Jueves, 27 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

Los cuestionamientos acerca de si existe o no una cultura e identidad Caribe, han generado una gran cantidad de debates a lo largo de varias décadas; aún hoy ese debate continúa demandando hipótesis y reflexiones al respecto, ya que alrededor de la identidad siempre circulan intereses y poderes que al denominar o categorizar, mantienen su estatus de dominación.

Ahora bien, lo más probable es que esta discusión sea irrelevante para la mayoría de pobladores del Caribe, pues ellos saben y sienten que “son lo que son” sin importar la denominación conceptual o academicista que se desee plantear. Sin embargo, en la esfera académica existe una preocupación alrededor de esa identidad a causa de los acelerados ritmos de la vida contemporánea, pues ésta se desenvuelve dentro de todo un sistema ahora llamado Globalización, poco imparcial y orientado a perpetuar la hegemonía del capital financiero internacional por encima de la diversidad cultural y la pluralidad, creando todo un complejo caudal que se caracteriza, entre otras cosas, por sus implacables e imperceptibles procesos de transformación y homogeneización.

Son este tipo de situaciones actuales las que podríamos tomar como razones para continuar con la indagación acerca de si existe o no una identidad Caribe, llámese continental, antillana o insular; una identidad a la que hoy le apostamos, entendiéndola y pensándola desde adentro, recreándola desde sí misma y desde sus propias reflexiones sobre la historia que le ha tocado vivir; con el propósito de suprimir y evitar la reproducción de los estigmas creados en el pasado, que han identificado a los habitantes del Caribe de una forma folclórica y exótica, siendo esto un legado más dejado por el colonialismo, ya que pasamos de ser el salvaje indómito de las costas periféricas, al hombre exótico, perezoso y corrupto.

En los afanes del mundo contemporáneo se pregona que la Globalización traerá consigo la unificación y el beneficio mundial, pues el respeto por la diversidad cultural, el pluralismo y el discurso del multiculturalismo se presentan como supuestas banderas y principales insignias. No obstante, esos preceptos contrastan con los acontecimientos actuales de un mundo bipolar que se caracteriza por el intervencionismo político, los bloqueos económicos, las ocupaciones militares y las sanciones internacionales ejercidas desde los centros de poder hacia el resto del globo. Es en ese panorama en donde millones de ciudadanos se encuentran permeados por anacronismos y por una profunda amnesia colectiva que favorece al “statu quo”; por esa razón existe la necesidad de enfatizar en nuestras diferencias, para contrarrestar el peso que el modelo de una sociedad global trae consigo.

Ahora bien, actualmente es cierto que a escala geográfica existe una región Caribe, ya que sus divisiones territoriales y políticas así lo expresan desde lo administrativo, pero ¿Qué tan relacionadas se encuentran estas divisiones con la identidad de los habitantes del Caribe colombiano? Esta pregunta resulta necesaria al momento de indagar sobre dicha identidad, pues en este punto hay que tener presente que muchos de los conceptos y normas que se encuentran hoy institucionalizados (ya se trate de divisiones políticas, denominaciones o aspectos culturales) en el Caribe colombiano continental, fueron implantados desde lo foráneo, causando algunos síntomas de enajenación que en la actualidad aún pueden ser percibidos; teniendo en cuenta, como bien lo plantea Fals Borda (2003), que el ordenamiento territorial se diseñó desde arriba, siempre imaginando realidades que los gobernantes desconocían.

En ese sentido es pertinente preguntarse, al igual que lo hiso José Martí mucho tiempo atrás: “¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidades en América donde se enseñe lo rudimentario del arte de gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América?” Martí (2008: 56). Sin embargo, a pesar de las presiones ejercidas por el modelo occidental, aún existen formas de ordenamiento territorial tradicionales basadas en prácticas culturales nativas, que han prevalecido como sistemas de resistencia sin ser víctimas de las contradicciones causadas por las reglamentaciones institucionales herederas de la conquista, como bien lo han hecho desde hace mucho los indígenas del Amazonas, quienes tienen sus propios mapas de sus “etics” y sus territorios, que son diferentes y más bonitos que los del “Agustín Codazzi”. Fals Borda (2003).

Después de este planteamiento, es posible que los esencialismos exhorten a buscar esta identidad en los lugares de donde emigraron la gran diversidad de individuos que colonizaron y poblaron el Caribe, ya sea en esencia de las africanías o en lo europeo, soslayando de esa manera la posibilidad de entender a la identidad del Caribeño, como algo creado y recreado en las condiciones específicas dentro del crisol del Caribe, a pesar de estar gestada desde su génesis bajo una gran diversidad humana. Franginals (1999).

