Jueves, 23 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Conversando, vía mensajes de texto, con una amiga de la universidad sobre temas comunes de los que pueden platicar dos jóvenes universitarios del siglo XXI, llegamos a un tema que por estos días es blanco de comentarios, criticas, opiniones, pedagogía e incluso de desinformación, el plebiscito para la refrendación de lo acordado en el proceso de paz entre el Gobierno Nacional en representación del Estado colombiano y la guerrilla de las FARC–EP en La Habana, Cuba.

Partiendo de una de las preguntas más frecuente en medio del auge del proceso de paz, -¿Por qué votarás en el plebiscito?– de un momento a otro, ella me comentó –debido a que estoy dando mis primeros pasos en esto de la opinión–, que tenía algo por comentarme, que estaba segura que me sería de mucho interés. En el mismo instante, previa demostración de interés de mi parte en conocer lo que tenía por decirme, recibí una captura de pantalla de una nota del periódico El Tiempo que titulaba: ¿Quién dejó volar a Mancuso y a ‘Jorge 40’ hace diez años, tras asesinar a dos personas?, reportaje que leí en seguida, sin vacile alguno.

Pero eso no es todo, hubo algo que me dejó anonadado en ese momento y fue el hecho de que ella me dijera: “una de esas dos personas asesinadas fue mi tía”.

Me comentó que su abuela sufrió mucho con la desaparición de su tía aquella tarde gris del 4 de mayo de 1997 en Villanueva, La Guajira, una mujer joven que para la época cursaba tercer semestre de ingeniería industrial y que tenía muchas ganas de salir adelante, de forjar un buen futuro para ella y los suyos.

Angélica, mi amiga, le preguntó hace poco a su abuela qué opinaba sobre el proceso de paz, y por supuesto ese interrogante que no podía faltar, qué iba a votar en el plebiscito. Su repuesta fue un rotundo ‘SÍ’, le dijo que ella no quería ver como seguían asesinando personas sin justa causa, personas inocentes, tal cual como había sucedido con el lamentable hecho donde unos personajes alzados en armas le arrebataron a su hija para siempre, dejando solamente recuerdos en lo más profundo de su corazón, en los espacios más recónditos de sus entrañas.

El testimonio de estas dos mujeres se asemeja al de muchos colombianos que han decidido, de una vez por todas, darle cabida en sus vidas a la pacificación, a la clemencia, a ese deseo de ver una Colombia distinta, por supuesto, sin desconocer los altos niveles de complejidad que conlleva construir una paz integral.

Aunque la autoría de los hechos en los que lamentablemente perdieron a su ser querido, Elizabeth Araújo Vega, no corresponde a quienes hoy finalmente han decidido dejar las armas y acogerse a un proceso de paz, Angélica tiene la plena convicción, al igual que su abuela, que el perdón, la reconciliación y ese importante ciclo constructivo de una paz estable y duradera, que no es nada fácil, pero que resulta sumamente oportuno y necesario, es la mejor vía, la mejor opción.  

Perdonar no debe ser nada fácil, no sé si me estaré pasando de iluso o como sea que le llamen, pero es de valientes hacerlo, qué grande es decirle sí a un nuevo comienzo. No podemos ocultar ciertos puntos como lo intrincado que será hacer del postconflicto una fase de robustecimiento social donde  la violencia sea erradicada, una postguerra ajustada al irrestricto cumplimiento de lo acordado por las partes, pero he ahí la esencia, aceptar el reto, Angélica y su abuela ya lo asumieron, acto que deja ver su inmenso coraje, ello evidencia que son, ‘Dos mujeres valientes’.

 

Camilo Pinto Morón

@camilopintom

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