Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Cuando mis amigos me llaman a invitarme a ver una película colombiana ya han caído en la cuenta que siempre les tengo una excusa para no someterme a tal padecimiento. Este artículo es una respuesta a la pregunta que me hizo una amigo.

Con gran desesperanza, cada 25 de diciembre voy a cine a encontrarme con una nueva película colombiana que, supuestamente, busca rescatar los valores de nuestra cotidianidad. ¡Ah! Los actores de las telenovelas de moda haciendo su debut en la pantalla grande, los actores más respetados haciendo caricaturas desdibujadas de un colombiano promedio, el show mediático que lo acompaña por parte de los demás medios de comunicación que pertenecen a la misma productora y los treinta y cinco patrocinadores que se pelean por el honor de decir que la película se hizo con sus fondos, son algunos de los elementos que no pueden faltar.

No sé ustedes, pero soy tan selectivo como se puede ser en Colombia (teniendo en cuenta que no llegan todas las películas) a la hora de escoger las películas que voy a ver al cine. Siempre me ha parecido que en estos tiempos de crisis la experiencia de una película en la pantalla grande debe hacer justicia con lo que se paga por una boleta, y hasta ahora, muy pocas películas han motivado mi curiosidad por vivir la experiencia de escuchar acento colombiano en pantalla grande.

No les perdono los clichés a las películas estadounidenses, ni a las europeas, ni a las orientales y no veo porque se los toleraría a las películas colombianas. Y antes que el lector desprevenido me llame apátrida o algo por el estilo por no apoyar el cine nacional, le diré que esto lo hago más por una convicción muy personal (no quiero ni imaginarme la cantidad de plata que ha perdido Dago García por mi culpa) que tiene que ver con una forma de protesta silenciosa (hasta hoy) por valorar el trabajo de los cineastas colombianos desde un juicio objetivo y global.

Pensemos por un rato. Si bajamos los estándares para los productos fílmicos sólo por encontrar motivos para valorar los esfuerzos o los ínfimos progresos que muestra esta industria en Colombia, estaríamos reconociendo de antemano nuestra derrota en la empresa de presentar un trabajo artístico de calidad.

Para hacer buen cine no hay excusas. Miremos el caso de Irán, que apenas a partir de los años noventa logró superar el velo de la censura y, a pesar de los pocos fondos que se destinan para el cine y las temáticas que manejan con muy poca violencia y desnudos, cuentan historias que bien valen la pena ver.

La cúspide de estos esfuerzos es A Separation, película nominada al mejor guión original en los Oscars 2012 y a Mejor Película en lengua no inglesa, categoría en la que resultó ganadora después de ganar el Golden Globe y barrer en Berlín, entre muchos otros festivales.

El asunto es que en la mayoría de los casos las películas colombianas se diluyen en sus débiles argumentos y terminan siendo una desafortunada parodia adaptada a la colombiana de alguna película extranjera estrenada unos años antes (si, estoy pensado en Little Miss Sunshine de 2006 y El Paseo de 2010). Otra posibilidad de esta “formula ganadora” es que sea simplemente una telenovela de dos horas. Ahora, una cosa muy diferente es que los canales de televisión privada que financian estas películas se la quieran presentar como la última producción de The Weinstein Company e inviten a los actores y al director a todas las emisiones de noticias y otra bien diferente es que la película sea en realidad buena.

Ha habido intentos y sí, se están produciendo más películas por año (en gran parte gracias a la financiación del Ministerio de Cultura) pero de ahí a que haya un boom de películas colombianas como nos lo sugieren en los medios de comunicación, estamos muy lejos. Aunque siendo optimistas, y no por mera ley de probabilidad, de tantas han habido producciones competentes que resultan ser el oasis en un desierto de mediocridad enriquecido por la expectativa mediática.

Son tan pocas las películas que no se escudan en la excusa de lo criollo, la violencia sin sentido, el vocabulario soez y los estereotipos que se pueden contar con los dedos de las manos. A mi juicio son estas: La estrategia del Caracol de Sergio Cabrera (1993), Satanás de Andrés Baiz (2007), Los Viajes del Viento de Ciro Guerra (2009) y Saluda al diablo de mi Parte de Juan Felipe Orozco (2011). Estas, no sólo tienen una historia interesante para contar, sino que en realidad la cuentan de una manera interesante, sus temáticas toman al país como referencia pero su lenguaje es universal y más que nada, su característica común es el cuidadoso trabajo de fotografía que crea el universo de la historia. ¿El páramo (2011)? Casi… ¿Rosario Tijeras (2005)? No valía la pena la adaptación… ¿Al Final del Espectro (2006)? Nah!

Así que cada vez que me pregunten si quiero ir a ver una película de Harold Trompetero y yo les diga que Sábados Felices va a estar muy bueno esa noche, que qué pena, que tengo algo que hacer y que ni gratis me sometería a ese insulto a mi colombianidad (¿esa palabra existe?), no me hagan mala cara. Estoy en realidad tratando de motivar a los productores a que seleccionen mejor sus películas a respaldar.

Rodrigo A. Rodríguez Fuentes

Kudos y Críticas
Rodrigo A. Rodríguez

Rodrigo A. Rodríguez Fuentes. Profesor. Amante de todas las formas de arte. El cine lo apasiona y lo libera, en su columna Kudos y Críticas ofrece un acercamiento informal a las películas de todos los tiempos que merecen una mirada por ser una referencia obligada desde la crítica o simplemente por el valor que poseen en la cultura popular. Sus referencias incluyen desde documentales independientes de países remotos hasta las conocidas producciones de Hollywood.

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