Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

El Palo e mango de la Plaza Alfonso López (Valledupar, Colombia) / Foto: María Ruth Mosquera

Probable es que si se expresa esta tesis en público, algunas personas queden ‘chiflando iguanas’ y pregunten por su significado, con la posibilidad también de escuchar respuestas como “-¡Mejoñe! ¿Cómo no vai a sabé qué significa eso?” o “¡Eche!, si eso lo sabe to’ el mundo”, lo cual no sería un episodio exótico hoy, debido a que la palabra Peringueta, como muchas otras manifestaciones de la tradición oral de los pueblos, se encuentra ‘en aprietos’, que es lo que significa el coloquial vocablo.

Todas estas palabras hacen parte del gran acervo cultural del Valle de Upar, de la tradición oral, cuya dinámica lógica es que sea transmitida a través de las generaciones, de modo que perviva junto con la humanidad, mandato que no se ha cumplido a cabalidad.

“La tradición Oral es el conocimiento que se da a través de generaciones”, define el arquitecto, compositor y pintor Efraín ‘El Mono’ Quintero Molina. “Es todo el conocimiento que adquirimos de los abuelos, los bisabuelos; van pasando de generación en generación y empieza hasta por el modo de hablar”, coincide Alba Luz Luquez, presidenta de la Fundación Amigos del Viejo Valledupar (Aviva).

Lastimosamente, el ejercicio no se ha hecho juiciosamente, de modo que hoy se encuentra en peligro de extinción. “Ya aquí no hablamos vallenato. Hay palabras que decíamos, estar en perendengue, en peringueta, encarapitarse…; son palabras que se están perdiendo, así como los cantos, los chistes, las adivinanzas”.

“Lo sabía mi papa, tuvo la oportunidad de oírlo de su abuelo”, acota ‘El Mono’ Quintero y se sumerge en relatos del viejo Valledupar, en los inicios del Siglo XX, cuando en los inviernos se desbordaba la Acequia que atravesaba lo que hoy es la Plaza Alfonso López y salían peces en abundancia que pasaban a ser sustento alimenticio de las familias. A medida que transcurrió el tiempo, las tierras fueron cambiando, la Acequia sufrió una serie de desviaciones que la llevaron a lo que es hoy la Carrera 12, a donde está la Clínica Valledupar después y hoy es vecina del Batallón La Popa.

Son historias inverosímiles para las nuevas generaciones, por cuanto la tarea de contar estos cuentos para enriquecer el conocimiento de las nuevas generaciones no se ha hecho de manera juiciosa, de modo que los jóvenes de hoy se asombran y dudan de la veracidad de lo que les cuentan sobre el pasado en el territorio.

“Contar las cosas que yo vi en mi infancia tiene que ser ante gente madura porque las nuevas generaciones no lo creen”, confiesa el abogado, poeta, historiador, escritor, folclorista, ambientalista, catedrático y compositor colombiano Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, autor del libro que ya va por su cuarta edición ‘Cultura Vallenata, Origen, Teoría y Pruebas’.

Gutiérrez Hinojosa ilustra su afirmación: “Cuando mis padres se casaron, como regalo de matrimonio, mi abuelo le dio a mi mamá una finca y ahí crecí desde mis primeros días, allá en Becerril. Había caimanes, dantas, pavas, marimondas, venados, tigres, tortugas; el rio Maracas estaba lleno de tortugas de agua dulce, la que en el Amazonas le dicen Charapa, una tortuga grande; había bandadas de guacamayas enormes, frutas silvestres… En Becerril, los niños íbamos con un potecito de avena a recoger Pasitas. Eso era una exquisitez. Ya la generación actual no sabe qué es una Pasita; íbamos a recoger Jagua, los actuales no saben qué caso es eso; era nuestro borojó, del mismo sabor y aroma del borojó,  por eso se llaman La Jagua de Ibirico y La Jagua del Pilar”.

Los relatos coinciden con testimonios de ancianos de ese municipio del centro del Cesar en cuyas memorias pueden verse aún las imágenes de embarcaciones en el río. “El rio maracas lo recuerda incluso gente del interior que se quedó allí, como los tolimenses, por la riqueza de la pesca todo el año. Era una especie o era la otra: el bocachico subía al comenzar el verano, pero el resto de año había besotes y eran enormes exquisitos; había picúa, comelones, doradas, bagres de 80 libras que se pescaban con arpón; eran tan grandes que había que pescarlos con arpón. ¿Quién puede creer eso si el río macaras prácticamente no tiene ni sardinas, lo puedes pasar de un brinco?, dice el historiador.

Eran ríos navegables, fuente de sustento para muchas familias, como lo fueron el Cesar, el Guatapurí y muchos otros que hoy se han convertido en meros atractivos turísticos, con charquitos en los que la gente se baña, mientras duda de los cuentos sobre afluentes majestuosos. “Se andaba en canoas; a las fincas de mi abuelo se iba en canoas que viajaban 14 o 15 personas. Cuando venían las crecientes, en octubre, la gente que vivía al otro lado, por el área de Remolino,  se aprovisionaba porque sabía que durante dos meses no podían pasar el río; se desbordaba, inundaba los bosques de alrededores más de un kilómetro de ancho y allá hacia abajo, en el área del descanso, eran miles de kilómetros inundados, como en el amazonas”, precisa.

Muchos compositores de la región le han cantado a ese pasado, a esas historias que hoy se antojan fantásticas. “Yo recuerdo ahora cuando me escapaba con tantos amigos a juga' en Hurtado; de allá me bajaba flotando en las aguas, sobre un caucho inflado hasta el Sicarare”, cantó el compositor Iván Ovalle Poveda, mientras que “Regresaba a caballo cantando y a mi lado mi padre también; casi siempre caía un aguacero, arroyitos crecían por doquier”.

Tomar cartas en el asunto, generando espacios en los cuales esos saberes sean transmitidos es una necesidad perentoria para la salvaguardia de lo que aún hay en las memorias vivas sobre la tradición oral, ya que muchos de los poseedores de esos conocimientos se han ido sin que quede, testigos de sus memorias. En consonancia con esto, el poeta cantor Adrián Villamizar, líder de la gesta que llevó al vallenato a ser declarado patrimonio inmaterial de la humanidad en medida de salvaguardia urgente, hizo una décima cantada para argumentar la necesidad de proteger este patrimonio: “Cada vez que muere un viejo se van con él la memoria de magníficas historias, llenas de canto y gracejo; me niego a mirar de lejos cómo se apaga una vida, llevándose en su partida al patrimonio de un pueblo; yo aprendí con los abuelos, si no se canta, se olvida”.

Traer a las memorias de hoy las usanzas del ayer, las costumbres  primigenias contenidas en cantos, cuentos, mitos, leyendas, poesía, lugares y otras expresiones, es parte esencial de la programación que para el mes del patrimonio (septiembre), organiza la fundación Aviva. “Estamos tratando de hacer rescate de esa tradición oral con los abuelos. Tenemos un programa este sábado en Valencia de Jesús, donde vamos a llevar a los viejos para que nos cuenten cómo era la vida, en Semana Santa por ejemplo, que comían el viernes santo; ese día la gente no limpiaba, no cocinaba, no había música”.

Se espera y aspira que a esta iniciativa se sumen otras, desde diversos roles y dimensione sociales, para lograr un impacto efectivo que garantice que las nuevas generaciones tengan claro de dónde vienen, para consolidación de su identidad cultural y fortalecimiento de la memoria colectiva y conocimiento pleno de su historia y adopción de su responsabilidad de contarle a las nuevas generaciones lo que a él le contaron.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

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