Domingo, 26 de feb de 2017
Valledupar, Colombia.

Eduardo Pinto Viloria / Foto: Fabrina Acosta

“La violencia es el miedo a los ideales de los demás”.

Mahatma Gandhi

No es ésta una columna más, es una catarsis al dolor de la noticia con la cual me levantó el 4 de Mayo de 2016 la voz melancólica de mi hermana, anunciando el asesinato de mi amigo Eduardo Pinto Viloria, director Región Caribe del Instituto de Medicina Legal. Sin embargo, más allá de este cargo de poder; debo presentarlo como un hombre sensible y creyente de la No violencia, un comprometido con las causas sociales, por ello hace un poco más de 3 años recibí una llamada en la cual, se presentaba y me decía que “Ponía a la orden sus capacidades y lo que fuera necesario para apoyar la causa que lideraba y que se alegraba de que una guajira como yo estuviera trabajando en la primera Secretaría de la Mujer del Caribe Colombiano”, desde ahí cruzamos correos, libros y compartimos diálogos siempre desde el marco de respeto y la firme esperanza de una guajira sin violencias.

Eduardo no desaprovechaba espacio para hablar de su hijo y esposa, era un enamorado eterno de su familia y un convencido de que si a las mujeres se les trataba con amor el mundo podría mejorar, insistía en que sus labores profesionales le impedían participar como anhelaba hacerlo de iniciativas sociales pero igual siempre estaba pendiente de cada espacio y evento.

Recuerdo que en una de las visitas a su oficina en Barranquilla, le expresé mi admiración por su apoyo a la causa de la no violencia contra las mujeres, pues todo el espacio estaba decorado con material preventivo al respecto; ese mismo día, le comenté sobre la maestría en estudios de Género  y me dijo que quería ingresar porque era un tema muy atractivo para él y nuevamente su trajín laboral le impedía cumplir tal anhelo; posteriormente ingresó a estudiar un postgrado en gerencia y me sorprendí cuando hace unos días me llamó a las 7:00 am para decirme que su artículo de grado pensaba hacerlo enfocado a gestión empresarial con perspectiva de género, acordamos vernos para aportarle varios artículos sobre el tema y él para entregarme unas cifras que ayudarían a mi tesis sobre violencia de género; pero la violencia, esa enfermedad social que nos está acabando, lo impidió y también el trajín laboral de ambos que cruzó nuestras agendas y aplazó el encuentro programado para el viernes anterior.

Es doloroso aceptar que la violencia ocurre en lo público, en lo privado, en todos lados y quedamos perplejos de asombro y dolor pero nada sucede, pareciera que nos dejamos acabar de miedo, frente a una enfermedad que se ha desbocado sin el mínimo asomo de posible control.

Hoy escribo partida de dolor, con lágrimas que no solucionarán nada pero que brindan el mejor homenaje a un hombre que merecía toda mi admiración, con una desolación profunda que debilita (temporalmente, porque seguiré firme en la causa) mi espíritu y con el convencimiento inamovible que Eduardo seguro jamás pensó que su muerte sería así, tan frívola, abrupta y reprochable; en la calma de su hogar, de su derecho a la intimidad y al descanso, en esa paz que proyectaba desde su tono de voz hasta su esperanza de que la sociedad cambiara.

No pretendo parecer una de esas personas que ante el morbo de la muerte idolatran a los difuntos omitiendo defectos y sobre dimensionando cualidades, Eduardo no necesita de eso, porque él era un creyente de la transformación social y como siempre lo he dicho, creer es tener un poco de inocencia y ahora él pasa a ser uno más de los que se va a su tumba con el corazón lleno de esa inocente esperanza, quería un mundo mejor para su hijo Jerónimo y su esposa Dayana, un mejor panorama para su amada tierra guajira, porque, si algo dejaba ver en él, era ese profundo amor por su familia y su terruño.

En la última conversación que tuvimos por el chat, me decía “lo que usted ha hecho es admirable, sigamos trabajando por la no violencia, construyamos una verdadera política pública encaminada a la prevención y erradicación de la violencia contra la mujer, sé que nos las aprueban”.

Pero fue precisamente la violencia quien se llevó esos sueños como río desbocado que nadie puede controlar, no imagino el dolor de su familia, ni el desasosiego de sus compañeros de trabajo y amigos en general; estamos frente a la paradoja de la muerte que no discrimina bondad ni calidad humana, para irrumpir de manera tan dolorosa e inmerecida, porque de algo estoy segura y es que Eduardo vivía con la firme convicción de que en cumplimiento de sus principios y valores no corría el riesgo de morir en manos de personas desdibujadas de lo humano a los que nada les argumenta su decisión de matar.

Hoy termino estas letras, esperando que su ejemplo de vida nos inspire a seguir tejiendo una sociedad donde los sueños no los lapiden las balas y donde los buenos no hagan parte de las listas de víctimas, hoy el director de Medicina legal no está recibiendo las cifras de asesinados de la noche anterior sino que hace parte de ella, injusta paradoja porque no estaba buscando desprevenidamente el peligro como siempre acusamos a las víctimas (de dar papaya) no, no fue así, él estaba en su hogar, en su intimidad y en su (supuesta) zona de protección.

Eduardo Pinto Viloria, seguro hoy dejas un vacío tan profundo en tus seres queridos, en tu esposa, en tu hijo, en tu tío Hilber Pinto que aplica cerrar estas letras con la siguiente frase de Carlos Fuentes: “Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos”.

 

Fabrina Acosta Contreras 

@Facostac 

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