Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

La custodia original (izqda), fotografiada por la periodista María Ruth Mosquera (2006) y a la derecha la custodia actual en la plaza de Badillo

El forastero regresó a Badillo, halado por el indescifrable encanto que encuentra en muchos pueblos del Caribe colombiano, como este, cuya historia le habla de épocas remotas, de caminos agrestes, de hazañas de conquista y emancipación de territorios, de tradiciones que se niegan a morir.

“¡Pero cómo ha cambiado este pueblo!”, se asombró en voz alta cuando llegó a la plaza principal y la halló vestida de modernidad, convertida en un centro cívico de frecuente congregación de los lugareños. Le contaron que había sido remodelada por el Gobernador jovencito de nombre Luis Alberto Monsalvo, quien había reemplazado con calzada las calles polvorientas que enmarcaban, había puesto andenes en adoquín y piedra lavada, y que también había mandado a construir una cancha multifuncional y luminarias que hacen ver más bonita la iglesia de noche; que la iglesia también la remodeló y que había mandado a construir una custodia gigante en la puerta de la iglesia, para que no se volviera a perder el elemento sagrado y emblemático en la historia del pueblo.

Agradeció la información con un gesto reverencial y silencioso. Subió unas escaleritas que lo situaron en el centro de la construcción de la plaza y giró lentamente con los ojos cerrados, como intentando recordar el lugar, como lo conoció hace ya una década. Entonces, revivió en su mente el episodio del pasado, cuando su vida trashumante lo llevó a ese lugar: “Y la custodia, al fin, ¿nunca apareció?”.

La pregunta interpretaba una rara añoranza por algo de lo que aquel personaje forastero sólo conocía en el relato cantado de Rafael Escalona sobre la pérdida de una pieza sagrada, en medio de una confusión que no dejaba en muy buena posición al entonces cura del pueblo.

“Uhmm” -respondió encogiéndose de hombros una matrona que con su gesto le dio a entender al joven que no sabía y si sabía no le interesaba remover recuerdos de acontecimientos que lastimaron la moral del pueblo y por eso estaban enterrados hacía más de medio siglo.

“¿Y no te sabei el canto?; si tú mismo lo estai cantando”, le dijo antes de sumergirse de nuevo en su costura.

Permaneció en silencio, sentado en la colonial plaza del pueblo, donde advirtió, estacionada justo a su lado, una súplica misteriosa que le rogaba dejar el pasado en su lugar.

Sin más palabras, se despidió ondeando su mano al aire y, cantando un fragmento de la legendaria obra musical, se dirigió al vehículo que lo alejó de la histórica región de Badillo. 

Se la llevaron, se la llevaron, se la llevaron, ya se perdió. Lo que pasa es que la tiene un ratero honrado. Lo que ocurre es que un honrado se la robó”.

“¿Qué pasaría con esa custodia?”, se preguntaba con la firme intención de indagar por ella cuando llegara a Valledupar, donde no encontró ningún indicio, pero antes de regresar frustrado a Medellín, transmutó su curiosidad a una periodista que asumió el encargo de averiguar por el paradero de la célebremente robada reliquia colonial.

Autoridades del pueblo le explicaron a la comunicadora que la pieza religiosa estaba ahí en el pueblo, lo que no supieron decirle fue en qué lugar podía encontrarla.

Con parlantes recorrieron cada calle preguntando: “¿Quién tiene la custodia de Badillo o quien sabe su paradero?”, pero las gentes hacían silencio; algunos mayores prefirieron alejarse de las puertas y ventanas y ‘no escuchar’ la pregunta.

Inconforme, la periodista abortó la misión y abordó el carro de regreso en la misma plaza de Badillo, testigo de todo lo ocurrido en la década de los cincuenta: de la historia real del cáliz –y no la custodia- extraviado, de la persecución del pueblo que quiso linchar al fraile que sacó el vaso sagrado de su lugar y también del sitio donde hoy permanece aquel tesoro, más custodiado que hace más de medio siglo, cuando reposaba en un baúl en la casa de Gregorio Díaz, patriarca que ya no está en este mundo.

