Viernes, 23 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

La fase de preselección del concurso de la canción inédita, que la Fundación del Festival de la Leyenda Vallenata llama en su Capitulo V del reglamento como selección previa de las canciones,  desde la edición que le dieron luz verde la calificamos como una trampa grotesca, al ver cómo de un solo cuajo se envía la inspiración de un soñador del folclor a la “solución final”, sin derecho a defender su propuesta musical.

Hoy, después de un estudio analítico de la situación y por las contradicciones que existe en lo que promulga el referido reglamento en  su articulado y lo que se obtiene como producto final de la tal selección, ese proceso inquisidor sigue siendo desacertado. Y  esto, es lo que  abordaremos de manera exclusiva en esta ocasión

Hace unos dieciocho meses, en una típica tertulia vallenata en la ciudad de Valencia, Venezuela, donde residimos desde hace casi cuatro décadas, un colega y folclorista guajiro, quien además es buen cantante y guitarrista, me hizo una confesión que en su momento lo tomé como una anécdota macondiana.

Me contaba en esa ocasión que, en época reciente había inscrito en dos oportunidades diferentes, sendas composiciones para el concurso de la Canción Inédita Vallenata. Aunque no logró superar nunca la ronda preliminar, a la obediente sumisión y acatamiento que había mantenido por los resultados lo mordió la suspicacia, cuando en una de esas participaciones se le acercó a uno de los miembros del jurado, que dicho sea de paso, era un conocido suyo, para que lo consolara siquiera con una razón de peso ante el criterio selectivo que tenían ellos a la hora de la escogencia de las canciones. Esta persona -comenta- fue parca y lo sentenció todo en una sola frase: “Que hay una directriz por parte de la Junta Organizadora en darle una rígida importancia a las melodías nuevas y letras frescas. Esa declaración, más que confundirlo, lo dejó retrechero.

Al año siguiente de aquel episodio festivalero, se valió de la complacencia de un colega venezolano, compositor de pasajes llaneros (joropos lentos), a quien le propuso que si   le podía prestar una de sus tantas melodías como nodriza, para ensamblar una composición. Es decir, adaptarle una letra propia.Estuvo de acuerdo el amigo. La disfrazó con datos y mensajes circunstanciales de la cultura vallenata, y de ese camuflaje surgió una canción en versión merengue que se la envió a un familiar en Colombia para que la inscribiera, pues, obligaciones le impedían estar para el Festival en la fecha preestablecida. Mejor dicho, se la envió a alguien que le sirviera de “testaferro musical”, práctica que se ha vuelto muy común en este tipo de citas festivaleras. No  sólo logró inscribirla y superar la prueba de la “caldera del diablo”, sino que compitió en las tarimas hasta alcanzar la segunda ronda del Concurso.

No es difícil mimetizar estos ritmos. Tuve años convencidos que Caminito Verde, pieza musical convertida en éxito por la magia del “Negro Alejo” en ritmo de merengue, era de la cosecha de algún juglar oriundo del Magdalena Grande. Al llegar a Venezuela fue cuando comprobé que su autor era nada menos que el  gran maestro,Juan Vicente Torrealba, máximo representante del folclor llanero, compositor de casi un millar de canciones, entre ellas Rosa Angelina, famosa también a mediados de los sesenta  por la interpretación magistral que hizo el mismo “Alejo”, y años después grabada en la voz  de Jorge Oñate con la compañía de “Colacho” en el acordeón.

A través de las redes sociales, para los días de carnavales del presente año, de manera fortuita tuve contacto con un amigo y compositor sabanero, fogueado y galardonado en materia festivalera, pero en aire de porros. Las palabras con las que rompió el hielo fueron alusivas al Festival Vallenato y por ende a la pareja homenajeada en la versión 49, y con el humor que lo caracteriza me dijo que si ya yo había “cuacado” la composición para rendirles sus respectivos tributos. Medio siglo de una buena amistad con dicho personaje, son suficientes para que él supiera la devoción y el fanatismo que siempre he sentido por los Hermanos Zuleta, mis ídolos vallenatos. Le dije que complacido la haría, pero si él por su parte se animaba también. Aceptó el reto.

