Martes, 28 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Calixto Ochoa y su esposa Dulzaide Bermúdez

Durante el recorrido de esta crónica, las lágrimas nunca le faltaron a Dulzaide Bermúdez Díaz, quien no podía contenerlas porque el recuerdo del maestro Calixto Antonio Ochoa Campo invadía completamente su pensamiento. Ella, su fiel compañera, habló durante dos horas de lo que fue su vida desde el día en que lo conoció y hasta cuando se despidió del mundo terrenal.

Las lágrimas eran contrarias a la promesa que le había hecho al maestro cuando en una ocasión lo notó mal de salud y se puso a llorar. Él, al verla, le preguntó el motivo y ella solamente atinó a decirle: “Te estoy llorando en vida, porque muerto ya para qué”. En ese momento, él también la acompañó en el llanto, le sirvió para retomar fuerzas y salir adelante.

La foto del comienzo

Para Dulzaide, sintetizar tantos y tantos años desde que conoció al “maestro”, como lo llamaba, no es tarea fácil porque encierra todo un compendio de hechos que son la verdadera radiografía de ese campesino que supo darle el mejor uso a su acordeón, poner el cerebro en fila logrando que le regalara melodías y las letras adecuadas con la finalidad de poder armar las canciones  que eran y son la alegría de muchos.

Después de pensar por un momento, comienza a narrar: “Al maestro lo conocí en el año 1971, exactamente en la caseta ‘Brasilia’ del señor Delio Cotes, acá en Valledupar. Yo era una jovencita y mi mamá Alicia Díaz me llevó. Tocaron Los Corraleros de Majagual”.

Los recuerdos los tenía a flor de piel, y continúa. “Él, al poco tiempo me saludó, me invitó a bailar y mi mamá concedió el permiso. Después pasamos a la mesa y muy amablemente me pidió que nos tomáramos una foto. Esa foto la guardo como el mayor tesoro, porque fue el inicio de algo que el tiempo se encargó de unir”.

De pronto, hace una pequeña parada para indicar que la historia es demasiado larga, donde cada uno tomó su camino y más adelante se encontraron para vivir sin contratiempos. Entonces, aparecen escenas de Valledupar, Cartagena, Barranquilla, incluso, Estados Unidos, exactamente en la discoteca ‘La Clave’ de Miami, donde en medio de música llenaron juntos el crucigrama del sentimiento que los llevaría tiempo después a la ciudad de Sincelejo donde vivieron juntos desde el miércoles 23 de junio de 1993, primero en un apartamento, para luego pasar a su propia casa ubicada en el barrio Las Terrazas.

Después de contar algunas cosas de esta inigualable relación, regresa en el tiempo para comentar que Calixto Ochoa tuvo su propio razonero. “Mis padres eran muy celosos conmigo, pero recibía las carticas y los regalos que me enviaba el maestro a través del cajero Simón Herrera, padre del rey vallenato Juan David Herrera. Claro, que en ese tiempo no se concretó nada. Era joven y estaba estudiando. De todos modos quedó la semilla”.

Enseguida se llevó las manos a la cara y atrapó las lágrimas que brotaban sin pedir permiso. En ese momento, el recuerdo le movía su corazón de lado a lado.

Todos los recuerdos

Dulzaide sigue narrando que Calixto Ochoa era su todo, que lo admiraba por todo lo que significaba para el folclor colombiano, que conoció de primera mano sus gustos y hasta sus terquedades, que ella sabía llevar con la mayor paciencia para que se sintiera feliz.

“A pesar de haber sido tan grande, nunca se creyó lo que era. A pesar de haber salido de donde salió, siempre fue el mismo Calixto Ochoa. Él siempre fue la misma persona que salió de Valencia de Jesús, el que yo conocí, siempre fue ese hombre humilde, del pueblo. Las noticias relacionadas con premios, reconocimientos y demás, eran como cualquier noticia de ayer”.

Contó que el maestro Calixto se retiró de toda actividad musical con Los Corraleros de Majagual en 1994, porque aseguraba que ya estaba bueno. “Es mejor retirarse uno, a que lo haga el público. Ya hice lo que iba hacer, no voy más porque me dedicaré a componer”, solía decir Calixto Ochoa.