Así es. La custodia de Badillo no está perdida. Nunca lo estuvo. Y permanece intacta en una ancestral vivienda del corregimiento de Badillo, celosa y secretamente guardada, tanto que las nuevas generaciones no la conocen y muchos han optado por creer que la mención que de ella hizo Rafael Escalona en su canto no es más que una leyenda del compositor que, buscando arremuescos simpáticos para hacer más relevante su obra, pues habló de custodia, cuando lo que la tradición oral fermenta es el relato de la pérdida del cáliz y que además, para darle más fuerza a su composición, la enriqueció con un cuento conocido por todos los lugareños que hace referencia al préstamo sin permiso que hizo Enrique Maya de un santo al que puso a aguantar sol en su finca para que le obrara el milagro de la lluvia. Cuentan que le llovió y que a Maya lo pusieron preso, no por ladrón sino por sacrílego.

A través de la historia se ha creado un misterio alrededor de la custodia en mención, al punto que se llegó a pensar que se trataba de un cuento repleto de ficción, de algo que realmente nunca existió y que no se podía perder lo que nunca había existido y mucho menos encontrar lo que nunca se había perdido.

“Esa custodia como que la tiene una señora en Valledupar”, dijo inseguro un badillero. “Está en la Iglesia La Concepción”, aseguró otro, pero hace unos años, Pablo Salas Anteliz, siendo párroco de dicha iglesia, dijo no conocer la pieza religiosa; “Yo creo que realmente eso es más bien un mito”, acotó.

Entonces la búsqueda se trasladó a donde el padre Armando Becerra, conocedor de las historias y vericuetos de la vieja Provincia de Padilla y consciente del manto de duda que el canto tendió sobre la honradez de los sacerdotes, difundida no solo en parrandas, escenarios del mundo, estaciones radiales y otros sitios donde suenan vallenatos, sino en 51 mil 400 sitios de Internet que hacen referencia del histórico relato. El sacerdote contó su versión de los hechos, aclarando que la custodia nunca estuvo perdida.

Ay compadre ‘Colas Guerra cuando tenga fiesta, ombe que abra bien los ojos para vigilar, con una 45 en la puerta ‘e la Iglesia, todo el que tenga sotana no lo deje entrar. Y al terminar la misa que se pongan del cura pa’ abajo a requisar”.

El cura en cuestión, fraile capuchino Lorenzo de Algoraya, después que pasó lo que pasó, salió del pueblo, acosado por los coros que hacía la muchachada cada vez que lo veían pasar…  Y nunca regresó.

El padre Algoraya llegó a Badillo a finales de los años 50 para celebrar la eucaristía y pidió que le entregaran los ornamentos sagrados que no permanecían en la iglesia; hecho entendible, dado que desde la época de la colonia, la entonces aldea no había vuelto a tener cura y muy de vez en cuando se aparecía uno a recordarle a la gente - de viva voz - que Dios existía.

Gregorio ‘Goyo’ Díaz los entregó al cura y él se asombró del estado en que los encontró. “¿Y en este cáliz todo mohíno celebran los sacerdotes que han venido acá?”. Los oficios religiosos se hicieron, pero una vez terminados, el mismo cura se encargó de enviar la pieza a una orfebrería en Bogotá, de confianza del Clero, a donde enviaban a restaurar los vasos sagrados de las parroquias de Popayán, Tunja y Santa fe de Antioquia, que son de época colonial.

Algo ocurrió al momento de empacar el cáliz de regreso a su destino porque el que llegó a Badillo no fue el mismo que salió del pueblo. -“¡Éste no es el cáliz de aquí!”, dijo exaltado ‘Goyo’ Díaz”. -“Pues mira: de Roma viene lo que a Roma va; eso mandé yo a Bogotá”, explicó el cura, poniendo punto final a la conversación.

