Lunes, 20 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

La plaza de las monedas en Patillal / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co

Una tremenda sorpresa me llevé a finales del año pasado cuando por fin tuve la oportunidad de conocer a Patillal, el famoso pueblo cesarense que inmortalizó el destacado compositor Armando Zabaleta Guevara en 1973, cuando el recordado conjunto de los hermanos López y la insuperable voz de Jorge Oñate le grabaron el disco “No voy a Patillal”, el cual se convirtió en una especie de himno regional, y  después de más cuarenta años, cada vez que lo escuchamos, sigue gozando de la misma simpatía colectiva que conquistó desde su nacimiento. Por esa época yo estudiaba en la Universidad de Tunja, y recuerdo perfectamente que esta canción y otras, como “El cantor de Fonseca”  lograron meterse de lleno en el corazón de los muy arraigados y tradicionales  pueblos boyacenses.

Mi admiración y el interés por conocer a Patillal nacieron desde la aparición del disco y durante más de cuatro décadas alimenté esta ilusión, la cual logré cristalizar el pasado 30 de diciembre, cuando al estar de visita  en la ciudad de los Santos Reyes le sugerí a mi apreciado compadre Jairo Tapia Tietjen que me llevara a conocerlo. Arribamos sobre las diez de la mañana, acosados por un sol  insoportable, y mi sorpresa fue grande y decepcionante al apreciar que era una población triste, solitaria y calurosa, y las pocas personas que transitaban por sus calles  podían contarse con los dedos de las manos. Y mi desconcierto aumentó al llegar al parque de los compositores en la plaza principal, a un lado de la iglesia: el único ser viviente era la fuerza demoledora de los rayos solares.

Durante varios minutos estuvimos mirando y caminando por los alrededores del parque con la intención de charlar con algunos de sus habitantes, pues era mi intención averiguar y conocer más sobre esta tierra que antaño ha sido fecunda en compositores vallenatos. Deseo que resultó imposible porque todas las casas tenían las puertas cerradas y oscurecidas por las sombras de los árboles. No obstante, decidimos tomarnos algunas fotos al pie de las monedas que embellecen el parque y tienen las imágenes de los grandes compositores nativos de este pueblo. Nos retratamos al pie de Tobias Enrique Pumarejo, Rafael Escalona, Octavio Daza y Freddy Molina. Y, por supuesto,  apreciamos los textos de las canciones de cada uno que están grabadas en la cruz de las monedas.

Mi afán por charlar con un habitante del pueblo creció más cuando observé que en la galería de autores no aparecía Edilberto Daza Gutiérrez, uno de los más prolíficos y reconocidos  compositores  de esta población en los últimos tiempos.   Un juglar al que siempre he venerado por la sencillez, la naturalidad, la elegancia y el acentuado lirismo con que suele recrear  todas sus composiciones. Enseguida,  me asaltó la curiosidad de saber por qué el autor de “La conquista”, “El patillalero de cepa”, “El humilde viajero”, “Mal entendido”, “Cristina Isabel” y muchos temas más, que en épocas doradas fueron interpretados con una maestría singular  por Poncho Zuleta, Jorge Oñate, Rafael Orozco,  Diomedes Díaz y Beto Zabaleta, no figuraba en el conjunto de las monedas.

Asimismo, mi compadre Jairo Tapia se mostró sorprendido y sintió interés por saber las razones  que motivaron la ausencia de Beto Daza, como lo llaman sus amigos, puesto que él también ha sido un ferviente admirador  de este consagrado  autor patillalero. Deseosos de satisfacer nuestra inquietud,  seguimos buscando un parroquiano que nos diera luces concretas sobre el hecho. Sin embargo, todo resultó  infructuoso, porque  en el entorno solo sobrevivía la presión canicular y la crepitación sonora del calor abrasante. Al respecto, más tarde, solo pudimos  averiguar  que el proyecto del parque numismático  fue obra del exalcalde Fabián  Fernández  Maestre, quien tuvo la magnífica idea de construirlo para rendirles un merecido homenaje a los compositores patillaleros.

En realidad, la canción de Armando Zabaleta Guevara, “No vuelvo a Patillal”, como es el nombre correcto,  ganadora del concurso de la canción inédita en el Festival  Vallenato de 1973, fue un verdadero acontecimiento musical cuando apareció el elepé  “El cantor de Fonseca”, grabado por los hermanos López con el “Ruiseñor del Cesar” a finales  de ese año. Puedo afirmar que desde su lanzamiento este tema se posicionó en el primer puesto para todos los amantes de la música vallenata, y el mes de diciembre fue el escenario propicio para que este disco alcanzara una dimensión desbordante en las fiestas navideñas, y calara tan profundo en los sentimientos personales que llevó a originar, estoy seguro, muchísimos noviazgos y enlaces matrimoniales.

