Jueves, 23 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Rumbo a Guacoche, Valledupar

Antes de que el sol saliera, a víspera de que este columpiara sobre las cumbres de la sierra nevada de santa marta, con distorsión entre el cerro Pintao, la Chiricána y la serranía del Perijá, lo despertaron las pisadas de una recua de burras que entraron a la plaza principal cargadas de sacos llenos de barro, ése que es especial para hacer las tan famosas Tinajas.

No tardaron en llegar los pequeños ganaderos que traían a sus casas los exiguos litros de leche que después convertirían en quesos para venderlos en las cuatro tiendas del pueblo. A las sombras de los Trupillos, se tendía una venta improvisada de un pequeño agricultor que no es más que un oasis en el desierto dentro de una lucha que intenta ganar sobre las ásperas y estériles tierras que les dejaron conservar los burgueses que llegaron con alambres púas y pistolas en cinto a tomar la mejor parte.

La fresca madrugada lo acogía sin confundirlo, roncaban las volquetas que entraban a llevarse la poca arena que dejaba ver el rio Cesar en ese intermitente verano, dos automóviles que en las grandes ciudades pasarían por chatarra, recogían los pocos pasajeros que madrugaban con rumbo a Valledupar, en esa vía que comienzan a trazar por quinta vez –esta vez dicen que si la van a pavimentar, de verdad-.

Una exagerada cantidad de comerciantes ambulantes, perseguidores de fiestas patronales armaron toldas y colgaron de los postes sus improvisadas redes eléctricas, armaron tiros al blanco, ventas de piezas llamativas e inservibles. Los perros con aspectos de vagabundos que duermen en las materas, salen a husmear en los ventorrillos improvisados, sin ningún premio, optan por ir camino a sus casas. Cuando ya dominaba en hedor agridulce de la comida amanecida, la campana de la iglesia repicaba haciendo el llamado a la primera misa. Ya es tres de octubre.

Se abrieron triunfantes las puertas del salón rojo el bebedero por excelencia de los Guacocheros, el vendedor sale arrastrando una mesa de domino para empezar la faena.

-¡Buenos días!  Levántese hoy es un día muy especial, es día internacional de la tinaja Guacochera -está muy contento, sabe que las ganancias serán muchas, se venderá mucho trago, con parte de las ganancias comprara la costosa formula que lo aliviara de una fuerte infección atribuida al agua no potable que le toca consumir-

-Muy buenos días, señor vendedor de licor…

Se levantó de prisa, con dudosa acción en una pluma se lavó la cara con aquella agua que sabia no era buena ni para su áspero cutis, Siervo Romero no es más que una alucinación de un Guacochero que sueña con la tierra siempre anhelada que en camino de desgracias no pudo nunca poseer Siervo Joya  de Caballero Calderón, Guacoche no es más que Tipacoque el pueblito olvidado de inocentes pobladores que por siglos creyeron que un político ajeno a sus necesidades podría mejorar sus condiciones de vida, hoy con un caudal de mucho menos de 700 votos, no tiene las miradas serias de los políticos de turno.

Aunque hoy no estemos inmersos en una guerra de dos colores, mi  pueblo sufre el olvido de los partidos que siguen representando el azul y el rojo, además de los nuevos partidos que se transformaron en mentirosas esperanzas para los incrédulos Godos, Chulavitas y etcéteras. Que prefirieron sufrir una metamorfosis con ganas de mejorar. Los Guacocheros y sus tinajeras les brindarán alegría y un acogedor calor humano no solo  todos los tres de octubres, lo harán siempre, lo que no les podrán brindar es un vaso de agua potable, debido a que no la tienen y las que se les vende en Pimpinas traídas como contrabando de Valledupar no es accesible para los que “Parapetarán” un almuerzo con cinco mil pesos.

 

Andy Romero Calderón

Vallenato de Guacoche 

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