Domingo, 26 de feb de 2017
Valledupar, Colombia.

La reciente revista Semana trae de portada “La hora de las mujeres”, donde destacan a tres líderes mundiales Hillary, Merkel y May. La primera candidata a la presidencia de los Estados Unidos, la segunda canciller alemana y la tercera primera ministra británica. En las páginas interiores  destaca las colombianas que en los últimos años tienen o han tenido representación política nacional, desde María Eugenia Rojas, Noemí, Clara López, Marta Lucia y la actual canciller María Ángela Holguín.

En Valledupar un importante grupo de mujeres también tienen su nombre por los cargos ocupados,  por su saber y poder,   las cuales han aspirado y ocupado cargos. Paulina Mejía de Castro Monsalvo, La Inolvidable Cacica Consuelo Araujo, que a propósito en estos días cumpliría 76 años, María Inés Castro de Ariza y otras como Omaira Herrera, Imelda Daza y la reina Katrizia Morelly que sigue siendo bonita y  está en sus papeles. Si olvido nombres me excusan, después de perder en tantos líos, la memoria también se pierde. Esas mujeres de ayer y de hoy merecen su espacio y su tiempo. Estamos en deuda, lo dijo la líder Leonor Zalabata en el reciente foro minero en Valledupar.

Pero dejemos quieto la política por ahora, hablaré de lo miedosos que hemos sido muchos hombres con ellas, pasamos como pendejos y cobardes ante sus miradas. Contaré algunas anécdotas mías y de colegas periodistas en las cuales ellas querían y nosotros también, pero nos evadimos por miedosos. Va la primera.

Iniciando los años 80 era yo un joven recepcionista del Hotel Sicarare, por años el mejor de la ciudad, un mozalbete alto de 1.83 mts, piel morena clara y cabellos de hombre caribe con su cuota africana por dentro de tantas mezclas nuestras. Ella, Patrizia Abatiscinni Macchi, con cabellos revueltos de libertad, ojos azules como el cielo y unas piernas blancas y largas, tan largas que le llegaban al suelo, como leí alguna vez.

Su habitación, la 204 con ventana al frente, es decir a la carrera novena del viejo Valle, me invitaba a la habitación con el pretexto más pueril del mundo; que siento un ruido debajo de la cama, que las luces no prenden bien, que necesito Coca cola fría, en fin pretextos.

Yo subí mil veces a su cuarto, me arreglaba la corbata del uniforme  y me hacía un nudo para ella mejor que el que estaba, me preguntaba mil veces si me gustaba o sino regresaba para hacerlo de nuevo, me preguntaba si el pantalón era de cremallera o de botones y revisaba todo para comprobar. Yo bajaba de nuevo a mi  puesto con ganas de volver a subir, pero a nada, tenía entonces ya 22 años que solo servían para posar nervioso ante semejante extranjera escultural con ganas de algo. Al final partió a su destino, me dejó una revista y un lapicero que perdí con el tiempo. No he podido olvidar aquellos ojos azules, aquellas piernas largas, aquellas insinuaciones perfectas y claras. Pero no encontrará una camarera mal parqueada, ahí sí, con todo! Qué tonto fui. Pendejo es que somos.

Va el segundo.

Era el Cerrejón de los años 80. Otra vez de recepcionista de Abella Hardys Colombia, otra mujer con nombre inolvidable Cassia F. Dacheux Dauvin, francesa, Ingeniera de sistemas y costos, cabellos rojos, 50 perfectos años, ojos cenizos encantadores y estaba en la barraca A de extranjeros; luego para entrar  necesitaba permiso, casi una visa. Ella me dio entonces un pasaporte diplomático, de manera que yo podía entrar mil veces a su cuarto. Cuantas películas vimos juntos, cuantos vinos y quesos feos para mi gusto comí con ella, siempre con ropa al viento, me quitaba la camisa para no ajarla y me ponía una camiseta blanca y fresca, mucho rato después de quitarme la camisa, me abrazaba en su idioma, con frecuencia iba a la recepción y buscaba un motivo para que fuera arreglarle el teléfono y su conexión a sabiendas que hoy no doy para conectar un bombillo ahorrador, Nilson un conductor de la oficina, solía decirme: esa viejona quiere algo, la vas a dejar viva Mendoza,  ¡Tas fregao!

La Dacheux al final me dejó un libro con un escrito en francés, no lo he traducido por miedo, pero presumo que dice: Para el minero más pendejo del mundo.

Un colega periodista nuestro, Edilberto Castillo, le ha pasado mil veces lo mismo, me ha comentado, y ahora muchos años después comprobamos que no le tenemos miedo a esas mujeres sino a sus imposibles apellidos. Mendo -me dice- si esas mujeres fueran Pérez, Martínez o Arias, para solo poner ejemplos, quizás que hubiera sido de ellas o de nosotros en sus manos. Aquí estuvieran, olvidarían sus himnos y banderas, tuvieran la piel caribe y hablarían perfecto nuestro vallenatos con sus palabras raras como bochinche y fundingue. Aun entre nosotros está una con años perfectos, un encanto vivo, una sonrisa inocente, y unas piernas largas que también llegan al suelo, pero tampoco le decimos nada. El miedo no es a ellas, es a sus apellidos con alguna gotica de Francia, como van las cosas quedará casi intacta. Pendejos es que somos.

P.D. Por estas tendencias y formas de interpretación que los abogados conocemos un poco mejor, presento excusas al Dr Iván Morón ya que la columna anterior fue mal interpretada posiblemente por malquerencias que nunca faltan en este oficio. Del doctor Iván tengo las mejores referencias de hombre probo y honesto. Mil escusas de nuevo.

 

Edgardo Mendoza Guerra

Tiro de Chorro 

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