Efectivamente, se dedicó a componer hasta que cayó enfermo. “A un lado quedaron varias canciones, algunas iniciadas y otras que tenía proyectadas por las historias que le contaban los que frecuentemente lo visitaban. No volvió a tocar el acordeón, se dedicó a ver los noticieros de televisión y muchas novelas, entre ellas la de Diomedes, porque se veía reflejado en la misma. Muchas veces lloró cuando sonaban sus canciones en la serie y la nostalgia lo arropaba”, contó Dulzaide.

Recuerda también que no se perdía un partido de su querido Junior y más de la selección Colombia, ocasiones en las que ordenaba que le buscaran la camiseta amarilla, una cachucha y un pito. “Ese pito lo sonaba, se emocionaba, cuando metían un gol no cabía de la dicha y se volvía comentarista. Y cuando un árbitro pitaba algo en contra de la Selección, ya le digo, cogía su cipote rabia”. En este momento, la protagonista de la entrevista medio sonrió.

Poco a poco, Dulzaide Bermúdez iba dando a conocer su historia al lado del maestro Calixto Ochoa, y si le faltaba algo por decir, se regresaba de inmediato. “La vez que me conoció en Valledupar y habló conmigo, me prometió componerme una canción. Le dije que mucho cuidado, porque mi papá era muy bravo, aunque mi mamá era una gran seguidora de su música. Fue por mi mamá, quien me hablaba del maestro Calixto y su obra musical que aprendí a quererlo. Definitivamente, me enamoré cuando noté que él se fijó en mí”.

Las añoranzas no le dejaron más salida, sino que volver a llorar al diseñar en su mente ese momento sublime del amor donde las alegrías del corazón se adornaron con pétalos de rosas perfumadas.

El último cumpleaños

Que linda está la mañana

en que vengo a saludarte

venimos todos con gusto

y placer a felicitarte

Aquel viernes 14 de agosto de 2015 fue un día único, porque el gran Calixto Ochoa estuvo encantado y feliz con tantos detalles recibidos. Fue el día de su último cumpleaños.

“Él quería pasar su cumpleaños en Coveñas, Sucre, pero a propósito comencé a atrasarle la fecha. El día del cumpleaños llegó un grupo de mariachis bien temprano. Les dije que en cinco minutos subieran al cuarto y comenzaran a darle la serenata. Cuando escuchó las trompetas se sorprendió, preguntó sobre la fecha y le dijeron que era 14 de agosto. Al compás de la música el maestro comenzó a llorar y al final dio las gracias por el detalle”.

Después, lo bajaron hasta el tradicional kiosco donde se hicieron las más memorables parrandas y se armó la fiesta con diversos grupos musicales, entre ellos, el de Farid Ortiz; pero el máximo regalo con el acordeón lo recibió por parte de su hijo Rolando, quien se paseó por sus grandes éxitos, al tiempo que juró llevar su nombre y su obra musical hasta el infinito.

Yo a ti te juro por mi mamá que te quiero mucho

y se equivoca el que esté pensando que no es así,

ya yo no puedo olvidarte a ti ni por un minuto

y lo que pasa es que ya no puedo vivir sin ti.

Recuerda Dulzaide que las frases de sus canciones le tocaron el alma y ese día lloró al lado de los suyos, quizás como nunca lo había hecho, sin pensar que no disfrutaría otro cumpleaños.

Llega una nueva parada. Más lágrimas brotan de sus pupilas mientras relata que “para mí el estar al lado de Calixto era mucho, era lo más grande que yo tenía. Estoy muy agradecida con él por permitirme pasar a su lado los últimos momentos de su vida, esos años en los que me enseñó que lo mejor del mundo era la pureza del alma y el amor a tiempo”.

Amor por Valencia

En otro de los episodios de la vida del rey vallenato Calixto Ochoa aparece su pueblo, Valencia de Jesús, ese al que nunca se cansó de exaltar y cantarle. Precisamente, había decidido regresarse de Sincelejo, donde vivió casi 60 años, y estar en su pueblo natal, pero la muerte se le adelantó.

“El maestro había pedido irse para Valencia de Jesús. Le entró una nostalgia muy grande y decía que le arreglaran la casa del papá. Se comenzaron los arreglos para estar allá antes de diciembre, pero se enfermó y murió, y con el dolor del alma se le llevó, pero fue para su tumba. Se le cumplió su última voluntad”.

