Sábado, 23 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

En el Caribe colombiano se observa una aculturación ambiental donde se expresan y conviven danzas, cantos y ritmos, y donde la forma musical más trascendental es considerada como la efluxión natural de otras expresiones rítmicas que se derivan, a su vez, de antiguas manifestaciones folklóricas de raíz afroide, como el lumbalú o el bullerengue.

En el primero (lumbalú) de signo ritual y el segundo (bullerengue) de carácter profano y con ingredientes en su sonoridad y sus pasus danzarios de gestación indoamericana, participan también la influencia peninsular española, que se instaura en una zona geográfica que va desde la laguna de Cocinetas, junto a Venezuela, hasta el cabo Tiburón, frontera panameña. Veamos algo de su registro:

"Si yo fuera  tambó,  /  mi  negra,  /  sonara solo pa'ti,  / 

pa'ti  maraca y tambó,  /   pa'ti,  mi negra, pa'ti ..."

En la música autóctona compiten bulliciosamente entre sí la Cumbia, el chandé, la gaita, el porro, el bullerengue y las danzas del torito, de El garabato, El Pilón y El chicote, entre las comunidades del Magdalena Grande, de la Sierra Nevada, vallenatas y arhuacas.

Cumbia se remite a la raíz kumb (ruido), pues en Guinea, zona Batá de África septentrional se conoció un baile llamado cumbé, mestizo original desde la Colonia,   género llamado también Cumbiamba, bailado alrededor de fogatas con notable parecido en ambas costas y dicho baile con movimiento de pies y caderas alrededor de un ruedo, que se difunde en el Caribe desde el siglo 18, prefiriéndose el apócope difundido por todo el mundo.

La Cumbia responde al compás binario, y en sus inicios fue intrumental, luego fue cantada. La Cumbia es resultado de un proceso histórico que deviene en música campestre y popular, cultivada entre los sectores más humildes y unida a las festividades rurales y a los carnavales, con temas que son verdaderas crónicas del habitante y su entorno sociocultural con estructura responsorial con alternancia de coro y solista.

Su melodía tiene mucho del folklore hispánico, donde se distinguen dos tipos básicos de conjunto cumbiambero: el clásico y el de gaita, de dos tubos similar al de los indios kogi, flauta de canal vertical, con cabeza moldeada de cer de abejas, con una pluma de pavo  insertada para emitir el sonido, y carbón vegetal, configurando la gaita hembra con cuatro orificios abiertos y uno cerrado para la melodía; y el de la gaita macho con dos y  uno cerrado con cera, que se interpreta con una sola mano, mientras la otra agita la maraca.

El segundo, emplea como instrumento melódico la caña de millo, especie de clarinete transversal, abierto en sus dos extremos, con cuatro orificios para los dedos y una lengueta cortada en un extremo del propio tubo donde se genera el sonido, parecido también al masi, instrumento de los indígenas guajiros, proveniente de la caña o pito, o tras veces se confecciona con el tronco delgado de la palma o aña de lata. Una maraca tubular, el guache, de bambú o de hojalata y relleno con semillas secas, a lo cual se le agregan tres percusivos: el bombo de dos membranas, golpeado por palillos sobre la caja o el cuero, afinado por una cuerda o soga en sus extremos; el tambor llamador, de una rítmica fija,  de una membrana, con parche ajustado mediante un aro de alambre grueso, enlazado en zig zag hacia el otro extremo por una cuerda, en una faja donde se incrustan cuñas de madera para tensarlo; y el tambor mayor, para improvisar y hacer variaciones rítmicas, de igual confección, pero de mayor tamaño sostenido entre las piernas y se ejecuta con ambas manos, son de claro origen africano.

En las parejas de baile donde la hembra lleva un paquete de velas de sebo encendidas, y un pañuelo de rabo de gallo. M. Zapata Olivella y su hermana Delia, describen en su estudio que en la cumbia, la mujer representa el aporte indígena y el varón ocupa el lugar del afrodescendiente. La mujer casi siempre con una amplia pollera blanca, blusas cerradas o escotadas con manga de tres cuartos y volantes en  mangas, hombros  y cintura, portando flores en su cabeza, lleva en una mano el paquete de espermas y hace movimientos de circunvalación alrededor de su pareja, con pasos cortos, arrastrando los pies y con el busto erguido, mientras el hombre de blanco, camisa arremangada y pantalón enrollado a media pierna, cuello redondo y pechera adornada, un pañuelo rojo en el cuello, sombrero regional de concha de jovo, mochila y una vaina para el machete, ofrece más velas a su compañera, la rodea con su baile, con giros raudos, con piruetas y destreza danzaria y movimiento de caderas y gestos violentos, en símbolo de persecución, rechazo, agresión, provocación y seducción.                                                                              .

Los cantos literariamente tienen la base de las coplas hispanas, aunque fue de carácter ritual, de ceremonias de velorio, evoluciona hacia el estro profano, tal como vemos, con versos octosílabos y rima asonante en los versos dos y cuatro, comentada por el coro en un verso libre:

"La mujé que sea coqueta  /  no se la dejes al viento,  /  lo mismo que una barqueta  /   que no se clava se va.

Coro :   ¡Clávala, compa, clávala ...!

Este baile varía  de acuerdo con las regiones: Ciénaga, Mompox, Sampúes, San Jacinto, El Banco, Soldad, Sincelejo..., cada una conlleva características esenciales para su ejecución, así como su momento creativo y de composición. En algunas partes se baila sin velas y con acordeón el cual llaman Cumbiamba, como se recuerda con aquella figura legendaria en El Paso, Cesar, de Pedro Nolasco Padilla, con su acordeón Niña Bonita, era el hombre de  los siete sones, El Tigre de Santa Rosa, quien repartía el aguardiente de caña en bongos y bateas, era el rey de las "ruedas de cumbia", y quien cantaba  en noches de jolgorio:

"Yo soy el Pedro Nolasco,  /  vale más que no lo fuera;  /   para ser un desgraciado  /   vale más que me muriera".

A partir de la década de los cuarenta el mundo del espectáculo y la comunicación ayudó a la masiva difusión de la Cumbia y sus más destacados creadores: Tobías Plicet, Pacho Galán, Chico Bolaño, Antolín Lenes, Jelo Córdovam Jo´se Benito Barros, Wilson Choperena, Andrés Landero, Ramón Ropaín, Edmundo Arias, Mario Gareña, L. Cogollo, Adolfo Pacheco, Lucho Bermúdez, Los Gaiteros de San Jacinto, Totó la Momposina, Efráin Herrera, y tantas agrupaciones danzarias que han logrado la supervivencia de la cumbia bajeña del Magdalena y la cumbia soledeña, junto a aquellas notas que llevaban las brisas del río, de José B. Barros:

“Me contaron  los abuelos que hace  tiempo / navegaba en el Cesar  una  piragua,  /   que partía del Banco, viejo puerto,  a las playas de amor en Chimichagua".

Y que poetas costeños como Candelario Obeso y Jorge Artel, expresaron sus emociones con una cumbia de su tierra:

"¡Cumbia!  Danza negra, danza de mi tierra! / Toda una raza  grita /  en esos gestos eléctricos, / por la contorsionada pirueta  /  de los muslos  epilépticos".

 

Jairo Tapia Tietjen

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Jairo Tapia Tietjen

Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

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