Por esa época, en las casas, los bailes, los salones, las verbenas, las parrandas, las casetas, las emisoras, “No voy a Patillal” era la canción preferida  que iniciaba, recorría y terminaba cualquiera diversión. Y, lógicamente, el ambiente sano que se vivía en Colombia, ajeno a la inseguridad que tenemos en estos momentos, facilitaba más la compenetración y el disfrute de los discos. Y los dos conjuntos estelares del momento, los hermanos López y los hermanos Zuleta, mantenían una especie de competencia benévola  que satisfacía plenamente a los seguidores vallenatos. En esta canción, las  melodiosas y embrujantes notas de Miguel López se conjugaron perfectamente con la atractiva voz de Jorge Oñate para producir un disco impecable,  que hoy  es orgullo del folclor vallenato.

En la letra de esta canción, la musa del célebre compositor molinero Armando Zabaleta Guevara se vio iluminada por el lamentable suceso ocurrido en Patillal el 15 de octubre de 1972, día en que su apreciado amigo, Fredy Molina Daza, fue asesinado en un pleito confuso, cuando apenas  transitaba  27 años de edad y se encontraba en todo el esplendor de su carrera musical. A pesar de la diferencia de edades, 18 años, existía entre los dos una entrañable amistad que cada día se fortalecía más con las visitas frecuentes que se hacían ambos compositores a sus pueblos de orígenes, encuentros que se traducían en  jugosas  parrandas que amenizaban entonando sus composiciones y recibían los interminables aplausos  de los  amigos y  los contertulios   asistentes

En el momento de su muerte, el joven compositor patillalero ya era ampliamente conocido en Colombia, y sus canciones “El indio desventurado”, ganadora del concurso la canción inédita del Festival Vallenato en 1970,  “Los novios”, “A nadie le cuentes”, “Adiós noviazgo”, “La verdad”, “Tiempos de cometa” y “Amor sensible”, grabadas unas por Alfredo Gutierrez y otras por los hermanos López,  gozaban de una atracción impresionante en la colectividad vallenatófila. Y la misma admiración siguió creciendo post mortem, cuando aparecieron “Dos rosas”, “Cristina” y “Remembranzas” interpretadas por las mismas agrupaciones musicales. Y finalmente con “Canto a mi tierra”,  letra con que los hermanos López  titularon su último elepé,  lanzado  en mayo  de 1975.

La reacción de Armando Zabaleta Guevara ante el  asesinato de su amigo, y que lo motivó para no regresar a Patillal, fue el resultado de una hermosa canción de tono elegíaco que quedó grabada con tinta imborrable en la memoria de todos los amantes de la música vallenata. El dolor sentido por el compositor esta patente en  todo el texto musical: “No vuelvo a Patillal/ porque me mata la tristeza/ al ver que en ese pueblo/ fue donde murió un amigo mío./ Era compositor/ como lo es Zabaleta/ era lo más querido/ de ese caserío”. Y  finaliza evocando la canción más estelar del compositor fallecido: “Cuando escucho el paseo/ de los tiempos de la cometa/ me imagino que estaba/ presintiendo su despedida/ porque es verdad que el tiempo / que se va no regresa/ sólo queda el recuerdo/ de las cosas queridas”.

De regreso a la hermosa villa del Santo Ecce Homo, el día del paseo a Patillal, le pedí a mi compadre Jairo que hiciéramos un alto en el rio Badillo, pues quería conocer de cerca  aquel  paraje tan renombrado en varias canciones y  que inspiró al  malogrado y muy recordado compositor Octavio Daza la letra del disco  “Rió Badillo”, ganadora de la canción inédita en 1978 y cantada magistralmente por los hermanos Zuleta ese mismo año. En ese momento ya el celebérrimo autor patillalero, primo de Fredy Molina, contaba con un repertorio de canciones interpretadas por los mejores cantantes del momento, que habían traspasado los linderos de la fama musical: “Nido de amor”, “Oye tú”, “Dime pajarito”, “Mi novia y mi pueblo”, “De rodillas”, “La tierra tiene sed” y Linda sanandresana”.

