Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Portada del libro 40 años haciendo historia, de Romualdo Brito

Los ha engendrado durante cuarenta años en los que ha estado recorriendo el mundo, desde su natal Treinta, en las entrañas de La Guajira, hasta más allá de las fronteras, dejándose preñar de vivencias propias y de cercanos, de amores, paisajes, cuentos e inconformidades, para luego parir sus hijos, que una vez ven la luz del mundo, pasan a ser una propiedad colectiva, pertenencia de un universo inmenso de personas que han seguido sus pasos.

“Mis hijos musicales son mis canciones. Ahí es donde me refugio cada vez que tengo cualquier alegría, cualquier gloria, cualquier tristeza”, expresa él, el feliz padre de 1499 canciones grabadas y publicadas: Romualdo Brito López, quien -de paso- ni es Brito ni es López, pero por aquel libre albedrío de sus abuelos, terminó llevando apellidos que si bien se encuentran en árbol genealógico de su progenie, no son los que por regla social le correspondían.

“Para que se dé cuenta que mis verdaderos apellidos no son ni Brito ni López. Los viejos de uno antes se ponían el apellido que se les antojaba, fuera el del padre, la madre, el abuelo, en fin, pero siempre dentro de lo que es la parte generacional. Mi mamá, por ejemplo, era Pérez Martínez López Ospino; de esos cuatro apellidos escogió López, que era el de la mamá de ella, que también se había cambiado el apellido, porque debió ser Martínez. Mi papá también se echó el apellido de la mamá, mi abuelo paterno era Luis Guillermo Díaz, yo debía haber sido Díaz Martínez o en el peor de los casos, Díaz Pérez”.

Es una historia común de apellidos mezclados que se replica en muchas familias de la región y, por supuesto, en sus parientes lejanos y cercanos, entre los que se cuentan otros protagonistas del folclor vallenato como sus tíos Leandro Díaz, Adaníez Díaz y Luis Enrique Martínez; sus primos Silvio Brito, Crispín Rodríguez, Freddy Carrillo, Osnaider Brito y Churo Díaz, sólo por mencionar algunos.

Su vida misma es un inventario de momentos y acontecimientos memorables, todos contenidos en su autobiografía llamada ‘Romualdo Brito, 40 años de vida artística’, una obra sazonada por él, con los mismos ingredientes que le agrega a sus canciones; que se ubican en los parajes del romanticismo y viajan sin prisa por diversas temáticas hasta lo jocoso, haciendo fructíferas estaciones en el costumbrismo, el despecho, la protesta social o política, cualquier vivencia suya o de alguien amigo o pariente que amerite una canción; o mejor mil quinientas canciones, pues la que redondea esta cifra, el merengue ‘Me gustan las mujeres’, saldrá en el próximo trabajo musical de Jorge Oñate.

“Yo creo las canciones de acuerdo con lo que veo. Yo no puedo ser indiferente a la problemática de La Guajira, a la realidad nacional, a alguna vivencia que le haya pasado a un hermano mío y uno crea que puede hacer una canción que sirva de reflexión para que a otro no le pase. O como para censurar públicamente la conducta de una persona y que no se cometan más ese tipo de errores”, explica el compositor/escritor, evidenciando en él la misión tácita que tienen los compositores, como comunicadores que son, de mostrar ejemplos para generar aprendizajes, ya sea para que la gente los emule o los tenga en el inventario de aquello que no es digno de ser replicado.

Reconoce que hubo momentos de su vida en los que “componía irresponsablemente esas canciones machistas o que ofendían la dignidad de la mujer”, pero “ya hoy en sí tengo más cuidado en hacer una canción y, cuando la hago, lo hago como una censura social, para que la gente abra el ojo y mire y no caiga en tantas ingenuidades”. Como también reconoce que ha hecho “canciones muy malas”, como La cuchilla, La yuca y la tajá (que describe como “terrible, fea”), o  El santo cachón (“que es un piazo ‘e canción y le gustó a todo el mundo”) que cuenta con cuarenta versiones grabadas.

Pero también fluyen por su río de inspiración obras pulcras y majestuosas como Lo más lindo del mundo y La enseñanza de mis viejos, que ubican a los padres en la cúspide de su afecto y su honra; canciones de amor como Devuélveme la vida, Amiga y mujer, Los amaneceres del valle, que son auténtica poesía enamorada; Yo soy el indio, Volvieron los gallinazos, Mi proclama, Se acaba mi pueblo y otras que traducen su inconformismo por la desidia y atropellos contra su guajira.

