Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Hans Joachim Naeder Hadameck

La estampa rubia y forastera en medio de las montañas de la Sierra Nevada no pasa inadvertida. Y si abre su boca y deja escuchar su castellano fluido, matizado  con  expresiones  tan  castizas  como  “pegarse  unos  chirrinchazos”, “estar encoñao” y “arreglar las vainas a las trompadas” llama aún más la atención.

Habita en un extremo de Pueblo Bello, Cesar, en una casa sin lujos, ya que éstos no hacen parte de sus prioridades para vivir. Él prefiere una existencia en calma, levantarse todas las mañanas y ver que en frente suyo permanecen los cerros que tantas veces recorrió en su juventud.

Es un alemán que no conoce a Alemania, al que no le caen bien los Nazis, aunque un tío suyo fue uno de ellos. “Algunos alemanes son unos desgraciados”, opina.

“No me interesa conocer a Alemania”, dice, sentado en un sillón de la sala de su infancia, convertido hace ya varias tardes en un escenario de recuerdos, donde relató detalles de la leyenda que es su vida, de por qué un hombre que se llama Hans Joachim Naeder Hadameck puede decir sin mentir: “Soy colombiano, nací hace 88 años en Barranquilla, me bautizaron  en  Villanueva y he  vivido desde niño en Pueblo Bello”.

Era el final de la primera Guerra Mundial. Decenas de alemanes emigraron de su país huyendo a la barbarie que tocó todos los rincones germanos, incluso la región de Bavaria, patria chica de Otto Naeder (padre de Hans), quien tomó a su familia y emprendió una peregrinación que terminó en Pueblo Bello en el año  1920.  Era  una  región  agreste,  entonces  los  Naeder  se  fueron  a Barranquilla, donde nació Hans, de  alemanes puros, que  comenzaron  una nueva vida en Colombia. Otto se vinculó a importantes compañías y la familia se adaptó a las costumbres costeñas, sembrando en los hijos la tradición de hacer salchichón, vino, paté, jamón de cerdo y otros manjares propios de su país, mezclados con guineo, yuca y plátano serrano. “Ahora extraño esas comidas”, evoca Hans.

Fueron muchachos diferentes a sus paisanos: Altos, con marcadas ondulaciones rubias y ojos azules, atractivos para las chicas y rechazados por los jovencitos a los que les quitaban las novias. “La realización no fue completa debido a que el Gobierno colombiano le impidió pasar de tercero de primaria “porque decían que todos los alemanes que llegaban al país eran Nazis”, dijo.

“Esta casita la construyó mi padre, una casita de bahareque”. Cuando las usanzas barranquilleras estaban metidas en las entrañas de los alemanes, estalló de segunda guerra mundial (1939) y los extranjeros tuvieron que alejarse de las costas, por orden del Gobierno, porque Colombia se había unido a Estados Unidos en contra de Alemania y se decía entonces que los de ese país que estaban  en  éste,  eran  espías.  “Trajeron  a  seis  u  ocho  policías  para  que cuidaran a ocho familias en Pueblo Bello. Nos encarcelaron aquí”, relata.

Los tiempos de tormenta menguaron y los alemanes se volvieron parte del entorno. “Mi padre era un hombre muy viajero; estuvo en África y contrajo una enfermedad contagiosa. Fue sepultado en el cementerio de Pueblo Bello, pero la tumba no sé dónde está; creo que hicieron otra encima”. Tantos recuerdos del pasado lo ponen nostálgico.

Tiene un álbum de fotografías que. dan testimonio de sus travesías juveniles de varios días por las montañas de la Sierra Nevada, como guía turístico de otros foráneos que llegaban a esa región del país; a ellos les enseñó cada cerro, los llevó a las kankuruas indígenas y les dio a comer animales de monte cazados por él mismo.

Fueron “tiempos de refrigerio‟ porque podía hablar su lengua con los alemanes que venían de paseo. La gente, aunque no les entendía ni media palabra, se quedaba embelesada mirándolos como si se tratara de un espectáculo.

Desde los 20 años se dedicó a los trabajos del campo y se convirtió en el labriego de ojos azules que además sabía el arte de la reparación de motores de carros, trapiches y electrodomésticos. También reparaba las escopetas de los cazadores.

Si algo amañaba a Hans era la tranquilidad que podía disfrutar. Se consiguió una compañera guajira y tuvo descendencia, cuya fisionomía da cuenta de una mixtura racial.

Con el surgimiento de los cultivos ilícitos, volvieron las épocas terribles, según Hans, a quien sus padres le habían inculcado el amor por la naturaleza; por eso sufre cada vez que ve los bosques talados y el medio ambiente más desprotegido que antes. Por cuestiones del conflicto armado, no pudo volver a reparar las escopetas de los cazadores, pero “hay que seguir viviendo”.

Hans es el último alemán que queda en la Sierra Nevada y allá permanecerá, según lo que afirma, a no ser que un día decida cumplir su sueño de montarse en una motocicleta y conducirla hasta llegar a las selvas amazónicas. “Ya estoy muy viejo para eso”, dice pensativo, sin descartar del todo la idea”.

Su primera esposa murió hace cinco años y sus hijos están organizados en sus hogares propios. “Ahora vivo con una pelaita (Ella tiene unos 40 años); yo la conocí recién nacida, ahora ella me tiene pechichón”. Se sonríe y frente a su compañera cuenta detalles de aquella noche en la que ella le aceptó ‘el cuadre’: ella andaba con una hija mía y yo la veía que era una mujer sola; entonces nos pegamos unos chirrinchazos y después nos sentamos en un pretil… Ahí nació el amor”.

Con ella vive en el barrio ‘La Invasión’, en un extremo del pueblo, desde donde todas las mañanas observa de lejos los picos que recorrió en su época de muchacho, cuando había más nieve y más cuencas hidrográficas; allá donde alguna vez tuvo un encuentro romántico con una india a la que le hizo un hijo que hoy no existe.

Esa es la vida de Hans Naeder, uno de los más de 11800 alemanes que hoy habitan en el país; la mayor parte de ellos, descendientes de los inmigrantes que salieron de su país huyéndole a las guerras y que se ganaron un espacio propio no sólo en lo geográfico, sino en el corazón y gratitud de los colombianos.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

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