Lunes, 24 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

La Orquesta Aragón en Bogotá / Foto: Rumba Bogotá

Salí del concierto de la Orquesta Aragón en la madrugada. Esperaba encontrar una noche helada, pero la brisa no alcanzaba a mover las hojas de los árboles.

Caminé hacia la esquina en la que había una chaza de pinchos en las que un señor de cabello blanco y un hombre de cuarenta años comían. El hombre alto era el vocalista de la Orquesta Aragón y su acompañante era uno de los violinistas.

—Nunca había visto bailar a alguien como usted —le dije al hombre mayor.

—Gracias, caballero.

—En la isla, a sus ochenta años, es el mejor profesor de baile —señaló su acompañante.

En ese momento recordé a este hombre bailando y cantando como si fuera un muchacho de veinte. Simultáneamente, en la otra orilla del escenario, como si estuvieran en dos extremos de un río caudaloso, Alfredo de la Fe se ahogaba por la acumulación de kilos y años.

—Maestro, ¿cree que podría enseñarme a bailar? —pregunté con la intención de que el señor se excusara por falta de tiempo o por el cansancio. Sin embargo, dio el último trago a su bebida y dijo “Sígueme”, mientras movía pies y brazos. Intenté seguirlo, pero renuncié al tercer intento.

Abrumado se rascó la coronilla.

—A ver, intenta éste —dijo cambiando los movimientos.

Lo seguí con bastante dificultad. Volvió a rascarse la coronilla.

—Nos cuesta bailar a quienes nacimos lejos del mar.

—En ese caso deberías ir a la isla para que una mulata te contagie el sabor.

—¿Una? Maestro, yo creo que necesita dos mulatas y como cuatro meses en la isla —acotó nuevamente el violinista.

—Con una mulata y un mes es suficiente —ajustó la cuenta el profesor.

—Dos mulatas no estarían mal; finalmente soy muy torpe —concluí.

Carcajeamos.

—Debemos partir —dijo el maestro después que el pitazo del bus encrespó la noche.

—Te esperamos en la isla con dos mulatas —afirmó el violinista después de darme la mano.

Emprendí el camino con las manos hundidas en los bolsillos. A mitad de la cuadra me encontré con Cintia y Jota, una pareja que conocí en la fila.

—¿Cómo te pareció el concierto? —preguntó Cintia.

—Era todo lo que esperaba… y muchísimo más.

—Te vimos bailando con el señor canoso.

—Dirás: “te vimos haciendo el ridículo con el señor alto” —corregí.

Cintia sonrío al tiempo que Jota me dio una palmada en la espalda mientras decía:

—Vamos a La Torralba. ¿Nos acompañas?

Estuve tentado a aceptar la invitación, pero pensé que haría mal tercio.

—No, gracias. Debo buscar hotel.

—¿Qué pasó con tu amiga? —preguntó Cintia.

—Se fue antes que terminara el concierto… la hija no quería dormirse.

En ese momento el recuerdo de Carolina arribó como un buque que navega sobre aguas pantanosas.

—¿Seguro que no nos quieres acompañar?

—Hombre, gracias; en serio me preocupa el hotel. Tunja no es una ciudad para amanecer en las calles.

Estreché la mano de Jota al tiempo que Cintia me miraba como si presintiera que era mejor insistir.

Minutos después estaba en Bruder. La mesera me entregó la carta y dio dos pasos hacia atrás esperando que la leyera. Estuve tentado a pedir el Margarita con el que inicio mis peores borracheras, pero decidí que Carolina no merecía más alcohol.

—Un té helado —pedí.

—¿Un té?

—Sí, de durazno.

Puso cara de sorpresa. Quise explicar la razón de mi decisión, pero preferí sostener la mirada para que comprendiera que no era una broma. Contemplé las nalgas de la mesera mientras se iba. En ese momento, quizás por esas asociaciones que jamás entenderemos, emergieron los versos de Carlos Castillo Quintero: Hago parte de los vencidos, / de los olvidados. Parecía que Carlos o el poema o yo queríamos ajustar cuentas con la noche.

Bebí el té de un sorbo. Levanté el vaso para que trajeran otro.

—Te esperamos en la isla con dos mulatas —repetía una voz y un acento filtrados por la memoria. Me imaginaba abrazado a las dos mujeres, caminando por un valle de luz.

Terminé el té y salí a buscar hospedaje.

Una hora después había recorrido el centro sin encontrar cupo en ningún hotel. Creí que no me quedaría otra opción que caminar hasta que amaneciera, pero un taxi emergió de una esquina del Parque Pinzón.

—Hermano, ¿conoce algún hotel? —pregunté desde la ventanilla del copiloto.

