Lunes, 20 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Sincelejo (Colombia)

Desde que inicié mi labor de docente en el Instituto Simón Araújo de Sincelejo, hace ya cuarenta años, no ha habido un solo estudiante que no se haya interesado o haya dejado de preguntarme, con mucha curiosidad, quién era Concha Toscano.

Esta inquietud obedece a que, desde siempre, he matizado mis clases recitando el sabio refranero de esta señora, que fue oriunda de Talaigua, mi pueblo, y que se hizo célebre por los dichos y refranes en versos  que expresaba a cada momento, y, sobre todo, por la certeza que tenía para mencionarlos en los momentos más oportunos. Y a pesar de que su existencia se remonta a la primera mitad del siglo pasado y su fecha de fallecimiento, según la lucidez popular, ocurrió en la década del treinta,  hoy, son muchas las personas que suelen citarla con marcada frecuencia para darle salida a la tremenda filosofía, a  la sutileza humorística  y a la picaresca natural,  que nutren su profuso repertorio refranero.  

Donatila García, mi señora madre,  fallecida hace varios años, fue  una de las personas que más defendió y difundió las enseñanzas de la difunta Concha Toscano. Según nos contaba, siendo muy joven, alcanzó a conocerla porque la casa de mis abuelos era contigua a la casa de la verseadora, y las dos familias mantenían la estrecha familiaridad, que suelen profesarse los vecinos en los pueblos. También nos contaba Dona, cuyo nombre apocamos desde niños todos sus hijos, que la señora Concha era alta, delgada  y espigada, se vestía con trajes estampados y adornaba su  larga cabellera encanecida con unas flores vistosas que cortaba en su jardín silvestre. Era madrugadora, y todos los días preparaba el café matutino silbando o entonando las canciones de la época,  mientras barría el patio, que amanecía alfombrado con las hojas secas de los totumos, las ciruelas  y las guayabas que  crecían y perfumaban su interior.

En realidad, dentro de mi largo ejercicio educativo, no puedo desconocer los invaluables beneficios que me han brindado los versos de Concha Toscano, porque ellos me sacan de apuros cada vez que deseo ambientar el rigor académico de mis clases. Sobre todo, cuando momentáneamente se satura la concentración escolar que, según los estudios sicológicos realizados al respecto, siempre media entre los  doce y quince minutos. Muchas veces, he gastado clases enteras recitando y  comentado los versos, y  los alumnos son  los encargados de interpretarlos para buscarles la intencionalidad comunicativa que los universaliza. La mayoría de ellos están estructurados en coplas, cuartetas o redondillas, que reflejan los conocimientos cabales que tenía la autora sobre el arte de la métrica española. Otros, siguen la línea de los pareados, que es la forma común y corriente de los dichos y refranes en el medio popular.

En el pueblo eran conocidos los pleitos, generalmente por celos infundados, que con mucha frecuencia tenía doña Concha con Ricardo Pineda, su marido, a quien cariñosamente los muchachos del barrio abajo  llamaban “tío Richar”.  Y cada vez que se les enredaba la situación, la mujer le sentenciaba: “Doña Concha tiene un gallo/ dice que lo va a vender/ porque el gallo caga mucho/ y ella es floja pa’ barrer”. Quería significarle  que ella en cualquier momento se cansaría de la situación y estaba en condición de abandonarlo. Asimismo, frente a circunstancias ocasionadas por los gajes del oficio, cuando alguien olvida fácilmente una falta o un perjuicio causado a otra persona, doña Concha enfatizaba: “Todo el que tiene talento/ sabe por donde camina/ ninguno siente la espina/ si no quien la tiene adentro”.  Unos versos para aseverar  como las personas que han sido víctimas de un daño, traición o calumnia, difícilmente logran olvidarlo.

