Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Rita Fernández Padilla

Ella nació el día del solsticio de verano, cuando sol alcanza su más alta posición en relación con la tierra, en una casa cerca al mar, y se convirtió -al crecer- en una “amante de la naturaleza, de los seres sensibles, nobles y generosos. En una enamorada de la paz interior”, complementos vitales que encontró en la poesía, la música y la libertad.

Cuando Rita Lucía Fernández Padilla se encontró con la música, experimentó cómo “las canciones se meten en la piel”, invaden el ser y se convierten en un estado del alma. “Cuando la melodía viene impregnada de un sentimiento, inmediatamente cautiva, conquista, amarra, atrapa, pero eso es mágico; un compositor no puede, no conoce en qué momento una canción puede traer mayor o menor sentimiento. Desde luego, influye un poco el estado en que se encuentra el artista, pero esa conexión con el mas allá, con lo sublime, lo más elevado, con el ser superior, ese Divino Maestro, es lo que nos inyecta esa magia”.

Se convirtió en una poetisa perceptiva con el don de la creación lírica, la sapiencia musical y en ese estado eligió permanecer, por encima de todas las otras ofertas que le puso en frente el destino, como por ejemplo la vida de hogar. “Más pudo mi libertad poética que un matrimonio”, dice.

De atrevida la tildaron cuando en un momento en que el vallenato pertenecía a cosas de hombres, a ella se le ocurrió armar una agrupación con jovencitas compañeras del colegio de La Presentación en Santa Marta y aparecerse en Valledupar para presentarse en un festival que recién nacía, y que era -de paso- ocurrencia también de una joven: Consuelo Araujo Noguera, apoyada por un presidente: Alfonso López Michelsen y un compositor muy bien relacionado Rafael Escalona Martínez.

Su presencia fue un verdadero acontecimiento en la ciudad que hasta entonces conocía de cuestiones de acordeones en pechos masculinos. Rita Fernández era la directora, tocaba el acordeón, componía y cantaba; una segunda cantante era Carmen Mejía Barros, la guacharaquera era Elena Parodi, Lucy Serrano Brugés interpretaba la tumbadora; Myriam Serrano Ceballos tocaba el cencerro y Lourdes Cuello Montero era la cajera. Les hacían ovaciones al pasar y terminaron firmando autógrafos “hasta en los troncos de los árboles”. Con esa irrupción en Valledupar, Las Universitarias lograron dar lo que ha sido considerado como ‘el grito de independencia de la mujer en el vallenato’.

Lo que siguió a esa ‘presentación en sociedad’ fueron muchas presentaciones en tarimas nacionales y más allá de las fronteras, pues la agrupación de Rita y sus amigas se escuchó también en Panamá, México, Venezuela y Estados Unidos. Grabaron una producción musical con temas compuestos por ella y grandes compositores como Ricardo Cárdenas, Toño Fernández y Freddy Molina, entre otros y se vieron arropadas por una popularidad impresionante. Fue entonces cuando se levantó un muro entre el presente y futuro de la agrupación que las muchachas no lograron saltar; sólo Rita, cuyo corazón ya estaba colonizado por la música.

No era fácil para las jóvenes lidiar con las resistencias familiares y tener que escoger entre el amor de sus novios y su agrupación, por lo que el grupo de disolvió. Ella, Rita, quedó sin novio, pero con su música y con la intención impetuosa de seguir adelante; así se encontró después con Cecilia Meza (hoy fallecida) y volvió a las tarimas.

“En cada uno de nosotros existe una fuerza interior que no nos puede detener. La gran fuerza de mi vida es la música; ese el impulso y la corriente poderosa que me acompaña para ser plenamente feliz y hacer lo que de verdad Dios puso en mi alma que yo lo hiciera. Estoy realizando esa misión para la que Dios me trajo a la tierra, entonces la música tenía que aparecer, fuera de varones, fuera de mujeres o de lo que fuera, pero tenía que mostrar esa carga impetuosa musical que yo traía en mi espíritu y mi alma”.

Con esa fuerza impetuosa, se entregó por completo a la música, a la poesía, a sus ocurrencias, y en esa época, hace casi cincuenta años, “pedí que le introdujeran violines a las canciones”. Traía una innovación que no me detenía nada”.

Y nada la detuvo. En 1984 compuso unos versos hermosos para Valledupar, ciudad a la que el imán de los acordeones y los trovadores la habían arrastrado. Y cada doce horas, las audiencias radiales escuchan y entonan esos versos solemnes, para refrendar el honor a la ciudad “maternal, centenaria y bravía, luchadora en mestiza batalla”. Igual sucede en el municipio de Agustín Codazzi, cuyo himno también es de autoría de esta cantautora, poetisa, pianista y acordeonista.

Al tiempo, sus composiciones comenzaron a ser escuchadas en otras voces como Rafael Orozco, Alfredo Gutiérrez, Jorge Oñate e incluso en la voz de Joe Arroyo con la orquesta Fruko y sus Tesos. Eran poesías supremas, paridas en el alma de una mujer a la cual la música le dio la redención de un mundo atribulado por lo material y la situó en los estadios de lo bucólico que tan feliz la hace, la puso a viajar liviana por el universo y le dio el mágico poder de convertir a alguien en una sombra y condenarlo a vagar en recuerdos de ayer.

“La música se mete tanto, juega y navega en el mundo material, pero luego abre sus alas y se eleva. Es tan atrevida que es capaz de navegar en el mundo material y luego volverse invisible, intangible, pero te atrapa y se convierte en algo casi físico. ¿Cuándo se convierte la música en algo físico? Cuando de tus ojos salen lagrimas; esa lagrima es la música”, explica ella, quien considera que "el mundo necesita seres tan sensibles que puedan respirar el olor de la canción, como el canto de una rosa

Ha sido ella la inspiración para que las demás mujeres (más de setenta, hoy documentadas por la Fundación Académica de Música Contemporánea – Decuplum) transiten con libertad los senderos del vallenato; las impulsa, las inspira, las guía; es su ángel, su maestra, su amiga, su ‘comadrita’; es el espejo en el que siempre pueden mirarse y encontrar una sonrisa, un aliento, un verso nuevo: “Cómo sería mi vida si la música me dejara/te juro que mi alma de la pena se perdería/Mi piano, mi guitarra, mi acordeón y mi sentimiento/ no callarán su canto/son mi vida, son mi alimento”.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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