Al igual de lo sucedido con Fredy Molina, la muerte sorprendió a Octavio Daza cuando se encontraba en el momento más productivo de su línea musical y acariciaba a manos llenas los aplausos y elogios de la popularidad vallenata. En un hecho confuso e inexplicable, su deceso se produjo en Barranquilla, a donde había hecho una visita relámpago, el 12 de enero de 1980. Tenía 37 años de edad y aunque había nacido en San Juan del Cesar era considerado patillalero porque en ese pueblo vivió desde los primeros años de la infancia. Había estudiado ingeniería civil en una universidad capitalina, ejecutaba la guitarra con maestría, interpretaba felizmente sus canciones, y junto con su primo Freddy organizaban largas parrandas que marcaron la historia de esa población.      

Descendimos al lugar, saludamos a algunas personas que disfrutaban de las brisas decembrinas, escarpamos las piedras ribereñas,  acariciamos sus aguas mansas y cristalinas, apreciamos por varios minutos el llamativo paisaje y tomamos algunas fotos para enriquecer el álbum de los recuerdos personales. En ese momento evoqué el comienzo de la canción que desde su nacimiento también  ha sido preferencial en la música vallenata: “El rio Badillo fue testigo de que te quise/ y en sus arenas quedó el reflejo de un gran amor/ de una pareja que allí vivió momentos felices/ y ante sus aguas juro quererse con gran pasión”. Nos pedimos bastante  nostálgicos,  con la ilusión de regresar algún día para apreciar y disfrutar con más calma la placidez de ese bellísimo paisaje.

En los recorridos de ida y de regreso pudimos apreciar la señalización que anunciaba las vías para los pueblos vecinos: Atánquez, La Junta y San Juan del cesar, todos famosos por ser tierras de reconocidos cantantes y compositores. Hubiera sido extraordinario visitar a Atánquez, epicentro de la etnia Kankuama, para conocer la  tierra del prestigioso cantautor Pedro García Díaz, llamado jocosamente “el gavilán atanquero”, abogado de profesión, fundador del recordado conjunto “Los Cañaguateros”  en la década del setenta y autor de piezas selectas, como “Dime por qué”, “Adiós al Magdalena”, “Por qué te marchaste”, “La promesera” y “El  trovador ambulante”, una de las canciones más bellas del mundo vallenato, interpretada por los hermanos Zuleta en 1973.

Y, desde luego, por la cercanía del trayecto,  hubiese sido fabuloso llegar también a la Junta para visitar a Carrizal y conocer la fértil tierra que el 26 de mayo de 1957 vio nacer a Diomedes Díaz Maestre, aquel avezado niño vendedor de limones, aventurero de infancia, bailarín callejero, piropero natural y mensajero de ocasión, que, impulsado por el ingenio de su talento musical, llegó a convertirse en un  prodigioso compositor y en el más grande cantante vallenato de todos los tiempos. Nada más significativo que la visita a esa población para charlar con las personas que conocieron y compartieron momentos con el inolvidable  “Cacique de la Junta”, convertido en icono de la música vallenata desde el 22 de diciembre de 2013, día en que partió súbitamente para la eternidad.

También pensé en algún momento pedirle a mi compadre Jairo  que desviáramos para llegar a San Juan del Cesar, el municipio guajiro, orgullo de la música vallenata, patria chica del destacado sacerdote Rafael María Celedón, epónimo del colegio samario que lleva su apellido, y donde se celebra anualmente el Festival Nacional de Compositores, porque es y ha sido la cuna de grandes talentos de la creación  musical. La tierra de los reputados hermanos Amilcar, Efrén y Roberto Calderón Cujia, este último, autor de numerosas canciones antológicas, entre las que sobresalen “Llegaste a mí”, “Enamorado como siempre”, “El corazón del Valle” y “Luna Sanjuanera”, grabada por los hermanos Zuleta en 1980  y considerada por los sanjuaneros como el himno de esa población.

Pero, infortunadamente, no teníamos el tiempo disponible para llegar a esos lugares,  cuyas visitas he venido  atesorando  en la imaginación hace varios años. La premura y el tormento solar nos obligaron a retornar a Valledupar sobre la una de la tarde, avistando siempre la belleza de los cerros que en la distancia flanquean la carretera y se muestran inmóviles a través del recorrido.

Durante varios minutos me mantuve pensativo,  saboreando en la imaginación las letras de “Tiempos de cometa”, “Río Badillo” y “La conquista”. Y también recordé la histórica “canción sentencia” de Armando Zabaleta Guevara, la cual, cuarenta años después, me dio luces para solidarizarme con él  y tomar la determinación de afirmar, aunque por un motivo distinto,  que yo tampoco vuelvo a Patillal.

 

Eddie José Daniels García

Reflejos cotidianos
Eddie José Dániels García

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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