Miércoles, 13 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Fechas especiales de no olvidar para un hombre son los aniversarios, cumpleaños y algún acontecimiento trágico que salga del contexto de la normalidad. Tengo una en especial que siempre me ronda en la cabeza, esa es el 7 de abril de 1997, la recuerdo perfectamente todo los días de mi vida con un sabor agridulce, pues ese día nació el primero de mis sobrinos un día que debió ser de plena alegría y única felicidad, fue transformado en uno que, además de vida trajo muerte y después de alegría, tristeza y con ello lo que sería el inicio de una larga pesadilla que duraría mucho tiempo, donde hoy solo los que la vivimos sabemos cuánto sufrimos y desesperamos.

Con el sonido de las camionetas llegando al pueblo, empezó todo. Un centenar de hombres fuertemente armados bajaron de ellas, se fue la tranquilidad inmediatamente, llegaron a la plaza principal del pueblo y con la Lista de la muerte en mano comenzaron a fraguar ordenes para su cometido de buscar, agrupar y seleccionar por apellidos a todos los hombres del pueblo, con esa incursión empezó para nosotros el paramilitarismo, nuestra pesadilla por años.

Con tan solo 7 años de edad recuerdo que no le perdía la vista a aquel hombre de jean azul y suéter deportivo rojo con un numero 8 a su espalda, que estaba en la matera correspondiente a todos los hombres de apellido ROMERO, ese hombre era mi amado padre -Dios me lo guarde por muchos años más-, sólo él sabe lo que sufrí por verlo expuesto a tal peligro, allí cambió para mi toda  perspectiva de vida y muerte, una madurez a la fuerza que me llevó a ver el valor de la vida como algo que para algunos es religión, para otros biología, y para otros cuantos solo es Matemática.

No entendía porque después de esos hechos y ya inmersos en la congoja que apuntaba para largo, le escuchaba una conversación con sus compañeros de trabajo que le daban como consejo irse a vivir del todo a la ciudad donde trabajaba, pero él exclamó con orgullo y, sé que con un poco de miedo a la vez, estas palabra: “No, jamás, ese es mi pueblo, algún día de ellos se aburren y se van, ¡No creo que quieran más a mi tierra que yo!”

Ese día segaron la vida de dos hombres inocentes en plena plaza principal en presencia de familiares, amigos y paisanos. Se percibía solo dolor en una magnitud que mi corto ciclo de vida  no me dejaba comprender, minutos antes de los asesinatos un hombre encapuchado llegaba a mi casa a cerciorarse de que sus ocupantes estuvieran en la plaza, solo estábamos una de mis hermanas y yo. A pesar de ser menor que ella me vestí de valentía al escuchar que cada vez eran más fuertes los golpes a la puerta, fui y le abrí , el encapuchado siguió hasta al fondo de la casa me hizo dos preguntas y se fue hasta el patio, la fuerte temperatura y ardiente sol lo tenía incómodo, se quito la capucha parecía un tomate de lo rojo y su barba no tan espesa estaba bañada en sudor, nunca olvidé los rasgos de ese hombre, por una u otra circunstancia, tiempo después sospeché de quien podía ser dicho personaje, puedo especular con ello, pero el instinto me dice que sí.

Después de años de zozobra, llegó la desmovilización de las AUC, en esos tiempos un poco mayor pero no tan objetivo y lleno de ciudad como ahora, seguí el proceso no tan distante, me llenó de “satisfacción” ver que muchos de los que me dañaron la infancia pagaron tumba o cárcel, salvo pocas excepciones hoy que estamos a las puertas de una supuesta “Paz” algunos lo llaman “la paz de Santos”, otros “Paz sin impunidad” etc. Para mí es un experimento desconocido al cual le faltan algunos ingredientes para ver si su reacción arroja algo muy parecido a lo deseado…  Total.

Muchas veces, y especialmente hoy con este escrito, me pongo en la piel de los directamente afectados por  las FARC, pienso que hasta el momento no creo estén nada contentos, de no llegar a tener un poco de la satisfacción que yo sí logre tener, al ver a verdugos pagar por sus atrocidades y saber que muchos se arrepintieron no de labios, si no por las oportunidades que te da la cárcel y la vida de buscar el perdón, puede molestar pero pido que al ver a sus verdugos libres, alegres y gozando de regalos políticos, les invada el rencor y nunca sus corazones tengan Paz, por eso pido justicia y paz sin impunidad.

Yo también quiero la paz verdadera, no ésta que comercializan institucionalmente, quiero la que nos traerá tranquilidad, no esté parapeto lleno de remiendos a conveniencias que nos puede llevar a una transformación urbana aun peor.

Quiero tranquilidad para mí corazón  y para el de todo el pueblo colombiano eso es la verdadera paz donde nos gane la satisfacción.

Pero todavía nos falta mucho, diría mi abuela “el que tiene el muerto no lo quiere, nos falta un doliente”.

 

Andy Romero Calderón

Twitter: @andy_romeroc

Vallenato de Guacoche
Andy Romero Calderon

Vallenato de cédula, guacochero de nacimiento. Ingeniero de sistemas de la Universidad Popular del Cesar. Me gusta la buena crítica y política, sin caer en sus vicios y hasta donde los argumentos me dejen llegar. Amante de la buena música y no de un género en específico. El silencio es, después de la palabra, el segundo poder del mundo. Twitter: @andy_romeroc

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