La hipocresía de la gente, un vicio perseverante en la comunidad, el cual tiene arraigo en todos los niveles sociales, era puntualizado por la célebre paremióloga  con los versos: “En la puerta de tu casa/  hay un palito de limón/ por delante buena cara/ por detrás murmuración”. Y cuando la chismografía popular se extiende por doquier para comentar, por ejemplo, la preñez  inesperada de una mujer virgen, que aún vive bajo el techo de sus padres, los versos eran oportunos: “Hay virgos que permanecen/ por  doncellas están pasando/ por debajo van minando/ mientras el bulto aparece”. De esta manera, suavizaba el rencor y la molestia que ocasionan estos imprevistos. El abandono que sufren las personas, cuando tienen cualquier descalabro económico, ocasionado por la adversidad, lo matizaba  con esta sentencia: “Mientras tengas que regalar/ no faltará quien te quiera/ cuando ya no tengas que dar/ esfundiyao busca tu tierra”.

Y a medida que surgían hechos que despertaban el comentario popular, los dichos de la refranera se posicionaban como verdaderas premisas filosóficas que incitaban a la reflexión. Afirmaba que cuando una persona cae en desgracia todas las mujeres lo abandonan, y  supunto de vista era sustentado recitando los versos: “Cuando un pobre está en la cárcel/ ninguna puta lo llora/ por la calle andan diciendo/ que se joda, que se joda”. Y cuando alguna mujer, que habiendo contraído matrimonio, se quejaba  de la situaciónpor los oficios y la crianza de los hijos, que obedecen a una razón natural, la señora Concha,  provocaba  la risa de los curiosos, afirmando: “Cuando una mujer se casa/ tiene sus cuentas bien hechas/ a servir como una esclava / y a parir como una puerca”. De esta manera, calmaba el malestar en las inconformes y las animaba a desafiar sus desvelos con tenacidad, valor y confianza.

Muchas veces,  solía cambiar de sexo cuando la ocasión lo ameritaba. Esto lo hacía cada vez que presenciaba a un hombre acompañado por una mujer hermosa o éste era bendecido por algún asomo de fortuna. Entonces, la filosofía toscanesca era directa y sin ambages: “Algunos tienen la dicha/ de dormir en buenos brazos/ y yo que duermo en el suelo/ pelao tengo el espinazo”.  En ellos expresaba una especie de satisfacción por el bienestar de las personas y, al mismo  tiempo, dejaba ver su resentimiento  por las dificultades que ella padecía. También castigaba aquellos vicios que presentan las personas cuando suelen afirmar que nunca actuarán de tal forma o jamás  realizaran un hecho que tienen vetado de por vida. Con esta copla desbarataba la ligera obstinación de los aferrados a este propósito: “Mientras en este mundo estés/ nunca por rabia digas/ de esta agua no beberé/ porque la lengua castiga”.

De esta manera, y con el paso del tiempo, la picardía sarcástica  de los  versos conchatonescos,  se convirtió en una especie de síntoma colectivo que incitaba a la reflexión entre los habitantes talaigueros. Y cada vez que había algún problema, fuera este familiar o comunitario, y la repentista no quería verse involucrada en el mismo,  en el acto, soltaba  su  chispazo: “Saliendo el alacrán de casa/ píquele a quien le picare/ sacando yo mi equipaje/ quédese quien se quedare”.  También,  cuando algún amigo o desconocido, por curiosidad,  le comentaba sus intenciones de casarse, motivado por la soledad desesperante que mucha veces produce la soltería, la refranera ipso facto le expresaba su consejo: “Cásate y gozaréis/ los dos meses primeros/ y después estaréis deseando/ la vida de los solteros”. Era una especie de advertencia para significarles los compromisos y obligaciones que se deben afrontar en el matrimonio.

Según nos contaba Dona, mi abuelo Enrique Asterio García era muy amigo y confidente de la feliz verseadora. Todos los días hablaban a través de la cerca que dividía los patios caseros, mientras ella realizaba sus oficios domésticos y él armaba  mesas, sillones y taburetes en su carpintería. Doña Concha, sin salir de su casa, lo ponía al tanto de todo lo que sucedía en el pueblo. Mi abuela Ismenia Maldonado, una señora hacendosa, prudente y recatada,  sorprendida por los conocimientos, pensaba que su vecina tenía contacto con las brujas, quienes la visitaban de noche para llevarles todos los chismes del pueblo.  Era una situación muy similar a la que vivía en Sucre, en ese entonces  departamento de Bolívar, Luisa Santiaga Márquez Iguarán, la mamá de García Márquez, quien, según las apreciaciones del escritor, “mantenía hilos de comunicación nocturna”, pues vivía informada de todo lo que ocurría en la población sin salir de su casa.

