Lunes, 24 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

Yarime Lobo e Imelda Daza

“Ven y charlemos de cosas que nos traerán recuerdos 
coplas de viejos caminos que enmarcan a mi pueblo, 
pueblo de mis cuitas de realidades en ti creció 
toda la grandeza de un gran destino que Dios te dio
que bello es el cielo en la tierra mía 
y el paisaje crece, crece en lejanías” 

Gustavo Gutiérrez

Crecí las tres cuartas partes de mi vida en una tierra que desde mis ojos prefiero ver y llamar Macondo. Y ese Macondo encierra tres territorios en sí mismo, a los que algunos llaman La Provincia de Padilla, otros Cesar, Guajira y Magdalena, pero para mí simplemente y llanamente es el territorio contenido en el triángulo de la Gran Sierra Nevada que se levanta apuntando sus picos al alto cielo frente al mar caribe: Macondo. 

Allí crecí, proveniente de un matrimonio al que desde muy niña vi andar los caminos de lo que llaman la política. Tanto mi padre como mi madre se adentraron en ese mundo que para mí significaba la ausencia de ellos, pues dichas actividades me hacían sentir en casa soledades que remediaba construyendo un mundo de historias mágicas a través de cuentos pintados de alegría, fe y esperanza.

Saboreé los triunfos y derrotas de mis padres en su andar político, el sabor de la derrota casi siempre era un coctel agridulce de engaños y traiciones de aquellos que creyeron cercanos, amigos y familiares. Cuando en eso pienso, tararea en mi mente un coro de un jingle de una de las tantas campañas de mis padres: “Dame tu mano, mi amigo, que quiero saludarte, desde hace un tiempo que busco la forma para hablarte…” Adoré ese jingle que no era otra cosa que un hermoso paisaje de sol dentro de ese oscuro piso movedizo que pareciera la política a la que nunca quise adentrarme hasta aquel septiembre del año 2010.

Aquel mes que festeja el valor de la amistad motivada por los cuentos de una ley que dice incentivar la participación femenina en política y ya cansada de indignarme desde la barrera del proceder de los políticos de Macondo me adentré a ese suelo que antes rechazara, impulsada por un puñado de seres amig@s levanté la bandera color esperanza y con una expresión sentida que no pierde vigencia: “Yo soy como tú”, expresé junto a cercanos, amigos y familiares un sentimiento propio del que todo lo cree focalizando el centro de atención en temas sentidos y urgentes como lo es la mujer, la naturaleza (o medioambiente), la cultura y el turismo como mecanismos para ser, estar, permanecer y trascender en esta tierra nuestra.

Cinco años han transcurrido desde aquel entonces y no es muy distinto el asunto a lo que vivieran mis padres, solo que ahora es más especializado:  ya no cambian las papeletas para extraerte tus votos y dárselos a otro, ahora manipulan el software haciendo ponderaciones a la carta del que más pague; ya no te traicionan los aparentes votantes, ahora es un producto masivamente ofertado que mercadean con el uno y el otro “el paquete” que figurativamente contiene un número (C.C) de cabezas de votantes. Todo un espectáculo mejorado para validar una “sana fiesta democrática” que en la arena no es más que un circo Romano donde asisten seres vestidos con máscaras y mascaradas para ver la pelea del tigre con el burro amarrado.

Todo me parecía un sinsentido cíclico de lo que no deja de ser la “Mal concebida política” de mi aldea macondiana, hasta que el destino y sus casualidades causales cruzó mi camino con una mujer contenida en un empaque pequeño, con una voz mezzosoprano que contrastaba con una mirada dulce y serena, una mezcla de Paisaje de sol, una voz que como rayo me permitía inferir al escuchar y ver que dentro de ese ser de pequeña estatura se albergan pensamientos y causas gigantes como ese Sol que con su luz deja apreciar un mejor paisaje.

Pensar en tonos esperanza te conduce a matricularte para entrar en la arena política en lo que a esto se parezca, al hacerlo no pensé en pasado, ni futuro, pensé en presente y lo que desde él se puede hacer, el partido que escogí es una suma de alianzas renuentes a dejar morir un pensamiento a manos del “cíclico sistema” o lo que un visionario de nombre Álvaro llamara “El régimen”.

