Jueves, 30 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Esta semana que termina el sábado 18 de junio, no fue la mejor, al menos en la ciudad de Valledupar, el lugar que amo y donde están mis mejores recuerdos, amores y amigos -que a propósito los quiero siempre doble de lo que dicen quererme-. También viven aquí las mujeres, que, al decir de Diomedes Díaz, se llevaron mi vida sentimental.

Fue una semana de lágrimas, decisiones, preocupaciones y esperanzas. Inició con el llanto de la ingeniera Mardelia Padilla, rectora de la universidad donde terminé comunicación social y donde tuve la fortuna de ser profesor por tres años. Confieso que lloré al verla con su blusita zanahoria y sus ojitos claros y tristes como gatita enjaulada. Lloraba de impotencia por la inseguridad de Valledupar. Si estuviera escribiendo en papel podría notarse la tinta mojada y las letras borrosas, pero escribo en este PC que pago a cuotas como cualquier periodista sin gobierno amigo. Unas semanas antes, la misma Mardelia mostraba como trofeo a su novio-marido en la calles de Uruguay y Argentina y hoy verla empapada en lágrimas no es fácil aceptarlo para quienes la conocemos y admiramos. Dos días después de su llanto, que algunos de mis colegas se burlaron pensando que era show y montaje, era el mundo quien lloraba porque un jovenzuelo de nombre Omar Siddique Mateen  en la ciudad de Orlando en Estados Unidos, los sindican de conjugar su apellido en un bar de gays, asesinando a 50 personas. También lloré en inglés.

Entre miércoles y jueves, unos quince muchachitos que representan lo mejorcito de esta ciudad, miraban asombrados como “ratitas asustadas” a un procurador de alto rango leía desde Bogotá, a través de  una fría pantalla, una decisión que en primera instancia los condenaba a vivir en la calle por trece años sin derecho a puestos con el estado, sin posibilidad de tener escoltas y  poder, y lo peor, sin posibilidad de ser alcalde de la ciudad que un mes antes le aprobaron el mejor “Plan de Desarrollo” que ha tenido  en siglos. De nuevo quise llorar, pero como dijo el cantor mexicano José Alfredo: ¡El llanto en los hombres es de gente noble!

Lo mejor que tenemos en lo político y social nos lo quitan de un plumazo, por Dios.

Seguí mis pasos por la Asamblea del Cesar, donde un grupo de diputados reunidos en un notaria cercana, firmaba un poder a un abogado para que los defendiera de un proceso que un colega,  tal vez pasado de copas -Y no copa América-, los denunciaba penalmente, por un suceso que todos saben uno de ellos propició para sacarlo del poder.

Crucé entonces por los bellos pasillos de la gobernación en construcción y miré caras pálidas, miradas tristes, preocupaciones notables, porque otro aspirante al cargo, asistía a una audiencia que los abogados llaman de iniciación, en contra de nuestro gobernador Ovalle, dizque por doble militancia política y podía eventualmente dejarlo por fuera del palacio “López Michelsen” por un tiempo. Entonces sería colega de los concejales, aquellos muchachos sin poder, sin escoltas, sin esperanzas. Francamente quise llorar de nuevo, pero ya no tuve lágrimas posibles y tanto llanto seguido puede ser muestra de debilidad en estos tiempos de percepciones y otras vainas.

Una ciudad que en apenas cinco meses,  ha visto a su  joven alcalde, vestido de barrendero,  bombero,  limpiador de monumentos,  futbolista,  ciclista,  caballista,  ejecutivo y de hombre de familia, merece otra suerte. Merece ejecutar su plan de gobierno, de avanzar  en todo, de mantener activo no solo las redes sociales que sus 40 periodistas a veces saturan con tantas pendejadas para justificar sus salarios, pero se pasan de piña mostrando a su jefe en cada pose, con cada visitante, como cada coronel, con  cada víctima de atraco. Dejemos que el joven funcionario nos gobierne con sus buenas intenciones y sus oraciones convincentes. ¡Con su familia!

Pero no todo es dolor, preocupaciones y lágrimas. Una chica hermosísima, Anabela Castro Sierra es nuestra candidata al reinado de Cartagena. Será colega nuestra por que estudia comunicación social, posiblemente tuiteará y llenará de fotos las redes sociales de sus futuros jefes cuando sea periodista, pero ahora su misión es traerse la  corona para este departamento. Y la merecemos, ¡así como ganaremos la copa! Y la octava estrella juniorista.

Mardelia, la ingeniera y escritora que inició este chorro, también quiso ser reina, incluso ahora con cuarenta y tantos, la edad perfecta de las mujeres bellas, podemos verla llorar pero de alegría, con sus ojitos claros y su blusita de colores. Entonces reconoceremos que es una mujer de empuje, de lucha, de entusiasmo.

Para despedirme recomiendo el libro “Por qué fracasan los países” de Daron Acemoglu y James A. Robinson. No es el James futbolista nuestro. Ante tantos fracasos, intentos, llantos y preocupaciones, es bueno seguir la historia, apoyar la paz y dejar de firmar resistencias. Si, vil. Así nos tratará la historia si lo hacemos. Estamos en  tiempos de cambios radicales con tendencias a desaparecer.

 

Edgardo Mendoza Guerra

Tiro de Chorro 

Tiro de chorro
Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza Guerra es Guajiro-Vallenato. Locutor de radio, comunicador social y abogado. Escritor de cuentos y poesías, profesor universitario, autor del libro Crónicas Vallenatas y tiene en impresión "50 Tiros de Chorro y siguen vivos", una selección de sus columnas en distintos medios. Trata de ser buena gente. Soltero. Creador de Alejo, una caricatura que apenas nace. Optimista, sentimental, poco iglesiero. Conversador vinícola.

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