Por otra parte, a pesar de que existen divisiones políticas y territoriales impuestas desde lo foráneo, también existen oposiciones muy bien marcadas que diferencian a los habitantes del Caribe colombiano continental del “otro”, ya sea éste andino, antioqueño, amazónico, valluno o llanero, Posada (1998). Inclusive, dichas diferencias se encuentran también demarcadas dentro del mismo Caribe, en donde existen disyunciones radicales; un ejemplo de esto es la pluralidad lingüística que se puede percibir en el Caribe insular y continental, en donde se habla Español, Francés, Inglés, Creole, etc. Dicha diversidad se expresa en las diferencias que se pueden percibir desde las prácticas socioculturales, lo cierto es que no existe un Caribe homogéneo. Esta serie de características pueden ser capaces de diferenciar de una forma enfática determinados rasgos culturales, siendo éstas las herramientas viables que pueden ser utilizadas para la determinación de una posible identidad.

Estos rasgos culturales que muestran diversas particularidades, también expresan la creación de relaciones, pues son muy dinámicos, maleables e intangibles; rasgos que además de ayudarnos a definir la existencia o no de una identidad Caribeña, corren el riesgo de ser representados de acuerdo a un interés específico, dependiendo del objetivo planteado y abusando del modelo hermenéutico. Es importante considerar esto, ya que gran parte de las definiciones que juegan un papel importante en la creación de los discursos sobre la identidad, son susceptibles a interpretaciones y modificaciones arbitrarias gracias al dinamismo con que está relacionado, incluso el mismo concepto de cultura, Sahlins (2001).

Estas nociones que se suponen del Caribe pretenden contribuir a la creación de un discurso construido desde adentro para contrarrestar los estigmas creados desde lo foráneo, sin embargo el hecho de que se realice una mirada desde el interior con el fin de crear un discurso propio, no evita como cuestión fundamental la posible mal interpretación o exotización sobre la identidad Caribeña, puesto que ya han existido varios intentos por crear un discurso sobre la identidad del Caribe que solo han concluido, muchos de estos, con descripciones superfluas y sentimentales además de generalidades inexistentes, que en vez de realizar aportes plausibles al discurso de la identidad, son inadecuados y solo resultan cambiando un estigma por otro, pasando del Caribeño perezoso y holgazán, al Caribeño marginal e incomprensible, como bien lo expresa el artículo de Benedetti (2002) publicado en el periódico “El tiempo”, llamado: “Costeño tenía que ser”.

Uno de nuestros principales intereses es contribuir a la reformulación de esa imagen creada del Caribe que solo nos llena de estigmas superficiales, pero que no nos ayudan a explicarnos ni a definirnos. Es la convicción de cambiar los paradigmas manejados desde el exterior hacia nosotros, lo que nos exhorta a buscar formas diferentes de pensarnos, Avella (2001).

Aunque somos conscientes de que tal recreación y modificación se encontrará con grandes dificultades al momento de ser ejecutada, también creemos que si esta idealización de un Caribe exótico fue creada, usada y mantenida durante mucho tiempo por varios académicos y científicos sociales, no debería parecer imposible tal permutación, pues una de las cualidades por la que se caracterizan los científicos, ya sean sociales o no, es poseer una mirada crítica y dudar de todo en cuanto los rodea, Popper (1967). Ya desde hace tiempo se empezó a poner en duda y en tela de juicio todos los paradigmas y estigmas correspondientes a la identidad del sujeto Caribe.

Es en ese sentido donde podríamos dar cabida a lo que Octavio paz llama la irrupción: “la ruptura es un cambio de horizonte – estético, eidético – hecho por la negación de la tradición y que lleva una nueva propuesta, que puede ser tanto la invención nunca antes imaginada, como lo milenario, que se presenta como resurrección de civilizaciones desaparecidas.” (Paz, 1987. En: Martínez, 2004: 6). Este concepto de ruptura toma un gran sentido en el Caribe colombiano, pues su historia lo demuestra; cuando el Caribe insular fue atravesado por la plantación, no se dio el tiempo suficiente para generar lasos culturales o de arraigo por la tierra, a razón de la intermitencia en los tiempos de permanencia y constantes desplazamientos sufridos por las personas que conformaban dichas plantaciones. Además, sus cortas edades imposibilitaron también la gestación de una tradición aferrada, lineal y continua. Por lo tanto, se podría plantear que existe una presencia histórica de esa irrupción a la que nos acercamos y hacemos uso. En ese sentido, cuando se trata de articular esa irrupción a los fenómenos que podrían caracterizar o explicar al Caribe, no sería contradictorio establecerla dentro del marco de las reacciones a factores foráneos.

Ahora bien, pensamos que la enajenación, el desapego, y la dificultad del contexto para generar un fuerte arraigo por el territorio, resultan como reacciones a esos factores foráneos, pues a pesar de que existió una resistencia inicial desde el comienzo de la conquista europea, fue insuficiente como oposición a la eficiencia de la invasión, y como bien la historia lo demuestra, no importó el número de nativos que se opusieron porque al final fue inevitable; la ola de avasallamiento resultó implacable y se optó por la negligencia, ya que muchos de los indígenas que se opusieron a la ocupación y al sistema de la plantación fueron erradicados. Así, después de resistir sin éxito, solo quedaron dos opciones, la adaptación a ese sistema o el genocidio, como fue el caso de los indígenas Caribes, Franginals (1983).