Entre esas alianzas, y dada la coyuntura electoral del momento se juntaron el verde y el amarillo, dando como resultado un nombre: “Imelda”, que significa etimológicamente Fuerza y Poder (Erme-nilda).  Lo recibí con respeto, alegría y el orgullo propio de ser Mujer, pero que lejos estaba de imaginar todo lo que acatar una directriz conllevaría, en especial ese duro despertar, de poder ver y verme en medio de una tormenta de intereses que lo más lejano que tenía era la búsqueda del bien general sobre el particular.

Encontrarme con Imelda en la arena política fue el equivalente a entrar en un volcán en actividad, descubrir en carne propia el encuentro y posterior erupción de lo que históricamente se ha creído es la derecha, la izquierda y los radicalismos de ambos lados (ultra). Impactante experimentar con todos los sentidos la profundidad que albergan seres que profesan ser de un lado y en la práctica estar en uno de los otros lados.

Todo un carnaval de máscaras y mascaradas que cual desfile dejaba ver a aquellos que conozco como cercanos, amigos y familiares en comparsas de derecha, ultraderecha e izquierda. Cuando quise mirar mi propia comparsa que danza con los pases del Centro (El Corazón) me hallaba junto a un puñado reducido a tres personas más de mi partido (Lourdes, Fernando y Salomón), quienes decididos a apoyar la candidatura de Imelda a la Gobernación del Cesar danzábamos sabiendo que había más de una danza de garabato azuzando con “ganchuas” nuestras almas.  Hubo momentos en que lloré de impotencia frente a Imelda, la turbulencia de situaciones vividas en esa comparsa que más parecía un vagón en montaña rusa contrastaba con la mirada serena y tierna de Imelda que con su grave voz me exhortaba y animaba a seguir así el mundo pareciera venirse encima.

Aquel desfile democrático cual obra teatral bajó el telón un 25 de octubre de 2015 y nuestros esfuerzos fueron cuantificados por aquel software especializado: Imelda obtuvo un poco menos de 7000 y yo un poco menos de 2000, una avasallante derrota cuántica que literalmente pareciera sofocar los sueños bajo tierra. Pero la magia de toda esta historia es que lo que enterraron fueron semillas.  La semilla de voz mezzosoprano cual sembradora recorre cada palmo de esa tierra a la que todos llamamos “Colombia Tierra Querida, Himno de fe y alegría”, de su voz salen como disparos semillas cargadas de contenido profundo y grande, en especial traen en su interior el germen de paz que parecieran una invitación a cantar.

En aquella tierra de indias la danza del garabato se hizo presente y con una temeraria “ganchua” quiso apagar su voz y la de otros seres. Lo que no saben los garabatos títeres y aquellos que se esconden tras las máscaras y mascaradas es que entre más lo intenten más avivaran la comparsa, esa comparsa que movida por el germen que encierra aquella voz grave es un coro que dice: “Cantemos, cantemos todos gritos de paz y alegría. Vivemos, siempre vivemos a nuestra patria querida. Su suelo es una oración y es un canto de la vida.”

Larga vida para ti y los tuyos Imelda querida, no podía dejar pasar esta ocasión para decirte que Yo soy como tú, eres semilla, pero también tierra, eres esa Pachamama que recuerda que hay semilla, germen y la promesa de abundante fruto así parezca sequía.  Feliz día de la Madre (Tierra).

 

Yarime Lobo Baute

@YarimeLobo

 

Obras son amores
Yarime Lobo Baute

Soy la que soy: Mujer, Artista desde mi esencia, Arquitecta de profesión, Fotógrafa aficionada, Escritora desde el corazón y Emprendedora por convicción. Una convencida de que la OBRA está más allá de los cementos, son cimientos que se estructuran desde el SER, se traducen en el HACER y traen como consecuencia un mejor TENER.

Las OBRAS son esos AMORES intangibles y tangibles que están por encima de las mil y una razones.

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