Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Por la calle de San Francisco, y Diagonal al Templo dedicado al Santo de Asís, se reúnen esta tarde –último domingo de noviembre 1965– las  Damas Rosadas en la casa de Tirso Maya.

Doña Rosa Villazon, su esposa, preside el grupo de señoras del voluntariado solidario y con labor social aquí, en el pueblo vallenato.

-Caminemos hasta donde Chelo. Avanzó con sus compañeras, dobló la esquina del Café  “La  Bolsa” y, con pasos apresurados, siguieron por la Calle del Cesar hasta la Farmacia San Rafael. Ahí preguntó Rosita por Chelo a Shuster Romero.

Contéstale Poncho, insistió el joven acomodándose sus lentes de aumento… “Está donde Tirsa Aramendiz, tomando café y soltándole a Beto Castro -el sempiterno electricista del Salón Central- el cuento de su compadre Chema Carrillo cuando participaba como Diablo en  las fiestas del Corpus Christi en Atánquez, y de ahí no lo despegan fácil, si además de Tirsa y Beto le celebran a carcajadas que aquí en el patio se escuchan, Antonia y la Piba Gutiérrez”.

Rosita apuntó hacia lo lejos su vista y, efectivamente, aquella reunión no era derrotable.

Atraído  por los celajes de unas siluetas rosadas que venían desde la puerta de la calle, Chelo asoció al instante estas imágenes con la necesidad que tenia de exponer su “idea particular “a las Damas Rosadas del Valle y en especial a Doña Rosita.

Abandonó la “estación del sabor y la frescura” donde Tirsa fabrica sus delicias coposas en hielo picadito, con el que daba líquido y colorido destino jugoso a zapotes y nísperos.

-Vamos hasta la casa doña Rosita, le propuso Chelo.

Ya allí sorteó el calor abriendo las ventanas de la sala que daban a la San Cayetano y por donde se colaban ahora los japeos, los “ópalos” y otros saludos onomatopéyicos vallenatos soltados por sus más de quinientos ahijados y compadres.

-¿Por qué tantos? Le pregunté una vez.

-Son herencia de mis atenciones en la farmacia donde les preparé y di drogas magistrales que curaron a tantos de sus familias cuando enfermaban.

-¿Pero tantos?, insistí.

-Buena parte también es de los “carnavalitos “del  Central, hijos de los capuchones,… compañeras que fueron en el baile de los que ahora son mis compadres.

-Así se aclaran las cosas, le dije.

-Volviendo a la sala de la casa donde había quedado doña Rosita y quien ahora preguntada inquieta por los detalles de la temporada carnavalera del 66, que ya se avecinaba. Ahora reflexiono:

-¿Por qué se interesaba doña Rosita en la programación del Salón Central?, respuesta: Porque Chelo acostumbraba hacer aportes al voluntariado en cada temporada carnavalera.

Cuando esto ocurría en aquella casa, en otro lugar a pocas cuadras, el bombero ojigatuno Rogelio  que trabaja en la estación gasolinera de Gil Straucht, cortejaba a “Gladis” la hermosa morena cañahuatera ahora embarazada de él y quien se encargaba de vender las entradas al Salón Central, bellas boletas salidas de un taller de arte gráfico barranquillero impresas sobre papel fotográfico de seguridad holandés.

Estos pasaportes al goce carnavalero lucían su especial diseño pictórico de congós y monocucos como ilusión óptica que solo quedaba en la retina de bailadores y capuchones por instantes porque luego reposaban su acartonada existencia en la mochila de Romelio o en la de Eliodoro, los porteros infranqueables del Central.

De esas grafías numeradas y arregladas en paquetes, tomé uno de ellos y le adicioné las necesarias para que Gladis utilizara las del extra conteo en la compra de la hamaca donde mecería a su hija camino al nacimiento.

“Taquilla” exhibía en su copete el payaso boquiabierto y desdentado, pintado por el mono Fritz o por Garay los dos publicistas comerciales genios del pincel y del humor plasmado sobre los murales que el “Central” exhibía cual salón de arte contemporáneo.

-¿Serán entonces 32 bailes en toda la temporada?, ¿o cuántos Chelo?, inquiría doña Rosita.

- Por ahí… por ahí, contestó Chelo, pero la buena noticia que les tengo… Uhmm. ¿Sabes Rosita cuánto valdrá la dotación completa: equipos e instrumentación necesarios para un banco de sangre?

- ¿Y eso?, contestó asombrada.

-Bueno, dijo Chelo, he tomado la decisión de cederles por los años que necesarios, hasta tener los recados suficientes, la taquilla de mujeres del salón Central, lo que se haga cada noche durante la pretemporada y en los días de carnaval por venta de boletas de damas será para que Valledupar, en un tiempo prudente, tenga su Banco de Sangre, es decir, donde se capte la sangre de los donantes y así proporcionar los productos y subproductos de ella para el tratamiento de los pacientes que por sus condiciones de salud lo requieran.

Las invito a tener mucha paciencia, ya sé que los costos de instrumentación y equipos serán bien altos, dependiendo del país de donde se traigan.

Doña Rosita regresó a casa y dijo a Tirso que se encontraba esperándola: “No solo para carnavalear da el Salón de Marcelo”.

-¿Y eso? preguntó sorprendido…

Siete años después el Banco de Sangre vio la luz.

 

Álvaro Calderón Calderón

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