Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Cuando exclamamos que “el diablo anda suelto”, es porque nos está tocando caminar con él en las mismas calles. La necesidad con cara de perro nos ladra en la costa Caribe, donde hemos visto los distintos  efectos del mototaxismo que para la Real Academia es: en una motocicleta de tres ruedas con techo, que se usa como medio de transporte popular para distancias cortas. Muy contradictorio para nosotros, donde el significado es irresponsablemente distinto.

Eso sí, originó en cierto tiempo solución al creciente desempleo que hacia metástasis en la necesidad e inclemente miseria. Esta actividad hoy en día directamente asociada a la delincuencia -sin generalizar-, se convirtió en un cáncer a extirpar por bienestar de la comunidad, cirugía que no ha sido exitosa, gracias a que los dirigentes no han aplicado la técnica adecuada. La inversión en el trasporte público no se montó al bus, la inversión en lo social no llegó al paseo y la solución al desempleo  brilla por su ausencia.

¿Qué tan miserables tienen que ser los que hoy en día, poseen como trasporte una motocicleta? A diario me encuentro con casos insólitos narrados por conocidos, -sobra decir que son personas de bien, trabajadoras-, que con sus testimonios fácilmente trasmiten su impotencia e inconformidad, tocado por la empatía ruego a Dios que esto cambié, que tiente el corazón de funcionarios que predicaron pero hoy no aplican.

Un suceso en específico fue “la tapa de la cajeta”. Me impulsó a realizar esta crítica. Un familiar. Camino a su trabajo en inmediaciones a la glorieta de los gallos  –de Valledupar-  fue abordado por policías de tránsito que después de hacer su respectivo procedimiento, prosiguieron a inmovilizar la motocicleta por no contar con el seguro obligatorio, no les valió de nada el recibo donde daba constancia que estaba pago y en trámite  (para nadie es un secreto que en Valledupar ninguna agencia vende SOAT para motos, por lo que les toca hacer el trampolín y encargarlo a otras ciudades como Bogotá, trámite que dura entre 5 y 15 días).

La inclemencia de los agentes, justificada por la “falta”, no dio tiempo a subjetividades y solo llevó al actuar de la grúa sin dolor alguno, llevándose el medio de trasporte que para muchos hogares es un baluarte que los defiende de la necesidad. Sin solución en ese momento, le tocó  esperar varios  días en espera del SOAT –días que se suman a la multa, gracias al gentil cobro de parqueadero-  para sacar la motocicleta  le tocó además de usar bus, también “bajarse” de él con aproximadamente “setecientos mil pesitos”, un hombre con 3 hijos, arriendo y servicios públicos por pagar, no me pregunten cómo los consiguió (sospecho que gota, gota).

Para acrecentar la congoja, cuatro días después en la misma glorieta  cae de nuevo en “la pesca milagrosa”, esta vez  con tecnomecánica vencida -no por irresponsable, si no, por pobre-. La motocicleta no logró pasar el día anterior el examen por tener las llantas lisas, con certificado en mano y sin dinero en el momento para hacer los respectivos arreglos, tratando de tocar el corazón de los agentes recurriendo a la lástima, lástima que no dio resultado sobre los agentes -de los que creo eran de la misma escuela de indolentes que los anteriores-  dieron con ínfulas de poder una única solución, la  grúa.

Qué tan desdichados tienen que ser los habitantes de esta ciudad que no tienen cómo ir a sus trabajos en camionetas lujosas o en un sencillo -pero no accesible- automóvil. Me gustaría preguntarles al alcalde y sus respectivos asesores ¿qué pecado va adherido al motor que remolcan solo dos llantas? Estos casos no son casualidad encontrarlos, estos se dan a diario por centenares. Es incoherente que  un dirigente que sudó en campaña el casco prestado de motociclistas, donde se mostró muy preocupado por esta comunidad, hoy se muestre indolente con ellos. Quiero pensar que no es él, que son otros y él le dará una pronta solución.

La miseria hoy en nuestra ciudad rueda en dos llantas, la zozobra y necesidad son sus fieles compañeras, pero qué esperar de una ciudad donde la muerte anda en cuatrimoto, y es como la custodia de Badillo. Todos -menos yo- saben quién fue y nadie hace nada. Como dice el ex-senador Moreno de Caro: “Esto tiene que cambiar”.

 

Andy Romero Calderón 

@Andy_RomeroC 

Vallenato de Guacoche
Andy Romero Calderon

Vallenato de cédula, guacochero de nacimiento. Ingeniero de sistemas de la Universidad Popular del Cesar. Me gusta la buena crítica y política, sin caer en sus vicios y hasta donde los argumentos me dejen llegar. Amante de la buena música y no de un género en específico. El silencio es, después de la palabra, el segundo poder del mundo. Twitter: @andy_romeroc

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