Muchas veces, la sapientísima refranera no  necesitaba de un hecho o motivo determinado para  espetar sus sentencias, las cuales captaban la atención de los oyentes y eran oportunas ante cualquier referente. Un engaño premeditado, un error infantilesco, una determinación inesperada o una actitud improcedente, eran razones suficientes para sustentar sus versos: “Si fueres a comprar paño/ pide la muestra a la entrada/ que la mujer adornada/ por dentro es que tiene el daño”.  Con ellos alertaba e incentivaba la precaución de los personajes incautos, que son víctimas de cualquier engaño irrisorio. Otras veces, cuando corrían los chismes de infidelidades conyugales ocasionadas por la desatención de los maridos, y éstos terminaban siendo el blanco de la burla popular, doña Concha se lucía con  su certero argumento: “Sardina con pato cuervo/ lebranche con pez espá/ si los perros no son buenos/ la guartinaja se va”.

En ocasiones,  sus dichos constituían una retahíla de sentencias que despertaban la admiración por la objetividad del contenido. Cuando alguien se quejaba de la situación económica reinante, doña Concha aliviaba sus lamentos con estas pildoritas: “En esta ocasión estrecha/ sufrí y aguantá la mecha/. Y si fuere de papel/ sufrí y aguantá el tropel/ y si fuere de trapo/ sufrí y aguantala un rato/  y si fuere de algodón/ sufrí y aguantá a montón/ y si fuere de estopa/ sufrí callate la boca/ y si fuere de alambre/ sufrí y morite de hambre”.  Cuando se enteraba de que existían mujeres que habían tenido varios maridos y los cambiaban constantemente, porque estos eran irresponsables con los gastos y  compromisos del hogar, y éstas, quejumbrosas, se convertían en un rosario  de lamentaciones, doña Concha las llamaba, las consolaba y les decía en tono confidencial: “Pa ser puta y no ganar na/ pepita estate pará”.

El interés desmedido de algunas mujeres, contrarrestando el verdadero amor marital, también  era cuestionado por la lustrosa paremióloga, algunas veces con metáforas caseras, suavizando la intencionalidad; “El amor y el interés/ fueron al campo un día/ más pudo el interés/ que el amor que le tenía”.  En otras, recurría a un lenguaje fuerte, con un ligero tono vulgar  para dejar bien claro el mensaje y castigar este vicio femenino: “La mujer que se enamora/ de la plata y no del hombre/ es mejor que se enamore/ de la flor que el burro esconde”. Otras veces, hacía uso de su intimidad conyugal y muy risueña decía que cuando su marido la tocaba por las noche en busca del deleite carnal, ella lo paraba en seco, con este ultimátum: “Cardo, traes mejengue?/ Si traes mejengue/ mojas musengue./ Si no traes na/ ve con tu copa pa tras”. Cardo, era una especie de  aféresis de Ricardo, expresión cariñosa con que ella  llamaba al esposo.

Actualmente, en Talaigua son pocas las personas que recuerdan las sentencias de Concha Toscano, porque las nuevas generaciones poco afecto le demuestran a la paremiología, y utilizan un lenguaje pobre, escaso y sencillo, que se limita únicamente a lo necesario. Y ya  todas las personas contemporáneas de mi madre, que eran amantes de recitar los versos conchatonescos, han viajado a la eternidad. Sin embargo, mi hermano Jocé en Cartagena,  yo en Sincelejo, y mis otros hermanos dispersos por Colombia y Venezuela,  hemos sido fieles conservadores de este fabuloso repertorio, y lo hemos mantenido vigente a través de los años. Siempre que hablamos, a través de la línea, salen a flote algunos recuerdos de la  ilustre paremióloga. Y mientras tanto, en el Instituto Simón Araújo, luchando contra la pobreza expresiva de los estudiantes,  yo me enorgullezco de seguir  sazonando mis clases con el sabio refranero de Concha Toscano.

 

Eddie Jose Daniels García 

Reflejos cotidianos
Eddie José Dániels García

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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