—¿Fue a los del centro?

—Sí

—Entonces vayamos al que queda después de Los Muiscas.

Cruzamos la ciudad a más de ciento treinta kilómetros por hora, con el recuerdo de Carolina corriendo a la misma velocidad.

Asómate amor mío / que el cielo ha encendido un fandango / en su comba lejana / Y no hace frío

Raúl Gómez Jattin declamaba con voz espesa en la penumbra de mi memoria.

Generalmente la poesía me sacude, me da dos bofetadas y me abandona a mi suerte. Sin embargo, esa noche decidió dejarme frente al mensaje de texto que le había enviado a Carolina cuando llegué a Tunja: Esta noche nos cobijará el mismo cielo. No hubo respuesta. Nunca la hay. Carolina acostumbra cerrar la mayoría de puertas, cuidándose de dejar abierto el portón en la que ella y Tunja se transforman en literatura.

En ese lugar tampoco hubo cupo.

—Más adelante hay otro hotel.

—¿Queda lejos?

—A media hora a pie — indicó el portero al ver que el taxista se había ido con el mismo afán con el que llegó.

Dos kilómetros adelante vi un burdel que navegaba en la lluvia sin otro objetivo que el de arribar a la otra orilla del amanecer con un cargamento de borrachos y mujeres semidesnudas. Dude entre continuar el camino o entrar por la puerta de la que emergían hombres tambaleantes.

Me incliné por la segunda opción.

En la cumbre de la escalera un hombre que forcejeaba con una muchacha en ropa interior.

—¡Vamos! —insistía sin atender la negativa de la mujer.

Segundos después el portero lo bajaba a empujones, mientras el hombre repetía con desesperación el nombre de la muchacha.

A la derecha del local, había un grupo de borrachos durmiendo en sillas, en el centro dos parejas que oscilaban al ritmo de la música y a la izquierda una barra larga y negra, como la noche que no quería terminar.

Caminé hasta la barra con la certeza que saldría minutos después. En la última silla estaba una muchacha con una actitud sombría que desentonaba con la algarabía del lugar.

—¿Qué te trae a este lugar? —preguntó con acento de tierra cálida.

—Vengo a celebrar mi cumpleaños.

—¿Solo?

—Solo

—¿A qué te dedicás?

—Soy melancólico.

Sonrió sin ganas.

—Tranquilo: no tenés que enamorarme. Acá sólo necesitás plata para acostarte conmigo, —dijo con una aflicción que no se tomaba el trabajo de disimular. —¿Cómo te llamás?

—Diego —respondí mientras miraba los corazones tallados en la barra. —Y tú, ¿cómo te llamas?

—Daniela Ríos… ¡Qué grosera soy!… ¡Feliz Cumpleaños!

Me abrazó en el instante en el que la voz de Steven Taylor invadió el local.

Come here baby

Saltó de la silla para bailar sensualmente. Su tristeza había quedado atrás, como si hubiese sido un mugresito que se posó en su falda. Era inevitable compararla con las jovencitas de esa edad que he conocido en los últimos años. Todas alumnas. Todas felices e irreverentes a pesar de haber crecido en los de una ciudad varada en el siglo diecisiete.

—Escribiré un cuento para ti.

—Ve… ¿y es que vos también escribes?

—A ratos…

Hablamos hasta las cuatro de la mañana, momento en el que dijo:

—Muy rica la charla, muy ricos los Smirnoff, pero no estoy para hablar con los clientes, sino para acostarme con ellos. Concretemos o tengo que buscar otro.

—¿Con cuántos hombres te has acostado hoy?

—Con ninguno; por eso me está afanando el patrón.

—¿Cuánto dijiste que cobras?

—Cuarenta por el rato.

—¿Cuánto tiempo es el rato?

—Quince minutos.

—Sesenta por media hora.

—A nadie le hago rebaja, pero tú me caíste bien porque eres decente.

—¿Decente?… me parece que venir a un burdel a las dos de la mañana no habla bien de mi decencia.

—No me has tocado como hacen los otros.

Miré alrededor y sólo había hombres que tocaban a las mujeres con algo más que deseo. Parecía que desearan subyugarlas con sus toqueteos salaces, con sus apretones violentos.

—Al fin, ¿qué?

—Sesenta mil por media hora.

—Vamos.

—¿Qué debo hacer?

—Ven que yo me encargo —dijo llevándome de la mano a un rincón del local.

En la esquina derecha había un escritorio y detrás una mujer con cara de cólico que no superaba los veintidós años.

—Arreglé media hora por sesenta.

