Domingo, 24 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

El hombre, conducía con un miedo terrible el pequeño Renault 9 por la carretera hacia Puerto Colombia. El suegro, un cienaguero que trabajaba en un juzgado laboral de Barranquilla, le había contado, que después de las doce de la noche —en la sinuosa vía—, se aparecía una mujer vestida de blanco, con traje de novia, para asustar a los hombres solitarios.

—Se aparece en diferentes sitios -le había contado Carlos Julio a Joaco-. En algunas ocasiones, frente a Jardines del Recuerdo. Otras, por la curva del Diablo y algunas veces por la ye de los chinos-

Para mostrar interés, Joaco le preguntó al papá de su mujer, la razón de las apariciones fantasmales en tantos puntos del camino hacia el viejo muelle. El viejo, con una vocecita misteriosa, le había contestado:

—Bueno, la de los Jardines del Recuerdo, parece que se trató de una mujer que se iba a casar en la Iglesia de la Torcoroma y el novio, la dejó plantada en el altar. La muchacha, se murió de pena moral y fue sepultada en ese cementerio, entonces de moda en Barranquilla. Como era de plata, la enterraron cerca de donde está la escultura de las dos manos y de allí, sale de su tumba, a las doce de las noche, para meterle terror a quien cruce por el camposanto o por la carretera a esas horas especialmente, si se trata de seres del sexo masculino.

Impresionado por el relato, el joven interpeló a Carlos Julio:

—Y las otras apariciones... ¿qué justificaciones tienen?

—Bueno, la de la Curva del Diablo, se originó -cuenta la gente- que se trató de una muchacha de Puerto que se iba a casar en Barranquilla y que por la prisa en llegar a la iglesia, el carro en donde iba, se salió de la carretera vieja y la única muerta fue ella. Desde entonces, se deja ver -a media noche-, corriendo desconsolada hacia la gran ciudad.

Con la curiosidad metida en el cuerpo, Joaco cavilaba sobre estas historias y soltó la pregunta sobre la mujer de blanco que rondaba por la ye de los chinos. A qué se debía la aparición de esa tercera mujer en la estrecha carretera hacia el balneario.

—No se sabe a ciencia cierta... -respondió el viejo- pareciera ser que las dos mujeres recorren la carretera, como alma en pena, en busca de los hombres con los cuales no se pudieron casar. La una, por despecho y la otra, por no haber podido llegar al altar donde el novio la esperaba ansioso y se aparecen indistintamente en varios tramos del carreteable -sentenció el contador de la leyenda- y lo más tenebroso... es que se notan con nitidez los contornos de la calavera velada y los contornos de los huesos en el traje translúcido.

—¡Nooo! -gritó el oidor del espeluznante relato- ¡Pero entonces, la visión no solamente es porque vaya corriendo al lado de los vehículos y de los conductores que sufren la aparición. Parece que se tratara de algo más!

—Así es... -dijo con voz quebrada Carlos Julio- la novia, primero corre al lado del auto elegido, desaparece por un momento y al instante, se acomoda elegantemente, en el asiento posterior del coche, pidiendo al piloto con voz de angustia, que la lleve a la iglesia. El automovilista, al ver por el espejo retrovisor la cadavérica imagen y sentir el olor nauseabundo, pierde el control del carro y se sale de la vía, con resultados mortales en muchas ocasiones.

Mientras Joaco -con un pánico de los mil demonios- iba pensando en los horrores de la historia, en el pueblo costanero se empezaba a crear otra fantasía... pero no con los ribetes de la mujer vestida de novia.

Un borrachito, de esos que no faltan en los pequeños caseríos, había salido con sus etanoles de más, del bar-billar que quedaba a dos cuadras de la Alcaldía y empezó a bajar hacia la plaza, que a esa hora, cerca de las doce de la noche, estaba medio solitaria, a no ser por una venta de tinto y fritos, ubicada cerca de la antigua estación del tren.

El hombrecito, con paso zigzagueante, pasó por la puerta del edificio municipal, como quien va hacia el balneario Las Antillas y sin motivo alguno, se detuvo, giró el cuerpo y miró hacia el segundo piso del vetusto palacio de gobierno; más exactamente, fijó su mirada sobre el local en donde funcionaba el Juzgado Promiscuo Municipal de Puerto Colombia.

Lo que vio, lo dejó frío. Sintió que la pea, de repente se esfumaba. Allí, como flotando en el balcón del segundo piso y a la luz de las bombillas mortecinas de la plaza, contempló a la Virgen del Monte Carmelo. Si, a la venerada Virgen del Carmen. A la patrona del pueblo. Solo que sin el niño Jesús en sus brazos. Pero igual de hermosa, con un aurea que le hacía resplandecer en medio de la noche y con su vestido carmelita y el grueso cordón que le pendía de la cintura.

El hombre, de repente, empezó a gritar:

¡Milagroooo! ¡Milagro!

Y corrió hacia la edificación armando un griterío que alarmó a los pocos vecinos de la plaza y a unos diez trabajadores del terminal marítimo que esperaban el bus para ir a laborar en Barranquilla. Los gritos fueron in crescendo y llegaron hasta las calles aledañas. Entonces, la Virgen, se adentró en el despacho del juzgado y desapareció sin explicación alguna.

Al día siguiente, temprano, se armó una romería hacia el Palacio Municipal y la multitud que se formó, miraba esperanzada el balcón del segundo piso, para contemplar la aparición sucedida y que de seguro, se repetiría. Sobre las ocho de la mañana, una jovencita, con todos los atuendos de la Virgen del Carmen, con paso menudito, incluido el cordón que le ceñía la cintura, se acercó a la puerta de la Alcaldía, ascendió por la escalera hacia el segundo piso y entró decididamente al despacho del juez Juliao Ramos.

El doctor Moisés, que así se llamaba el dispensador de justicia de Puerto Colombia, con una sonrisa socarrona, miró de pies a cabeza a su novel secretaria y le dijo:

—Oye, Maritza del Socorro, ¿Hasta cuándo tu mamá, te hará cumplir esa curiosa promesa a la Virgen del Carmen…? Fíjate el escándalo que se creó anoche que trabajamos hasta tarde, para poner los procesos al día antes de la visita de la Procuraduría.

Y con una carcajada, se fue a fumar un cigarrillo en el balcón de la aparición celestial.

 

José Joaquín Rincón Cháves

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