Lunes, 23 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

“La auténtica cabeza, el rostro más real / Se ocultan al amparo de la cara que miente”.

Charles Baudelaire.

Ocultan su verdadera cara detrás de un retrato robado, un paisaje conocido o una caricatura ridícula. Se atribuyen títulos académicos, trabajos y pasiones que no tienen. Usan un lenguaje vago porque no exponen una personalidad definida: su prosa es vulgar, exagerada, cariñosa, bellaca, jovial. Conocen a todo el mundo pero nadie los conoce a ellos. Son heraldos de la mentira que les gusta juguetear con la calma y el prestigio de los otros, pero que a veces también buscan defender una causa o posesionar el nombre de un tercero.

Pueden despertar odio, envidia y hasta amor. Surgen y viven en un entorno de debate, pero su propósito no es hacer fluir las ideas sino crear confusión, pleito y rencor. Fantasean atracos, muertes y resultados policivos que tratan de probar a través de imágenes de hechos que ocurren en otras partes. Los pocos seguidores que tienen, en su mayoría, no son reales. Ya la policía dice saber de su existencia y sus marrullerías, un equipo de la Dirección de Delitos Cibernéticos anda tras su pista.

Expresan sus bazofias por medio de cuentas falsas en redes sociales, ellos son eso: cuentas falsas, gente falsa, pensamientos falsos. Se valen del Facebook, del Instagram y sobre todo del Twitter para tergiversar la realidad, para acabar con la honra de quienes dan la cara. No son artistas que usan un nombre poético para divulgar su obra como Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto utilizó el seudónimo de Pablo Neruda, sino que son ladrones encapuchados que penetran en el mundo virtual de otros con la intención de ensombrecer los argumentos con los insultos y sabotear la opinión pública. 

Comprenden que las redes sociales son un medio de comunicación rápido, masivo y democrático, pero no las usan para enriquecer la deliberación y el control ciudadano sobre el manejo del Estado, sino para hacer de una mentira una verdad o de una verdad una mentira. Algunos andan en este cuento porque salvaguardan unos intereses contrarios a la causa de quienes agreden, otros porque les pagan y otros porque no tienen más nada que hacer. Quizás son hombres que se disfrazan de mujeres o mujeres que se disfrazan de hombres: son incluso un peligro para el amor en el ciberespacio.

En Valledupar los hay por montón. Existen empleados de administraciones públicas que prefieren no expresarse de frente, mandaderos políticos que intentan revolver el río para que sus patrones pesquen, charlatanes que creen que la gloria se alcanza dañando la imagen de los demás, acomplejados que no asumen un rol verídico en la vida… Todos se colocan una máscara para deambular por las redes sociales, echarle leña al fuego del bochinche y esconder su insignificancia. Seguro sus comportamientos guardan algunas diferencias, no son totalmente semejantes, pero siempre tienen una cosa en común: la cobardía.

 

Carlo César Silva

@ccsilva86

La curva
Carlos Cesar Silva

Carlos César Silva. Valledupar (Cesar) 22 de noviembre de 1986. Abogado de la Universidad Popular del Cesar, especialista y magister en Derecho Público de la Universidad del Norte. En el 2013 publicó en la web el libro de artículos Cine sin crispetas. Cuentos suyos han sido publicados en las revistas Puesto de Combate y Panorama Cultural. Miembro fundador del grupo artístico Jauría. Cocreador del bar cultural Tlön.

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