—¿Tan poquito?… Usted verá si quiere regalar su trabajo —respondió la mujer con agresividad—. La plata —dijo mirándome a los ojos.

Entregué los billetes y a cambio ella lanzó sobre el escritorio dos preservativos y un rollito de papel higiénico.

Daniela me volvió a tomar de la mano y me llevó por el pasillo. Nos detuvimos en la mitad del callejón y entramos a un cuarto de uno cincuenta de ancho por dos metros de largo. En la esquina superior izquierda había una caneca atiborrada de preservativos y papel higiénico. En el margen derecho estaba la cama con una sábana vieja.

—Desvístete que media hora se pasa volando —dijo Daniela.

—Me parece que fue mala idea venir.

—Quítate la ropa —repitió mientras se desvestía.

Sus piernas eran largas, sus nalgas parecían desvanecerse en la penumbra, sus brazos intentaban cubrir a sus senos del frío que penetraba por todas partes.

Desde afuera llegaba el enredo de una pelea. Caían botellas al tiempo que las mujeres gritaban.

—¿Por qué está desanimado? —preguntó Daniela señalando mi pene.

—Gastaría más de media hora contándote.

—Espera a ver si lo convenzo —dijo mientras me masturbaba. —Ves que el señor sí quiere acción —afirmó minutos después, cuando el pene empezó a crecer.

Me puso el preservativo y se inclinó para hacerme sexo oral. Succionaba y movía la lengua, pero yo no sentía nada. Sólo pensaba en las circunstancias que nos condujeron hasta este lugar.

—No te desconcentrés —decía cuando sentía que el pene perdía rigidez. Me veía obligado a hacer el inventario de imágenes excitantes para sostener una erección precaria.

—Deja así —pedí agobiado por el esfuerzo.

—¿Quieres penetrarme?

—Sí.

—Tú arriba que tengo seis botellas de Smirnoff en el estómago y la sacudidera me dan ganas de vomitar.

El cuello le quedó doblado. Se movió sutilmente mientras abría las piernas. Me acomodé entre ellas y tomé el pene para penetrarla. Cerró los ojos como si esperara un momento doloroso y después cruzó una expresión de asco por sus labios. Contemplé su piel morada por estar expuesta ocho horas de frío, la arruga que se formó por la posición de su cabeza, los pezones más claros que he visto en mi vida, el vientre adornado por el tatuaje de su nombre entretejido con hojas y espinas de una rosa cuyo capullo es la diéresis de la i, su pelvis depilada y mi pene flácido. Remonté el camino y me encontré con los ojos de Daniela.

—¿Por qué me mirás así?

—No puedo hacerlo.

Me acosté boca arriba. Contemplé las cicatrices que el tiempo había dejado en el techo. Me quité el preservativo y lo lancé a la caneca. Daniela puso la cabeza sobre mi pecho y surcó el vientre con una caricia.

Afuera la pelea dio paso a un rumor de voces que fue superado por la voz arenosa de Ana Gabriel: Para que nuestro amor / se hunda en esta adversidad

Daniela giró y acomodó su cabeza sobre mi brazo izquierdo. Giré quedando detrás de ella con el brazo derecho sobre su vientre. Acarició mi pierna con una ternura sincera.

Después de treinta y tres años de buscar el sentido del amor, lo encontré al lado de una mujer con una soledad más profunda que la mía. Y no digo que lo encontré porque me haya enamorado instantáneamente de ella, lo que sería ridículo. Lo digo porque esa noche, cuando me aferré a su desnudez como si no existiera otra cosa en el mundo, entendí que el amor no es una búsqueda abstracta, sino escapar de las desgracias más concretas y amargas. El amor es buscar una sonrisa en mitad del naufragio.

Antes de que el sueño me llevara completamente, golpearon la puerta con violencia.

—¡Se enamoraron! —gritó la mujer que nos atendió.

—Ya salimos —respondió Daniela con la voz pastosa. —Dame una hoja y un lapicero —me susurró al oído.

Le di el cuaderno. Escribió el número de su celular. Nos vestimos rápidamente y salimos a un local en el que tres mujeres rodeaban a un hombre que tenía la camisa abierta hasta la boca del estómago.

La dejé en la misma silla en el que la encontré horas atrás y bajé por las escaleras. Abajo había un grupo de taxistas que bebían aguardiente entre la algarabía de un picop a todo volumen. Al otro lado de la carretera caminaban Charlie B y Carlos Castillo Quintero. Reían a carcajadas. Su alegría era tan contagiosa que estuve tentado a cruzar la avenida para acompañarlos. Pero no lo hice. Preferí caminar sin rumbo, como si fuera un barco enloquecido.

 

Diego Niño

@Diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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