muchachita de veinticinco. Más aún: no podía creer que una jovencita de veinticinco le hiciera esas propuestas a un hombre de cincuenta. Y menos una muchachita así de atractiva.

En la puerta del bar se encontró con unos amigos con quienes habló hasta que uno de ellos, quizás celoso, le increpó algo que no alcancé a escuchar. Ella sólo dio media vuelta al tiempo que le hacía pistola con el dedo del medio. El tipo la miró con rabia, pero no hizo nada.

Tomamos un taxi que nos llevó a la zona de moteles que quedan en la calle 63.

— Desvístete —ordenó después de encender la luz.

—No señora —dije haciendo valer los veinticinco años de ventaja.

—No me digas que estás cansado.

—Espera que llegues a mi edad para que sepas cuánto pesan los años.

Su afán no era por falta de sexo ni de adrenalina. Su afán era el de sumar un hombre más al inventario que cargaba a la cuenta de su marido.

Se quitó los zapatos, dejó el celular en modo vuelo y recostó su cabeza contra mi pecho.

—Manuel, ¿tienes esposa?

—Sí.

—¿Quieres decir que le estás poniendo los cachos conmigo?

—Puede que no. Aún no ha pasado nada.

Me acarició la cara y me dio un beso en los labios que no respondí. Volvió a poner la cabeza sobre mi pecho. Trazó en mi pierna una línea con el dedo índice. Tomó el control del televisor que estaba sobre la cama. Pasaba los canales sin detenerse en ninguno.

—¿Entonces?

—No sé.

Y de verdad que no sabía qué hacer. La infidelidad y el amor se ven diferentes después de tres matrimonios —dos fallidos y uno activo—, tres hijos y cincuenta años de vida. Ya no se trata de mariposas en el estómago ni acumular mujeres como si fueran llaveros. Ahora el amor es un asunto que está más ligado a la soledad que a la pasión.

Tal vez usted me diga “¿Cuál es el problema? Untado el dedo, untada la mano”. Pero fíjese que no había untado el dedo: los besos era lo más grave que había hecho hasta ese momento.

Tampoco le había mentido a mi esposa: le dije que me tomaría unos tragos y que luego me iría a dormir. Nunca le dije con quién me tomaría los tragos ni a dónde me iría a dormir. No quería dañarle el viaje con la historia, casi inverosímil, de la mujer atractiva que se sienta a mi lado en un bar y que horas después me invita un polvo. Preferible que estuviera tranquila con su mamá mientras yo deliberaba con Cintia. Era claro que el asunto se ponía espinoso porque tenía que definir lo que haría. Le confieso que a pesar de lo buena que estaba, no tenía muchas ganas de acostarme con ella. No sé, el sexo con los años deja de ser lo que era. O quizás se transforma en lo que realmente es: un asunto más de la vida. Hay que levantarse, bañarse, comer, caminar, trabajar y tirar. Sin tanto alarde, sin tanto bombo. No hay necesidad de entrar en honduras existenciales. En ese momento, después del día que había tenido, no tenía ganas de fornicar, como no tenía ganas de comer o de beber. Por eso le dije que dejáramos las cosas de ese tamaño. Después le pregunté si quería que me fuera.

—¡Qué te vas a ir con semejante aguacero! En la cama cabemos los dos —dijo antes de irse para el baño.

Al rato salió en panty y brasier.

Usted viera cómo salió: dos piernotas de este porte, cadera ancha y una cinturita lo más de rica. Y disculpe que se lo diga de esa manera. No crea que era de esos cuerpos trabajados en el gimnasio. Eso se nota. Ese era un cuerpazo producto de la genética, que es como si dijera que fue manufacturado por el mismísimo dios de los cielos.

Se vino gateando desde el borde de la cama hasta que llegó a la altura de mi pelvis. Se acaballó, y sin mediar palabra, me fue desabotonando la camisa. En ese momento se me olvidó que tenía cincuenta años, que estaba agotado, que tenía esposa, hijos y deudas. Sólo estaba ella y las manos que empezaron a bajar la cremallera.

Al otro día me despertó la voz de Cintia cantando a Sabina bajo la regadera: le hablo de esa amante inoportuna / que se llama soledad.

Salió del baño con la toalla anudada sobre los senos. Parecía una mujer diferente a la que había conocido la noche anterior. Parecía una niña desamparada que no sabe nada de la vida.

—Esa marca es tu único defecto —dije señalando una cicatriz de medio centímetro de diámetro que parecía hecha por un cigarrillo.

—Es la BCG; la vacuna contra la tuberculosis. Se ve así porque tengo problemas de cicatrización.

Después se puso el panty, el jean, el brasier y la camiseta. Se peinó durante varios minutos sin dejar de contemplarse en el espejo.

—No sé si te salvó la edad o esa cara de desamparado —dijo mientras se ponía el gabán—. ¿A qué te refieres?

Me miró a los ojos, tomó la cartera que estaba colgada de la percha y se fue.

Empezaba a olvidarla hasta que la vi en El Espectador. Es decir, no la vi a ella, sino el cuerpo de una mujer a la orilla de un camino de herradura. Tenía la pierna derecha tocándole el vientre, el cabello cubriéndole la cara y el brazo derecho sobre la cabeza. Fue la cicatriz del brazo la que me hizo volver sobre la fotografía y repasarla durante varios minutos.

No me atreví a leer la noticia. Algo me aseguraba que era ella. A pesar que sólo estuvimos esa noche, y que no conocí más de su vida que lo que me contó mientras bebíamos, me aterraba pensar que había muerto de esa manera.

Después de apagar el computador y de dar vueltas en la cama, me levanté a buscar la noticia.

Decía que un grupo de campesinos la encontraron en la vereda El rosal, de Zipaquirá. A pocos metros, enredado en un alambre de púas, estaba un hombre con dos balazos en la espalda.

Inicialmente se pensó en un secuestro porque Cintia resultó ser la esposa de un cardiólogo. Sin embargo, el caso tomó un otro rumbo con el testimonio de un hombre que habían drogado meses atrás. El CTI registró la casa de Cintia, encontrando entre sus pertenencias el anillo de un hombre que había desaparecido meses atrás. Rastrearon llamadas de celular, sus mensajes de texto, correos electrónicos, hasta que dieron con una banda de asaltantes que drogaban hombres para robarlos. Entre las fotos de los implicados estaban los tipos que saludaron a Cintia a la salida del bar.

Siempre he pensado que mi vida es una mierda por culpa de la melancolía que me tiene al borde del alcoholismo y que de vez en cuando me manda a los brazos de la mujer equivocada. Pero esa madrugada, leyendo la noticia, viendo las fotos, entendí que fue la melancolía quien me salvó la vida. Y eso, créame, no es poca cosa.  

 

Diego Niño

@Diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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