En un  lapso de mes y medio me entregué con la honradez de un artista rezagado y con el entusiasmo de un poeta en reposo, a construir mi composición de hondo compromiso, pero que me sirviera a la vez de experimento. Cumplí con todos los requisitos y solemnidades, y la inscripción se materializó más temprano que tarde. Estaba el cien por ciento convencido que mi canción no iba “pá el baile”,comoen efecto sucedió, sencillamente, porque pequé de manera deliberada en hacerla más arcaica en armonía que la “Gota Fía”, y más costumbrista que los versos de “El Cantor de Fonseca”. Pero eso sí, a prueba blindada del flagelo de la clonación e influencias foráneas.

El 15 de Abril, el amigo sabanero me envió varios mensajes de textos, atribulado por partida doble: por una parte tenía una decepción y por la otra, una agradable sorpresa. Un famoso y legendario compositor de la misma región, quien había suscitado en su entorno grandes expectativas por la inscripción de su canción, no fue tomada en cuenta. En cambio la de él, que originalmente era un porro que a última hora, para la ocasión había maquillado de vallenato con la benevolente complicidad del acordeón y la caja, sí la habían seleccionado. “No preguntes de que murió -le dije en jerga sabanera- invoca el espíritu del “Compaé Chipuco”, y pá lante. Su canción se resteó altanera en la competencia, hasta la segunda ronda también.

Producto de estos episodios maniqueistas que hemos señalado, de un elemental  sentido  solidario y resquemor personal por encontrar paliativos razonables ante un dilema, nos dimos a la tarea de desarrollar una investigación durante año y medio, de pronto no con el rigor académico de un investigador profesional, pero sí, con la seriedad y entereza como lo he hecho durante más de cuarenta años cuando quedamos atrapado y comprometido con este género musical. Todo, para descifrar en buena medida, las bondades  y misterios que rodean esa etapa de preselección.

Para ello, escuché y analicé en compañía de un par de expertos vallenatólogos y un músico de academia, treinta y nueve composiciones de varios ritmos que concursaron en los últimos seis años en el Festival. Algunas de ellas lograron clasificar pero se quedaron a mitad de camino, otras que llegaron hasta la final, y otro tanto que se quedaron en el intento. De este último bloque, aunque fueron muy pocas, me valí de  sus propios creadores, quienes me facilitaron el material, incluso, de este mismo año.

En la edición que acaba de concluir enviaron al barranco del ostracismo a 284 composiciones, sobre un universo de 348, es decir, un 82º/o. aproximado. Fustigadas en su valoración por una docenas de personas entre miembros de la junta directiva y del  jurado.

¿Que, escuchan, que evalúan, que dictaminan? La única vocera que ha dado la cara los últimos años con el mismo formato es nuestra queridísima Rita, que no sabemos si habla a título personal, de la Fundación, jurado, o de los tres a la vez: “Nos tocó trabajar fuerte durante cuatro días debido a la gran cantidad de canciones, principalmente en aire de paseo. Se presentaron muchas canciones prefabricadas y con poca presencia de melodías. Costo trabajo encontrar melodías frescas y nuevas y no trilladas. Nos llamó la atención que las canciones en son y puya, aires difíciles de crear, hubo calidad, y el merengue estuvo flojo, pero se rescató algo. Puedo indicar que se reflejó que muchos compositores buscan crear una canción para participar, pero poco se siente el compromiso con el folclor vallenato. Una excelente canción trasmite y conecta, y se percibe al instante”. Declaraciones ambiguas que las tomamos sin dilaciones como subterfugios.

¿Prefabricadas y trilladas?Nos hubiese gustado una respuesta más amplia y atomizada, pero de parte de cada uno de los jurados. Interpretamos, que quiso decir, plagio. Las canciones o son originales o están contaminadas parcial o totalmente por la imitación. Estamos en contra de esta debilidad, pero por las investigaciones que hemos hecho es una ínfima cantidad que se presentan en estas competencias.

