Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Santiago Roncagliolo / Foto: Johari Gautier Carmona

Quería ser un héroe de guerra y terminó siendo una figura absoluta del mundo de las letras. En el año de la conmemoración de los 400 años de su muerte, las conversaciones sobre Cervantes  están destinadas a rescatar algún detalle de una biografía excepcional marcada por las ironías y las superaciones personales, pero también por un contexto político complejo.

La España que conoció Cervantes es la del desaliento y el desengaño. Aquel país de buenas apariencias, que vive todavía deslumbrado por la noticia del descubrimiento de América, que presume de su Armada invencible, desfallece en realidad a cada paso, y se precipita por el derrotero de las luchas internas y externas, algunas de ellas culminadas por derrotas humillantes y estrepitosas. “Cuando [Cervantes] escribe El Quijote, España pierde Portugal”, explica Santiago Roncagliolo para ilustrar el contexto de una época marcada por el orgullo y el olor a decadencia.

Invitado por Casa América-Catalunya a conversar sobre la vida del primer gran novelista en lengua española, el escritor peruano retrata la realidad de un hombre inconforme, inquieto y ambicioso, que supo cambiar –con su ingenio y osadía– las letras hispanas para siempre.

“Cervantes rompe la manera de escribir ficción”, manifiesta Roncagliolo y en esta declaración se condensan muchas realidades: primero el tono crítico de un narrador que no duda en pintar las miserias de una nación en pleno naufragio y en desnudar a políticos o instituciones, luego la osadía creativa de un autor que combina y fusiona distintos géneros en una misma obra, siempre manteniendo un cierto humor o una luz esperanzadora que acompaña al lector, y finalmente, los elementos autobiográficos e históricos que permiten situar la historia en un marco concreto.

De regreso a España después de la batalla de Lepanto en la cual participó y se lesionó, secuestrado durante un largo tiempo y obligado a trabajar para devolver las grandes sumas avanzadas por la misma familia, Cervantes solicita una pensión que le niega el Estado. La frustración de verse olvidado –pese a haber participado en un conflicto que él no se cansa en resaltar y recordar–, explica la dureza de la prosa de su obra más famosa, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, donde abunda la presencia de la sátira en las descripciones y los hechos relatados. El Quijote se burla, destruye, y delata la realidad de la Castilla real: un territorio en el que florecen “escuálidos, jamelgos y mujeres gordas y feas”.   

De todas las facetas de El Quijote, la que quizás deba rescatarse con mayor ímpetu es su carácter subversivo. “El retrato del poder en El Quijote es el de un poder corrupto”, explica Santiago Roncagliolo, y en efecto, Cervantes no se cansa en retratar una clase política que se ha convertido en un lastre para el país y su pueblo. Es una viva denuncia que se alimenta de algunas circunstancias de la época.

Esta mirada crítica, esa descripción prolija de algunos mecanismos deficientes de un país todavía en su “época de oro”, doblada de una sutil reflexión filosófica, hace que la obra siga actual y viaje exitosamente por el tiempo, pues el lector entiende que las dificultades descritas en los siglos XVI y XVIII son a menudo inherentes a los seres humanos, a su forma de relacionarse entre ellos, y no tanto a la coyuntura que experimenta España.

También resalta ese gran tema que hoy en día permanece vigente y que va directamente ligado a la biografía de Cervantes (su estancia en la cárcel o sus innumerables viajes): la libertad y el ser humano. ¿Podemos cambiar el mundo o el mundo nos cambia a nosotros? ¿Es moral intentar cambiar el mundo?

 

Johari Gautier Carmona 

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