“Es un muchacho maravilloso”, decía de él su tío y gran juglar Leandro Díaz: “He rezado mucho por él, porque la primera canción me la hizo a mí. Yo sabía que ese muchacho, tarde o temprano, se volvería famoso como compositor porque era muy inquieto, le gustaba fregar la vida, cantar y jugar al trompo…”. Y así fue: Romualdo no sólo alcanzó la fama como compositor, sino que es el segundo con más obras grabadas, después de Calixto Ochoa.

Esas son historias que están contadas en su libro, que es el resultado de una rigurosa investigación que tardó tres años, en los que incluso encontró “cosas de mi vida que ni yo mismo sabía y que me emocionó saberlas a través del trabajo de campo que hicimos”. Y escribieron en total mil páginas, que por efectos editoriales debieron resumir a 306. Son en total diez capítulos dedicados a su infancia y adolescencia, sus raíces musicales, su segunda patria: Riohacha, su esencia y obra como compositor; a Chave: un motivo de inspiración y un sentimiento de amor, su tránsito de compositor a cantante, sus sentimientos de amor que se volvieron en canciones, su condición de amigo, su temporada como directivo de la Sociedad de Autores y Compositores (Sayco), para cerrar con Indira De la Cruz: su puesto seguro, su compañera hoy, su amor. 

Un capítulo especial de esta obra merece el prólogo, a cargo del investigador, ambientalista, historiador y compositor Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, quien asegura, al referirse a la tarea de hablar de la vida y las creaciones de Romualdo, que “si bien no es un objetivo fácil, debido a la versatilidad y fecundidad de este hombre como cultor de uno de los géneros de cantares terrígenos más connotados de Latinoamérica durante los últimos cincuenta años, resulta muy atractivo, dado el carácter paradigmático del gran Romualdo; sin duda, uno de los alumnos más destacados de la escuela de Rafael escalona y Francisco el Hombre”.

Es un prólogo lleno de historia y magia, que encuentra elementos en el siglo XVI para hacerlos encajar de manera perfecta en este compositor “que logró descollar en la segunda mitad del siglo XX y que se mantiene plenamente prolífico hoy, mientras avanza la segunda década del siglo XXI”. Relata el prologuista la historia del territorio en la época de la Conquista y al final dice con confesada complacencia: “Cuánto daría yo por demostrar, si me fuera posible documentalmente, que Treinta, la tierra del gran Romualdo, es la misma antigua Macoira, en donde según la crónica histórica, existió un templo Guanebucán con más de mil estatuas de madera de tamaño natural. Si me ocupara aquí de la literatura y no de la historia, me sería lícito decir, y lo haría con gran deleite, que cada una de aquellas mil estatuas de deidades que yacían en el indescriptible templo, hoy se convirtieron en cada una de las mil canciones de Romualdo Brito, y que Romualdo es el mismo cacique Marubare, rey de Macoira hace 500 años, que volvió para prodigar con sus cantos a su pueblo la misma felicidad poética que aquellas imágenes regalaban a nuestros ancestros guanebucanes”.

Y es que piensa Gutiérrez Hinojosa que “en Treinta han debido nacer cien Romualdos, pero la historia es caprichosa, nació sólo uno y a este le otorgó la facultad de componer todas las canciones que les correspondían a los demás”.

La obra contiene además la presentación escrita por el periodista y escritor Ismael Fernández, así como conceptos de reconocidos personajes como el exsenador Amilkar Acosta, los compositores Rafael Manjarrez, Rosendo Romero, Gustavo Gutiérrez, Beto Murgas y Sergio Moya Molina, entre otros, el periodista Juan Rincón Vanegas, el locutor Javier Fernández Maestre y otros.

Para celebrar estos cuarenta años de vida artística, Romualdo le apuesta de nuevo a hacer una producción, tras doce años de quietud en ese sentido. Se trata de un novedoso trabajo que fusiona la banda sabanera con la música vallenata, que se llamará La Banda vallenata de Romualdo Brito; “Sale como para dejar institucionalizado ese tipo de música, como un aporte a que si se pueden hacer fusiones a de música vallenata, pero interpretada con banda y acordeón, cogimos el bombo típico de la sabana, el redoblante y el platillo; del vallenato, el acordeón, la caja, la guacharaca el bajo y la guitarra”. En un trabajo que están haciendo con la voz de Romualdo y con las orquestas de Carlos Vives y Totó la Mompoxina. Será un videconcierto que estará disponible en las plataformas digitales en el mes de octubre para que quien así lo desee pueda descargarlo completamente gratis.

Esta misma banda, ya con más cantantes, estará presente en el gran homenaje de los cuarenta años de vida artística de este compositor y ahora escritor, cuyo sueño es “regalarle unas dos mil obras de mi autoría al público”.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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