Es pertinente aclarar en el desarrollo de esta reflexión, que generalmente los factores foráneos que intervienen en una sociedad generan una reacción de cohesión en respuesta y para contrarrestar la amenaza externa, sin embargo en el Caribe sucedió lo contrario, pues se generaron unas dinámicas de dispersión como reacción y para resistir aquellas intervenciones. Esta situación podría tomarse como una potencial explicación al sentido de desapego que se relaciona con el hombre Caribeño. He aquí entonces lo importante de enfatizar en el origen de esa reacción que se manifiesta en la desafección, pues esta reacción es a causa de un factor externo y no el resultado de una concepción oriunda.

Así mismo, es evidente la importancia de la condición fronteriza de la cual goza el Caribe colombiano continental, pues es en ese sentido donde aumenta la complejidad en esta búsqueda de la supuesta identidad. En el Caribe colombiano continental realmente no existió la plantación como tal, o por lo menos de la forma tan radical como se dio en el Caribe insular, tampoco se dio hacienda como tal, a diferencia del interior del país, en donde sí se dieron esas grandes haciendas, que a su vez dieron paso a la posibilidad de crear dinámicas sociales más estables y lineales en comparación con las del Caribe continental.

De esa manera, a raíz de esa característica tal vez ventajosa o desventajosa de ser frontera, se generaron determinadas dinámicas, pero no son las dinámicas en sí lo característico, sino las formas de gestación de estas dinámicas, pues al no ser Caribeños isleños dentro del llamado mar Caribe, ni andinos habitantes de las montañas de los andes, y “existir” entre las fronteras de dos mundos opuestos, hace que se genere lo que podríamos llamar la indeterminación, entendida en esa medida como la caracterización por falta de resolución en las personas y de no poseer una identificación dentro de los parámetros de la lógica occidental. Esto dificulta aún más la posibilidad de una explicación, pues los estudios generalmente se dan en procesos lineales y no en rupturas.

Creemos que al igual que el fenómeno de las rupturas, la indeterminación es, más que un factor foráneo, una reacción del mismo, pues la configuración que se desarrolló a lo largo del proceso de la conquista creó las diferencias entre lo Caribe como representación de la resistencia y lo andino como representación de la asimilación; de allí la indeterminación como una reacción más a los factores foráneos, que desde los inicios de la conquista nos bombardean constantemente. Así, podríamos concluir en que nuestras condiciones identitarias actuales son el resultado de los acontecimientos radicales en una región de frontera víctima de la crueldad colonial, en donde aún hoy se reproducen modelos de desigualdad y segregación desde las aristocracias locales conservadoras, herederas de las riquezas que obtuvieron a costa de la sangre derramada por los nativos opositores de la ocupación española.

Toda esta reflexión se lleva a cabo con el propósito de hallar una identidad que nos caracterice frente al mundo pero que no necesariamente fragmente el territorio estado nación, sino por el contrario que ese énfasis en nuestras diferencias aumente la cohesión nacional, Posada (1998), o en su defecto nos dé bases para una reorganización territorial realizada bajo las mejores condiciones. Además, esta búsqueda de la identidad creada y recreada desde nosotros mismos es indispensable para poder formar parte de un sistema mundial en los albures de la actual Globalización, para que nos reconozcan por lo que realmente somos, sin correr el riesgo de continuar por el camino de la enajenación.

 

Álvaro Acevedo Merlano 

@AcevedoMerlano 

 

Bibliografías

Avella, F. (2001). Bases geo-históricas del Caribe Colombiano. En: Respirando el Caribe: Memorias de la Cátedra del Caribe Colombiano. Volumen I. Compilador: Ariel Castillo Mier. Barranquilla, Observatorio del Caribe Universidad del Atlántico.

Benedetti, A. (2002). Costeño tenía que ser En: Lecturas Dominicales. El tiempo, Bogotá, 22, sep., p.1, 4-8.

Fals Borda, O. (2003) La Costa Caribe Frente a las Limitaciones y Posibilidades de Construir Regiones en Colombia. Cátedra Rafael Celedón, Universidad del Magdalena. Santa Marta

Martí, J. (2008). Nuestra América. Linkgua digital. Barcelona.

Martinez, C. (2004). La tradición de la ruptura de Octavio Paz. España: Revista de Estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid.

Moreno Fraginals, M. (1999). La historia como arma. Crítica, Barcelona.

Popper, K. (1967). El desarrollo del conocimiento científico: conjeturas y refutaciones. Paidós. Buenos Aires.

Posada, E. (1998). El Caribe colombiano: una historia regional (1870-1950). Banco de la República. Bogotá.

Sahlins, M. (2001). Dos o tres cosas que sé acerca del concepto de cultura. Revista Colombiana de Antropología, 37, 290-327.

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