Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Las leyendas de Francisco El Hombre y Florentino

 

El llanero era catire (mono), esbelto y muy serio; el costeño, mulato, simpático y dicharachero. El primero era dócil, pragmático y organizado; él segundo, descomplicado, parrandero y bohemio. Florentino, producto de la ficción; Francisco El Hombre, mitificado, pero de carne y hueso.

En la época en que vivieron tuvieron un temple de supervivencia en común: batirse a duelo con el diablo y vencerlo con algunos recursos y mañas caribeñas. Por supuesto, que todo esto  en el escenario musical.

Y es que como sabemos, el Diablo, entre sus incontables hazañas, le encanta entrometerse en el feudo de muchas culturas con el propósito de socavar la creación del artista. Pero se encontró en su momento con el “Catire” Florentino y Francisco el Hombre, portentosos emisarios de sus castas; quienes ungidos por el hechizo,  malicia y picardía que brota del folclor Llanero y Vallenato, le recordaron a Don Sata que para la cultura popular, en la lucha entre el bueno yel malo, este último siempre sale perdiendo.           

Duelo de cuatro y acordeón

Llegado el día de la gran contienda, el Catire Florentino, tan buen  jinete como verseador, se apertrechó  su cuatro en el pecho -instrumento emblemático venezolano de cuatro cuerdas-, no sin antes percatarse que tenía delante de él un rival de cuidado y recursivo, por lo que tuvo que ingeniarse para sacar de su memoria todos los manuales conocidos del Contrapunteo (en el lenguaje vallenato se llama Piqueria) y con ello lograr que ese “enfrentamiento” que se había dado en plena llanura venezolana, se extendiera en el tiempo.

Logró su objetivo. Con la llegada de los primeros rayos de claridad que anunciaban un nuevo día –fenómeno natural solo nocivo para el Diablo- , fue suficiente para que a éste se diera a la retirada de aquel “match” musical que había comenzado en la media noche.

Francisco el Hombre,  por su parte, había apostado su destartalado acordeón por uno de oro que cargaba su contrincante, el diablo,  dentro de la refriega que se había suscitado, de quien tocaba más. Francisco el Hombre, en las primeras de cambio, sintió en su cuerpo un embrujo sobrenatural de las notas que brotaban del acordeón del diablo, que lo fueron arrastrando montaña adentro en aquel inhóspito lugar de la Guajira colombiana. Aturdido en medio de aquel trance, sacó una receta infalible de sus antepasados: cantarle el Credo al revés. Es decir, de atrás para adelante. El Diablo otra vez se sintió derrotado y  tuvo que “arrugarse” con su acordeón para otro destino.

Casi todo el mundo en Venezuela sabe que el Catire Florentino es un personaje extraído del famoso poema de corte épico, “Florentino y el Diablo”, del laureado poeta barinés, Alberto Arvelo Torrealba. Pero esta obra bastó para que su protagonista se convirtiera en un símbolo tradicional de la cultura llanera venezolana, tan común y amalgamada en identidad a la colombiana.

Y para los amantes del Vallenato, a Francisco el Hombre lo tuvimos en cuerpo y alma sobre la tierra, con el nombre de Francisco Moscote Guerra por predios de la Guajira. Su apelativo de El Hombre le viene por que se jactaba a toda hora que él era el único hombre que podía derrotar al diablo en un duelo de acordeones. Ese renombrado encuentro con el diablo, y la fama de que vivió casi 130 años, estamos claros, que hacen parte de los nutrientes que alimentaron la leyenda que se tejió en su entorno. Pero en la realidad, la historia justiciera es consciente de su inmenso aporte juglaresco a la música vallenata, por lo que en la actualidad su nombre es reivindicado a su máxima expresión.

Alguien dijo que el mejor atuendo con que se viste el folclor es la leyenda. El melómano común de Venezuela y Colombia no están para discutir ni desgastar sus creencias apasionadas para demostrar si estos personajes que se entronizaron en el alma del pueblo, son reales o fantásticos.

Lo que si están seguros es, que por el valor cultural que representan y por el ingenio misterioso con que se atrevieron a defender el arte de sus reductos, se convirtieron en unos verdaderos íconos de la cultura popular de dos naciones hermanadas por el folclor. Hoy son  dos piezas inmortales de dos géneros musicales, que podrán tener diferencias de formas, pero que van trotando  por el mundo con las mismas extremidades.

 

Alfonso Osorio Simahán 

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