El pueblo puso el grito en el cielo y se sublevó. Un camionado de almas viajó a Valledupar a reclamarle a monseñor Vicente Roig Villalba, español también, quien pidió explicaciones al padre Algoraya. “No lo sé monseñor. Ese es el cáliz. No pudo extraviarse”, insistía él.

El desenlace de la historia tiene dos versiones. El cáliz -que equivocadamente había sido enviado a Popayán y el de allá, para acá- regresó a su lugar luego de un intercambio de correspondencia y las disculpas de rigor, narró el padre Becerra, pero ancianos del pueblo, entre ellos Ana Zoraida Díaz, sobrina de Gregorio y tenedora por muchos años de la custodia, aseguró en vida que el vaso sagrado nunca fue devuelto.

Por años duró la ofensa del pueblo con el Clero; resentimiento que aún reposa en los corazones de los más entrados en años que se han encargado de transmitir genéticamente esa desconfianza. El fenómeno extraño –a juicio de muchos- está en que pasó el tiempo y nadie reclamó el cáliz y nadie se tomó el trabajo de aclarar que la custodia no estaba perdida, al punto que muchas personas terminaron convenciéndose que se trataba de la misma cosa.

El Clero, por supuesto, se declaró libre de culpas y pese a que la obra musical lo puso en entredicho y por los meses subsiguientes era prohibido cantar la canción en voz alta en Badillo, las relaciones con el autor fueron siempre las mejores.

En todo caso, lo que se extravió fue el cáliz y en ese episodio de la historia de Badillo, la custodia no tuvo ningún papel protagónico, puesto que solo recibió como coletazos de aquello, que a partir de ese momento se guardara más celosamente que hasta entonces.

“Si uno lee atentamente la letra y hace un ligero análisis histórico crítico al relato de la canción, se da cuenta que el maestro Escalona supone que hubo otra acción delictiva porque empieza con custodia y termina hablando de cáliz… Él es maravilloso cuando se trata de mujeres, de cantos, de amigos -es un estupendo amigo- pero lo que él no sabe es de liturgias ni de cuestiones de iglesia. Yo creo que él va a la iglesia cuando se le muere un amigo”, acotó entonces el padre Becerra y agregó que en el canto: “describe la custodia: ‘era una custodia linda, muy grande y pesada’, que realmente no era ni grande, ni linda, ni pesada, pero sí de fabricación colonial”.

Veintisiete años después de estos acontecimientos, el padre Becerra fue enviado a Badillo a celebrar la eucaristía del Jueves Santo. Ese día le presentaron la custodia. “Yo hasta ese momento creía que era verdad lo de la custodia y que esa sería un reemplazo de la custodia, pero conocer la verdad fue una sorpresa para mí. Era un hecho histórico. Hasta me indignó un poco y dije: pero Rafa como es que se pone en estas cosas”.

Desde entonces el padre Becerra quiso sacar a la luz pública la verdad sobre la custodia que nunca se perdió, sin lograr respaldo suficiente; además para que la pieza pasara a cuidados del Clero que es, en últimas, el administrador de los bienes de la iglesia. El misterio que rodea la custodia se fundamenta en el valor de la misma por ser de época colonial.

“Mijita, te voy a dar un consejo, más como amigo que como sacerdote: Mucho cuidado porque en Bogotá hay muchos anticuarios, mucha gente que anda tras esas cosas y las repagan; de Europa pueden venir y te matan por robarte la custodia”, asustó en una ocasión el padre Becerra a Ana Zoraida, quien desde ese momento hizo el traspaso de la salvaguardia del ornamento sagrado y guardó en secreto el nombre de su guardián, sigilo que se transmitido de guardián a guardián, de modo que no se había podido demostrar la existencia de la custodia, hasta que una periodista pudo fotografiarla, en un momento muy fugaz, después de lograr que un familiar de las guardianas la llevara en un carro que recorrió las calles del pueblo como buscando la salida de un laberinto o confundir el camino para mantener en secreto el lugar.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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