¿Melodías frescas y nuevas?Si hay algún elemento que logra tonificar la identidad de los grandes compositores es la preservación de su línea melódica. Alterarla por simple capricho es traicionar su estilo. Porque eso es lo que nos lleva a colegir que con solo escuchar unos seis compases de determinada canción, uno diga con certeza quien puede ser  su autor. De ahí la grandeza y autenticidad de un Rafael Escalona, El “Viejo Mile”, Máximo Movil, Leandro Díaz, Adriano Salas, Luciano Gullo, Beto Murgas, Roberto Calderón, Edilberto Daza, Gustavo Gutiérrez, por nombrar algunos cuantos. Nuevos y frescos se encuentran estos geniales creadores,  porque sus cantos siguen más más vigentes que nunca.

A propósito del Maestro Rafael Escalana, en plena etapa productiva lo traicionó la musa y tomó como suya, involuntariamente, la melodía de La Brasilera. Pero su sabia hidalguía hizo que un día reconociera públicamente su error y se le transmitiera a Leandro Díaz, su verdadero dueño, los consabidos créditos. Creemos en su buena fe y ya vemos que hasta los grandes genios les pasa ese desliz.

¿“Muchos no sienten el vallenato”?Infortunadas declaraciones que insultan al alma del poeta. De modo que doña Rita, o los eminentes miembros del jurado, a quienes respetamos y reconocemos su valioso aporte al folclor, fungen ahora como escrutadores de corazones u oráculos del folclor para saber quién es el que siente o no, el vallenato. La verdad es que con este desaire terminamos sintiéndonos  aludido.

Puedo citar con nombre propio cualquier cantidad de compositores omitidos en estos absurdos fallos, que como mensajeros del encanto, recorren cuantos festivales se anuncian con la  misma vocación y arrojo que en tiempos inmemoriales tuvo Francisco el Hombre; que respiran y exhalan vallenato como un medio placentero de sus vidas, que han dejado el pellejo de sus musas en interminables parrandas; que quienes como yo, un día empeñamos nuestros relojes y desafiamos la severidad domestica para “guatapurizarnos” de la cultura vallenata, sólo, para poder divulgar con la humildad que tuvieron los trovadores medievales, la gracia innata de sus talentos, y por coronar algún día la ilusión de  pisar una tarima.

 Es verdad que estos evangelizadores del folclor, hasta ahora, no han podido todavía ofrecer su gran obra maestra o sus premios, y sin embargo, no han sucumbido a seguir siendo actores visibles y seguir contribuyendo como parte activa a la consolidación del Imperio Vallenato.

No nos mueven razones para dudar que una tolimense y un chocoano, premiados en sendos concursos, no sientan sentimentalmente el vallenato.

Dejémonos de romanticismo. En cualquier festival de canciones, llámese de cualquier género, el artista busca consagración y como postre siguiente el éxito de la canción. Preguntamos, de las últimas 20 ediciones del Festival, ¿quiénes alcanzaron estas  satisfacciones y para qué les sirvió el premio? ¿Conocen el nombre de los ganadores o  se acuerdan del nombre de sus canciones?

Ni es un secreto para nadie que la composición es la columna vertebral, o lo que es mejor, la materia prima que marca el derrotero de cualquier aire musical. Rumbo éste que lo define el gusto popular. Por eso insistimos, el canto hay que defenderlo es cantando y el gran público será el termómetro que paute su aceptación. Rita dice una verdad a medias, las canciones buenas transmiten y conectan de una. Pero que sea una masa significativa de melómanos quienes defiendan esta tesis.

De una decena de concursos que en diferentes categorías ofrece el Festival Vallenato, el magnánimo en importancia es y será el de la Canción Inédita. El  autor novel o veterano acude a la convocatoria de este concurso afianzado por su talento y amparado por una normativa reglamentaria. Aunque el reglamento actual parece que hubiese sido redactado por unos legisladores bohemios, creemos que está ajustado en severidad a la intención y preocupación de la Unesco y de la misma Fundación Vallenata para la defensa de los  rasgos primitivos del decretado Patrimonio Cultural de Colombia.

