Jueves, 23 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Un estudiante de periodismo de la Universidad de Pamplona tuvo la generosidad de escogerme como su interlocutor con el pretexto de conocerme y armar ´un perfil´, tomando en cuenta  las respuestas que yo diera a sus preguntas, una de las cuales fue, por qué había escogido este oficio. Hablamos con sencillez, sin ninguna retórica magistral.

A propósito, es oportuno tomar en cuenta lo que dijo el escritor Juan Gabriel Vásquez en su discurso durante la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2015. Allí está expresado lo que debe ser la función de esa vertiente de la comunicación.

“El buen periodismo –dice Vásquez- es hoy un refugio: en él nos resguardamos de la simplificación barata y la mentira rampante. El buen periodismo es la primera y más eficiente forma de fiscalización que tenemos los ciudadanos, nuestro primer baluarte contra los abusos del poder que todos los días cometen nuestros poderosos. El buen periodismo es el único antídoto conocido contra el deterioro, triste y evidente, del debate público, cuya calidad, hoy en día, es la de un griterío entre matones, y que se resume demasiadas veces en una frase que no desentonaría en boca de un pandillero. Una sociedad sin buen periodismo está a merced de los trinos mentirosos que nos lanzan todos los días los mercaderes de la crispación, los rentistas del miedo. Una sociedad sin buen periodismo es incapaz de enfrentarse a las falacias populares que pululan impunes en las redes sociales, y se vuelve por lo tanto servil, porque está demasiado dispuesta a tragarse las mentiras más grotescas. Una sociedad sin buen periodismo, en resumen, está políticamente perdida, y lo que es peor, moralmente ciega”.

Y se completa la sustentación:

“Nosotros, habitantes de las repúblicas de la información, formamos una gran comunidad virtual. Leer el periódico en la mañana es para mí lo que era para Hegel en aquella página que también le gustaba a Fernando Savater: un rezo matutino. Pero se trata de un rezo laico y democrático, un verdadero acto de comunión con gente que comparte una versión similar del lugar en donde estamos, y de quienes somos, y de que queremos. Para enfrentarnos a los abusos de poder y fiscalizar a quienes lo ejercen, para desmontar las mentiras y denunciar las falsificaciones, un periodismo con autoridad moral, respetable, y por lo mismo temible es esencial. Por eso,  creo yo, nos parece tan lamentable el periodista venal, interesado, corrupto, o simplemente lambón; porque desperdicia la posibilidad más bella que tiene el oficio: darles voz a los que no la tienen, influenciar a los que carecen de ella y lograr que los ausentes o los invisibles, durante la breve existencia de una noticia, recuperen el derecho ciudadano de estar presentes y bien visibles aquí, en el lugar del debate público, que es donde pasan las cosas. Esa es una de nuestras muchas tareas como periodistas. Albert Camus, un periodista de los buenos, solía decir que la tarea del periodismo es devolver al país su voz profunda. Lo dijo con estas palabras: “Si hacemos que esta voz siga siendo la de la energía más que la del odio, la de la objetividad orgullosa y no la de la retórica, la de la humanidad, más que la de la mediocridad, muchas cosas se habrían salvado y nosotros no habremos desmerecido”.

 

Cicerón Flórez Moya

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