Nuevamente empieza a disertar sobre la vida y obra del hombre genial que le cantó con la mayor sapiencia a las cosas cotidianas con resultados admirables, recibiendo en vida los más grandes reconocimientos. En ese instante, Dulzaide Bermúdez recordó una canción que lo marcó para toda la vida:

Yo recuerdo que le dije

déjeme viví otros años,

pero esto fue un sueño triste

porque desperté llorando.

En el año de 1969 Calixto Ochoa compuso la canción ‘Sueño triste’, en la que cuenta la historia que vivió en su pensamiento, y donde la muerte con todo su misterio fue la protagonista; añadió más renglones del sueño raro y triste cuando se imaginó muerto y todos comentando “tan bueno que fue el difunto”.

Cuarenta seis años después ese sueño se cumplió, como lo dibujó esa mañana al despertarse, y que ahora no pudo ver, pero fue un sueño calcado porque hubo luto, los acordeones llorando y su morena estuvo inconsolable.

‘Sueño triste’, la canción que grabó el mismo Calixto en 1970 cuando tenía 36 años, y diez años después lo hizo con total éxito Diomedes Díaz al lado de Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza.

A Calixto Ochoa, según la petición que le hizo en la canción, la muerte lo dejó vivir otros años, en los que pudo coronarse como Rey Vallenato en 1970, ser finalista del primer Festival Rey de Reyes en 1987, ver florecer cientos de canciones que fueron el pan de cada día de los amantes del auténtico vallenato, y en el año 2012 recibir el más grande homenaje en el Festival de la Leyenda Vallenata.

Casi al finalizar, el diálogo con Dulzaide volvió casi al comienzo y se estacionó en 1970, cuando el maestro Calixto se coronó Rey Vallenato. “Mi mamá me contó que en uno de los kioscos hizo una presentación memorable, la gente lo aplaudía mucho, cuando ganó lo pasearon y en su pueblo eso fue lo más grande”.

Para ella, esa fue la película más brillante del célebre hijo de Valencia de Jesús, pero como conocedora de sus gestas musicales sorprende al dar el nombre de las canciones que interpretó. “Y cómo se me van a olvidar: El paseo ‘Muñequita linda’, el merengue ‘Palomita volantona’, el son ‘La interiorana’ y la ‘Puya regional’, todas de su autoría”.

En esta gesta folclórica se presentan las palabras de Consuelo Araujonoguera, ‘La Cacica’, quien lo describió de la manera más precisa: “Calixto Ochoa…es extraordinario, es el representante de la clase vallenata que tiene sabor a tierra, a boñiga, a ganado, a campo, a trabajo, a sudor, a esfuerzo. Yo, diría que Calixto Ochoa es lo más auténtico dentro de la música vallenata”.

Durmió para siempre

La última noche de vida del maestro Calixto fue diferente. Estando en la clínica, Dulzaide le dio la despedida sin pensar que lo hacía. “En un momento que lo noté tranquilo, no sé cómo se me ocurrió, comencé a bailarle y a cantarle alrededor de la cama esa bella canción: ‘Los sabanales’.

Cuando llegan las horas de la tarde

que me encuentro tan solo, y muy lejos de ti…

Me provoca volvé a los guayabales

de aquellos sabanales donde te conocí.

“Él, se limitaba a sonreír, a seguirme con su vista y cuando terminé, me aplaudió. Entonces, le regalé un beso en la frente. Al cabo rato se quedó dormido para siempre”. En este momento regresan las lágrimas, al recordar que pasadas pocas horas la llamaron a decirle que el maestro había partido para la eternidad. Esa fue la madrugada del miércoles 18 de noviembre de 2015.

Ella, vestida de negro, sigue guardando luto por el hombre que se paseó por la vida tocando su acordeón, cantando y componiendo esas canciones donde está calcada su vida, muchas historias reales y naturalmente su querido pueblo, Valencia de Jesús.

Calixto Antonio Ochoa Campo, lleno de una sabiduría natural siempre supo que la vida no era estable todo el tiempo. Era solamente un sueño, y antes de morir había que aprovecharla.

 

Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Cultivo de folclor vallenato
Juan Rincón Vanegas

Periodista, escritor y cronista, natural de Chimichagua, Cesar y ganador de distintos premios de periodismo con historias del folclor vallenato y sus distintos personajes. Actualmente se desempeña como Jefe de Prensa de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata.

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