Sábado, 25 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Diego Rivero Galvis / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co

El primer contacto formal que tuvo con la música fue en el colegio INEM de Bucaramanga. Tenía doce años de edad, hacía séptimo de bachillerato y la poesía empezaba a tronar en sus oídos. Entonces, una mañana calurosa, cuando salía al recreo, un compañero de curso se aproximó a él con un walkman entre las manos y le pidió que oyera un solo de guitarra de Kirk Hammett, superestrella de la banda Metallica.

—Al terminar de oír esa interpretación tan majestuosa, corroboré que quería ser músico —manifiesta con su voz pausada pero firme.

Al día siguiente, buscó una guitarra y comenzó a tocar como un loco que no tiene cura. Después se inscribió en una electiva con énfasis en música y conoció a Humberto Triana, su primer guía musical. Gracias a él pudo ingresar a la orquesta de cuerdas del INEM y aprender ciertas técnicas y hasta trucos. Embrujado por las armonías dulces de los instrumentos, obtuvo un cupo en la orquesta de cámara de la UIS sin haber culminado con el bachillerato: fue un acto de pasión, de rebeldía.

Allí conoció al polaco Andrejz Lechowsky, quien lo ayudó a desenvolver sus habilidades artísticas y lo condujo a degustar las mieles del violín. Cuando terminó el bachillerato, no vaciló en proyectar su porvenir y de inmediato se matriculó en el programa de Licenciatura en Música de la UIS. De modo que siguió desarrollando su talento con varios tutores, entre los que estaba la ucraniana Irina Litvin. Su vida deambula entre unos tipos de música que a simple vista pueden parecer lejanos.

—El rock, el metal y la música clásica son hermanos distintos —señala con seguridad—. Nacieron en tiempos diferentes pero sus armonías tienen exigencias técnicas y melódicas parecidas.

Diego Rivero Galvis nació en Bucaramanga hace 29 años. Tiene pecas en el rostro, la piel blanca y el pelo largo. Es un tipo honesto, noble y suave, pero con mucha determinación: no le gusta dejar las cosas a medias. Domina de una forma magistral el violín, la guitarra y el piano, pero también puede ejecutar y enseñar el tiple, la viola, el violonchelo y el contrabajo. Ha creado algunas piezas musicales de innegable hermosura y ejercido como director del Grupo de Cuerdas UIS-INEM y del Grupo de Cuerdas de San Vicente de Chucuri.

Llegó a Valledupar en agosto de 2012 con el propósito de dirigir la Orquesta Sinfónica, que era auxiliada por la Fundación Batuta y el Ministerio de Cultura. El proyecto solo duró un año y medio, la falta de apoyo económico hizo que fuera un imposible su continuidad. Sin embargo, los resultados fueron emocionantes. Diego alcanzó a tener 120 estudiantes, la mayoría emergían de las zonas más pobres de la ciudad y tenían que hacer largas caminatas para llegar a las clases. A todos les enseñó algo elemental:

—Arriba el índice y lo movemos —exclamaba alzando el suyo—. Ven, todos somos capaces de mover el índice. Igualmente, en la calle cualquiera es capaz de empuñar un arma, mover un dedo y disparar, pero nosotros aquí venimos a mover los dedos para hacer música.

Aún Diego está en Valledupar. Más allá de la indudable falta de apoyo, dice que sigue aquí porque no le gusta dejar las cosas sin culminar, porque por encima de las entidades siempre debe estar el poder transformador de la música. Por eso su ilusión se mantiene y ahora se la está jugando con la creación de la Fundación Filarmónica del Cesar, un proyecto que cuenta con el beneplácito de un grupo de ciudadanos independientes y con el sostén logístico de Maderos Teatro.

—Un pájaro nunca se queja de sus alas para elevarse —reflexiona sobre su lucha mientras que sus ojos irradian una esperanza inacabable.

 

Carlos Cesar Silva

Twitter: @CCSilva86

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