Para hacer más didáctica nuestra inquietud es suficiente transcribir textualmente un solo artículo: Artículo 48°-: “Los objetivos de este concurso son: defender, fomentar, estimular y promocionar la creación de nuevos cantos vallenatos que guarden fielmente las características tradicionales de estos aires musicales; tanto en su contenido como en su construcción y mensaje, dentro de los cuatro géneros clásicos de la Música Tradicional Vallenata como son el merengue, el paseo, la puya y el son”.

Reiteramos, todo lo que esté en calidad de inédito y prescinda del gusanillo del plagio y las influencias malsanas en lo musical y literario, es y será “nuevo y fresco” para efecto del reglamento vigente que regula el Concurso de la Canción Inédita. Ya lo explicamos, pero ya sabemos que el problema para la Fundación no es ése, sino que con el cuento persistente de encontrar melodías nuevas y exóticas, parece que los pateala sonoridad  clásica y tradicional del producto, que según lo que reza el artículo 48, son los únicos elementos que basta en materia musical para posicionar la composición. Buscarle otra pata al gato es defenestrar el objetivoque ellos mismos promulgan. Es violar la normativa que ellos mismos han creado. Tanto es así que si no despabila el jurado de esa resaca obsesiva, termina un joropo o un porro en la tarima “Colacho” Mendoza alzándose con el trofeo. Reformen sustancialmente el reglamento, entonces, si lo que buscan a la larga son exploraciones híbridas.

Estamos completamente de acuerdo que en esa etapa inicial de selección se haga una purga que filtre los vicios notorios que hemos mencionado. Estos a van a ser minúsculos según nuestras investigaciones.

Bien sabemos además que en los concursos festivaleros de esta naturaleza la temática tiene un tratamiento especial. El mensaje y contenido es lo que va a marcar la diferencia con una canción comercial. Pero las características autóctonas deben mantenerse inalterables por sobre todas las cosas.

Lo que es bueno para el pavo debe ser bueno para la pava. En la semana en que vencía el plazo de las inscripciones al Concurso de la Canción Inéditafue muy publicitado por los medios impresos y virtuales, la participación a última hora de una tripleta de grandes ligas en materia de composición, es comprensible ese hecho noticioso. Pero la malicia popular va más allá de la realidad enclenque que una vez dio por descontado, que entre esos tres gladiadores del folclor estaba el futuro ganador de la canción. Las puntuaciones que obtuvieron en las diferentes rondas del certamen parecían de competencia olímpicas: ¡perfecta! Pero bueno, eso es y será parte del imaginario perspicaz.

¡Ojo!, no estamos en contra de los que avanzaron, sino a favor de los que no pudieron entrar al circo .Además, que los compositores en mención no necesitan premios para demostrar sus quilates como suplidores de buenas canciones. La duda radica que si esa misma talanquera que le cerraron a aquellos 284 apóstoles de la perseverancia, fue la misma que le  abrieron a estos, y resto  de los competidores de manera dócil, como los salvadores del concurso, y si utilizaron las mismas armas clasificatorias.

Aprovechando las bondades de la tecnología  pude escuchar, observar y apreciar con el fervor de un fanático en suspenso todas las  cinco canciones finalistas de la versión 49.

¿Qué de nuevo y fresco escuchó o percibió la gran feligresía vallenata por parte de estos prenombrados compositores, que no haya sido la fidelidad a sus principios musicales? ¿Qué celebramos en esos cantos, que no haya sido deleitarnos y disfrutar del apego en sus respectivos estilos, y que en ningún momento los vimos en letra y música espantarse  ante la tradición clásica de sus obras? ¿Qué de novedoso aplaudimos, que no hayan sido  los acordes de unos hermosos cantos encallados en el pasado?

Mientras existan buenos compositores habrá buenos cantos, aunque huelan a dinosaurio. Nosotros por nuestra parte, comenzamos desde ya a recargar las pilas para presentarnos de nuevo el próximo año. La duda está, en  si llevamos como inédita un bullerenguecon antifaz de vallenato, o una que huela a cañaguate, de verdad verdad.

 

Alfonso Osorio Simahán 

 

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