Miércoles, 29 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

El hombre tomó el callejón que nace detrás del restaurante de la mona. Al final de la segunda cuadra giró a la derecha y encontró a una anciana sentada en una mecedora.

—Anita, ¿qué haces ahí sentada? —le preguntó.

La anciana no le respondió. Lo miró atentamente, como si no lo reconociera.

—¿Sabes quién soy?

La mujer continuó en silencio, contemplándolo.

Ana llevaba casi un año en el que la memoria se perdía en las telarañas del pasado. Recordaba el día y la hora exacta en la que había nacido cada uno de sus hijos, pero no los reconocía cuando los veía. Igual le sucedía con las decenas de nietos que entraban y salían de la casa sin que ella supiera de quién eran hijos.

El hombre se recostó contra el marco de la puerta. Miró hacia el interior de la casa. Reconoció a Wilfran entre las sombras que invadían la sala.

—¿Entonces? —le gritó a Wilfran, quien levantó el brazo en respuesta al saludo.

—Eres Juancho… Juancho Comelama —dijo la anciana y luego se balanceó suavemente.

—¡No joda, creí que no me ibas a reconocer!

La anciana miró a la vecina que sacaba la mecedora al frente de la casa.

—Anita, cómo estás de linda.

—Linda y limpiecita —dijo Ana metiendo la mano entre el bolsillo de la bata para mostrar que lo tenía desocupado.

—La vida está dura.

—Ah pué… ¿cuándo no es pascua en diciembre? La vida siempre ha estado dura.

—Cómo estará de dura, que hasta se está secando la ciénaga.

Callaron.

—¿Cómo está la Ñaki? —preguntó Juancho.

—Viene mañana.

—¿Y tu hijo Miguel?

—Murió.

Ana hizo el amago de llorar, pero siguió meciéndose.

El muerto no había sido Miguel sino Oswaldo, su hermano mayor. La semana anterior creía que el muerto había sido Pichi, uno de sus nietos. Había formado tanto alboroto que la casa se transformó en un fandango de vecinos que llegaron con ollas y cirios para velar al hijo de Ñaki.

El golpe de viento enroscó la arena de la calle y se la llevó hacia la plaza. Las nubes empezaron a engordarse y oscurecerse. La vecina se quedó dormida con el brazo izquierdo descolgado. Un perro la olfateó y luego le dio una lamida rápida a los dedos que casi tocaban el suelo.

—Está helando —dijo Ana.

—Métete temprano a la cama, que caerá un aguacero en un rato.

—Ay mijo, tú no sabes lo duras que son las noches para mí.

—No te preocupes viejita linda que esta será tu última noche: mañana te morirás de un paro respiratorio.

—¡Virgen santísima! —exclamó Ana. Después se persignó.

—Dios me la bendiga —dijo Juancho al final de un silencio prolongado. Le dio un beso en la frente a la anciana. Después levantó el brazo para despedirse de Wilfran quien seguía contemplándolos desde el mismo lugar.

—¿Para dónde vas? —le preguntó Ana.

—Me voy de viaje —respondió Juancho, sonrió y se fue caminando hacia el norte, lugar en el que se hacía espesa la bruma del mar.

Al siguiente día Ñaki encontró a su mamá sentada en la mecedora bajo el vano de la puerta.

—Mami, ¿qué haces ahí?

La anciana la miró con atención, como si no la reconociera.

—Soy Ñaki, tu hija.

Ana relajó los músculos de la cara. Luego se meció suavemente.

—¿Qué te pasa? Te siento nerviosa —volvió a preguntar la hija.

—Ayer en la tarde vino Juancho Comelama a decirme que hoy muero de un paro respiratorio.

La mujer observó a Wilfran que estaba sentado en el mismo lugar de la tarde anterior.

—Es verdá —confirmó Wilfran.

—¡Apenas vea a ese Juancho le voy a decir su poco de cosas! —gritó Ñaki. —A ver mamá, ¿acaso Juancho es médico? Ese sólo sabe de quitarle la lama a las canoas. No sabe de más ná.

La anciana parecía no oírla. Contemplaba la casa del frente mientras se dejaba llevar por el movimiento de la mecedora.

Ñaki fue derecho a la cocina, abrió la nevera que llevaba un mes descompuesta.

—Oye Wilfran, hay que comprar hielo para que no se dañe la comida.

—Sí, señora —dijo desde la puerta. Después se fue.

—¿Qué quieres, mamá? —preguntó Ñaki con la voz enredada en las sombras de la historia de Juancho Comelama.

—Quiero una arepita y una taza de café.

Comieron y en la tarde salieron al frente de la casa para refrescarse con la brisa que venía de la ciénaga.

—Oye Wilfran, entra a mi mamá que está haciendo frío —dijo Ñaki a las tres de la tarde.

Wilfran se levantó y tomó la parte de atrás de la mecedora. Luego preguntó:

—¿Lista viejita?

La anciana cruzó las piernas en el aire. El hombre jaló la mecedora hasta la mitad de la sala y la empujó hacia el cuarto.

—Cógete que te voy a subir a la cama —le dijo Wilfran a Ana, quien se abrazó a su cuello y después se tensó.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Wilfran inquieto.

—Bájame.

La dejó en la silla. La anciana lanzó un suspiro, relajó los músculos y se quedó quieta.

Desde la puerta Ñaki observó la escena. Se miraron a los ojos con Wilfran.

—Llama al médico que se murió mi mamá.

Wilfran salió corriendo.

Al rato llegó con el médico que auscultó a Ana en la mecedora.

—Se te murió la vieja —dijo el doctor mirando a los ojos del Wilfran, quien lo observaba desde la otra esquina del cuarto. Wilfran se desplomó y lloró en silencio, con lágrimas gruesas que descendían por sus mejillas.

Ñaki, que había llorado durante la espera, le preguntó al doctor:

—¿De qué murió?

—Murió de un paro respiratorio.

—¿Estás seguro?

—Por supuesto. ¿Por qué lo preguntas?

—Ayer vino Juancho Comelama a decirle a mi mamá que hoy se moriría de un paro respiratorio.

—¿Juancho Comelama?

—Sí.

—¿Estás segura que fue Juancho Comelama?

—Sí señor, fue Juancho —dijo Wilfran con un hilo de voz.

—¡No puede ser! Juancho murió hace tres meses —dijo el doctor.

 

Diego Niño

@diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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