Domingo, 26 de feb de 2017
Valledupar, Colombia.

Los pueblos del río y de la ciénaga de La Zapatosa en el departamento del Cesar, desde siempre practicaron una danza hipnótica llamada tambora, expresión dancística reconocida como «baile cantao», habida cuenta que combina el canto y el baile en su quehacer, esta manifestación cultural se practica desde tiempos inmemoriales, no solo en los pueblos del Cesar, sino que es práctica extendida en toda la ribera de la llamada «depresión momposina», se ejecuta con el instrumento llamado tambora (hembra) y el currulao (macho), el canto se acompaña con las palmas y es respondido por un estribillo.

La tambora es la insignia cultural de todos estos pueblos del sur y centro del Cesar, Sur del Magdalena, sur de Bolívar y las colonias de «rianos» (hombres del río Grande de la Magdalena) la han introducido en Barrancabermeja, Puerto Wilches, Cantagallo y otros pueblos distantes. Hoy por hoy, podemos decir que la tambora se ha revitalizado y ha tomado un nuevo aire impulsada por los pequeños festivales que se realizan en todos los municipios de su zona de influencia.

No todo el tiempo fue así, la tambora fue la reina de la fiesta en los pueblos de Bolívar, Magdalena y Cesar, y se extendía mucho más allá de Valledupar, tocando pueblos de la Guajira y llegando a Santa Marta misma, su pervivencia fue debilitada por los nuevos aires que con fuerza penetraron en su época a través de las bandas de viento, las rocolas, los pick up y el cine mexicano, nuevas manifestaciones culturales extrañas que vinieron de fuera y deslumbraron el sentir de los pobladores de estos parajes, arrinconando la tambora y extinguiéndola en la mayor parte de este territorio.

En el año 1978 en Tamalameque un grupo de jóvenes (Luis Gonzaga Vides Peña, Edgar Guerra Noriega, Cristian Aguilar, Eccehomo Valle, Diógenes Pino y otros muchos) impulsaron la realización del primer Festival de la Tambora y la Guacherna, pocos años después en San Martín de Loba el profesor Mier y otros hicieron lo mismo. Hubo un renacer de nuestra cultura «riana» y en cada uno de los pueblos de «la depresión momposina» se despertó el sentir por esta manifestación cultural y las nuevas generaciones conocieron y fueron impactados por su propia cultura.

Este fenómeno cultural de rescate, difusión y resignificación de lo nuestro, atrajo a estudiosos de la cultura y a nuestros pueblos llegaron, antropólogos, sociólogos, periodistas, coreógrafos, estudiosos del arte y la cultura y comenzaron la documentación de este fenómeno cultural que renacía con luz propia, llegó audiovisuales a hacer su documental, llegaron las universidades y con ellos trajeron  muchas personas dedicadas a la danza y a la investigación, entre ellos el profesor Acosta (coreógrafo de la Tecnológica del Magdalena), Nicolas Maestre (coreógrafo de la UIS), Ipsen Días, Simón Martínez, Silvio Daza, Carlos Guevara y en el plano local se vinculó Hernán Mieles, Aristides Martínez y muchos otros que hicieron posible que la tambora reviviera.

Hubo un momento en que en el Departamento del Cesar se cernió como amenaza real contra nuestra cultura la llamada Ley Consuelo Araujonoguera que estatuía la catedra «obligatoria» en todas las escuelas y colegios oficiales del departamento y entonces salieron en defensa de lo nuestro unos estudiantes de derecho, entre ellos Diógenes Armando Pino Sanjur, Eguis Palma y Edelmira Martínez que demandaron ante la Corte Constitucional el «articulito» de la obligatoriedad y lograron tumbarlo.

Hace algunos meses, Marcos Montaño Rodríguez, un joven oriundo del municipio de La Gloria, estudiante de derecho de la Universidad Popular del Cesar, impulsa la idea de que todos los concejos municipales de los pueblos que practican la tambora, la declaren «patrimonio cultural» de esos municipios y a través de los trabajadores de la cultura y amantes de este «baile cantao» les hace llegar a los ediles un modelo de acuerdo para tal fin. Tras enorme esfuerzo de convencimiento y paciencia los trabajadores de la cultura logran que el concejo de Gamarra, La Gloria, El Paso, Chimichagua y Tamalameque en el Cesar lo aprueben.

Falta por cumplir su cometido algunos otros municipios que todavía debaten si la tambora hace parte de su cultura o es la música de acordeón. En tanto los pueblos del sur de Bolívar hacen lo propio aprobando esta iniciativa. El segundo paso será lograr que las asambleas Departamentales aprueben una Ordenanza del mismo tenor, para dar el tercer paso y llegar al Congreso de la República a buscar la aprobación por Ley y así argumentar ante la UNESCO y pedir la declaratoria de «Patrimonio cultural de la humanidad».  Dios permita que se cumpla este cometido.

 

Diógenes Armando Pino Ávila 

@Tagoto 

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