Viernes, 24 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Esa mañana, después de nueve meses de verano, llovió. Ni siquiera la furia con la que el aguacero golpeó las tejas pudo sacar a mi papá de su abatimiento. Él, como el país, iba en caída libre. La mayoría de instituciones estaban en paro y la economía iba en picada gracias a los apagones causados por las sequías. Desde hacía varios meses todas las ciudades se apagaban a las cuatro de la tarde y volvían a encenderse a las diez de la noche. Naturalmente aumentó la inseguridad. Las Fuerzas Armadas no podían o no querían controlar los desmanes. El gobierno hacía aguas por todas partes.

Los hombres golpearon cuando aún corría agua por las calles. Eran seis. Entre ellos estaban Guillermo Barreto y sus dos hijos. Cuchichearon en la puerta durante un buen rato. Mi papá negaba con la cabeza hasta que al final, quizás llevado por la presión de los hombres, asintió tenuemente. Un hombre con corte militar le golpeó el hombro y luego lo apretó cariñosamente. Mi papá me miró a los ojos y luego se fue detrás de los hombres que caminaron en fila.

Minutos después llegó el apagón.

A las siete de la noche mi mamá lavaba la loza presintiendo lo peor. Llevaba meses quebrándose por dentro, hundiéndose en fangales intransitables, en abismos de los que no quería salir. Una hora de espera la empujó a salir. No podía pasar dos horas en ese estado. Salimos con una linterna y con el cuchillo de la cocina.

A doce cuadras empezamos a encontrar tiendas y cantinas saqueadas. No fue difícil seguir el rastro de destrucción que crecía a medida que avanzábamos. En el Barrio Europa despedazaron tres parques para abastecerse de tubos y de latas que les servirían de cuchillos. En Normandía, llevados por la inercia de la devastación, arrancaron los semáforos de sus bases, asesinaron policías, incendiaron patrullas.

Un celador le decía a todo el que pasaba a su lado, que pandillas de todas las latitudes marchaban hacia el centro sin que se las fuerzas del orden se opusieran a su avance.

En la calle 63 nos apretujamos en torno a un radio de pilas en el que afirmaban que había estallado la rebelión. Incendios, saqueos, tiroteos esparcidos por una ciudad en tinieblas.

Minutos después llegó la luz.

Caminamos por la Avenida 68 en busca de la 26. Había vehículos volteados, buses incendiados, destrucción por donde quiera que se mirara. Las personas se aglomeraban pidiendo el arribo de las Fuerzas Armadas.

Pero no llegaban.

Adelante encontramos un grupo de civiles que se opuso al avance de los hombres. Había decenas de heridos. Mi mamá buscó a mi papá. Pero no estaba.

A la altura de Cementerio Central escuchamos detonaciones y miles de voces que se enroscaron en un rugido ensordecedor. Llevado por la curiosidad, arrastré a mi mamá hacia el lugar de la explosión. Ella se oponía asustada. Me gritaba y no me soltaba de la mano. Supongo que la valentía provenía de la irresponsabilidad de mis doce años. A esa edad no se tiene consciencia del peligro ni del concepto de perder la vida. Todo es infinito, todo es inmortal.

No pudimos avanzar más allá de los locales que nacieron en las paredes del cementerio. Allí llegaban enjambres de heridos arrastrados por otros heridos. Mi mamá no dejaba de buscar a mi papá y yo no dejaba de llorar. Sólo en ese momento entendí que él podía estar muerto.

—Debemos seguir, debemos seguir —repetía mi mamá.

En ese momento supe que algo dentro de ella se había quebrado definitivamente. Su mirada se fue enredando en cada herido hasta quedar vacía.

Nos internamos por la calle 29. Nos arrastramos en los callejones de la carrera 20 para que no nos alcanzaran las balas. Mi mamá ya no buscaba a mi papá entre los hombres que se retorcían en la oscuridad. Sólo se dejaba llevar por mi mano como si fuera un animal domestico. Varias veces se acostó en medio de la calle, como si renunciara a vivir. Tenía que jalarla con todas mis fuerzas para que se levantara y continuara avanzando. Al final se desmayó frente a un burdel en el Barrio Santafé. Yo lloraba y gritaba sobre su cuerpo. Le pedía que no se dejara morir ahí, en mitad de la calle. Que no me dejara solo en ese infierno. Afortunadamente un grupo de prostitutas me ayudó a llevarla hasta una casa. Allí nos quedamos en un cuartucho que quedaba debajo de las escaleras. Al siguiente día las mujeres nos ofrecieron comida y posada.

Lamentablemente, mi mamá no regresó. Murió meses después.

De mi papá nada se supo. Años después me enteré que Guillermo Barreto estuvo en el grupo que saqueó la Casa Presidencial. Él, y todos los que lo acompañaban, murieron en el incendio provocado por las bombas que lanzó el ejército para quemarlos a ellos y a la democracia.

Los militares aseguran que los insurgentes asesinaron al presidente. Los sobrevivientes dicen lo contrario: que fueron los militares quienes asesinaron al presidente. Sin importar quién apretó el gatillo, se formó una Junta Militar que, según dijeron en la alocución, gobernaría hasta que se restableciera el orden en la República. Cerraron el Congreso, las Cortes y decretaron el toque de queda a partir de las cinco de la tarde.

Hoy se cumplen veinte años de aquella noche que aún no termina. El toque de queda sigue vigente. No existe Congreso ni Cortes. Sólo existe la ley de los militares, que es como si se dijera que sólo existe la ley del temor y la muerte. La economía se fracturó al punto que sólo tienen sueldo los militares de alto rango. Ni siquiera tienen salario los soldados o suboficiales. Ellos trabajan como trabajan todos los profesionales: por prestación de servicios. Ya imaginará cómo es la situación de quienes no tienen profesión ni oficio. Mendigan por las calles, viven bajo puentes en los que son asesinados por comandos de la llamada limpieza social.

Curiosamente, los únicos beneficiados hemos sido quienes ofrecemos servicios sexuales. Quién ve a esos hombres que se vanaglorian de haber salvado al país de los terroristas, que se jactan de decir que son machos entre los machos, no son más que un grupo de florecitas que se derriten por adolescentes malcriados. Acá los he visto llorar más de una vez por esos muchachitos de veinte años que tienen la fortuna de conocer el alcance de sus cuerpos. Algunos, como ese rubio que ve allá, se dan el lujo de decir que dirigen el país desde la cama. ¡Y lo hacen! Ya sabe: el poder detrás del poder.

 

Diego Niño

@Diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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