Viernes, 22 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Fiestas patronales de Tamalameque (Cesar, Colombia)

Desde muy joven he sido un observador atento de la cultura de mi pueblo y he ocupado parte de mi vida documentándola en escritos que he publicado en mis libros, en artículos periodísticos, en revistas y en algunos blogs que para tal fin tengo. Mi preocupación por este tema es meramente sentimental, sin desconocer que me mueve la curiosidad intelectual por investigar y documentar; de ésta manera devuelvo a mi pueblo, a través de mis escritos, lo que es de ellos, solo pretendiendo que no muera, que no se extinga nuestra cultura, y así contribuir a que las nuevas generaciones la conozcan y la resignifiquen.

En septiembre se festeja al Santo Patrono de Tamalameque, El Santo Cristo, y como siempre, en dichas festividades se muestra nuestra cultura y tradición; por ello, año a año, festejamos estas calendas con las novenas y se presentan lo que llamamos «números», que no son otra cosa que gigantonas, enanos, varas de premios, carreras de encostalados y por las noches, después de procesión, los muchachos se divierten pateando en la plaza principal «las bolas de fuego», en tanto otros corren desafiando las candentes «vaca locas», todo esto animado por la música de viento y el estruendo ensordecedor de los voladores que explotan en las alturas.

Se han perdido «números» muy tradicionales como «gallo enterrao», «la carrera de limones», «la tabla mágica»,  una tabla llena de miel, con monedas incrustadas, que era suspendida por una cuerda a la altura de los muchachos y el joven participante con las manos amarradas a la espalda intentaba arrancar, con tan solo los dientes, las monedas adheridas a dicha tabla. Otro de los números olvidados es «la puerca pelá», una marrana afeitada y untada de grasa, que era soltada ante la multitud y era el premio a quien la alcanzara a coger.

El propio 14 de septiembre los «números» eran reservados para las personas pudientes del pueblo, pues los finqueros hacían prevalecer su condición económica, pavoneándose orgullosos en la cabalgata, donde montaban sus caballos predilectos y en las tardes mostraban su poderío en el palco de honor de la corraleja donde consumían alcohol y azuzaban al vulgo para que expusieran sus cuerpos a las enhiestas astas de los toros que ellos traían para ser toreados. Hoy su descendencia, venida a menos económicamente, hace un pálido remedo de esos tiempos de bonanza y poderío familiar.

En la plaza principal, después de concluida la procesión y la misa, después de vaca locas y bolas de fuego se encendía «el castillo» de fuegos artificiales que era admirado y aplaudido por el pueblo, generalmente era donado por una marca, ya desaparecida, de café. A partir de ahí se iniciaba el «porro» y cuando estos terminaban, el público emigraba a los bailes de Pick up que se realizaban en los bailaderos públicos. En tanto que lo adinerados festejaban con sus pares en los llamados bailes de gala con la música de viento.

Hoy las fiestas no son lo mismo, todo ha cambiado, ya no hay bailes de pick up, ni se hace el porro del 14, ahora en la plaza principal se presentan grupos vallenatos y la gente se emborracha y goza hasta el amanecer y entre tanda y tanda del conjunto, el animador ensalza y adula al alcalde de turno y el pueblo aletargado por el licor aplaude o rechifla según las simpatías políticas.

Estas festividades son aprovechadas por los paisanos que viven fuera, para visitar al pueblo y reencontrase con familiares y amigos, en un retorno amigable a la tierra donde nacieron. En esas parrandas de paisanos se enteran de los acontecimientos cotidianos del pueblo, pues ahí se escucha de muertes, infidelidades, casamientos, uniones libres y uno que otros pecadillos que se murmuran a media voz.

Son las fiestas patronales el evento que congrega a los paisanos, en éste se da el pulso entre las grupos políticos del municipio, es ahí el ambiente propicio para hacer uniones y en secretas reuniones de traspatio los coaligados confabulan contra los opositores tratando de recomponer la balanza electoral. Son éstas fiestas el punto de escape de las tensiones locales donde cada quien hace la catarsis para expulsar de su interior sus odios y rencores ya que al calor de los tragos los paisanos se reconcilian y se dan el abrazo de hermandad. Hay contadas excepciones, algunos exaltados se salen de sus ropas y dan comienzo a nuevas enemistades. Así las cosas, si no hubieran fiestas patronales, habría que inventarlas para gozarlas.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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