Jueves, 23 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Obra Vientos de guerra de Andrés Lobo Guerrero

La paz con guerra como la letra con sangre entra. Esta es la estrategia de la guerra que consigna el establecimiento en Colombia. Los intentos de diálogos fracasan porque se quiere hacer la paz sin que se lleven a cabo profundas transformaciones económicas, políticas y sociales en el país. La paz solo es posible si se derrotan las causas endógenas que originaron la guerra, y esto solo se logra si hay realismo y voluntad política por parte del establecimiento y la insurgencia.

Las causas históricas que la originaron siguen vigentes, aunque no deberían serlo sus métodos de lucha. Hay que cambiar las estrategias para la obtención de la paz y el poder, no por la vía de la guerra, que ya ha dejado muchos muertos y profundas heridas, sino de la negociación y el diálogo. El día que el establecimiento y los grupos insurgentes decidan hacer la paz, sobre la mesa debe estar la profunda convicción de querer transformar al país, donde los pobres sean menos pobres y los ricos sean menos ricos, que es por lo que nos estamos matando desde tiempos inmemoriales.

Guerra y política

La guerra de Estados Unidos y sus aliados contra el terrorismo es tan terrorista como el terrorismo de las facciones fundamentalistas contra Estados Unidos y sus coaliciones, que legitimado con la fuerza del país más poderoso del planeta son los filibusteros de la política desde comienzos del siglo XIX.

Su imperialismo exacerbado los hace creer que son los dueños del mundo, y su política criminal ya hace parte de la historia universal de la infamia. La diferencia del terrorismo fundamentalista y el terrorismo de la Casa Blanca, es que el del Pentágono es una “guerra preventiva” de supuesta defensa de la democracia y los valores de Occidente, y el de los musulmanes es una “guerra santa” contra el “imperio del mal” y una defensa de su cultura y sus riquezas legendarias.

Se explica históricamente el terrorismo contra Estados Unidos como la resistencia de los países árabes por no caer en sus dominios en tanto consideran que los americanos se quieren apoderar del mundo. El terrorismo fundamentalista también de alguna manera ha sido creado por los Estados Unidos que financió, entrenó y armó sus guerras contra los soviéticos y sus países vecinos, y cuando ya no sirvieron más a sus intereses, los declararon sus enemigos acérrimos. La política es el arte del engaño y, como ya es sabido por Karl Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios.

Guerra y negocio

La esquizofrenia de la guerra que vive Colombia debe ser un gran negocio, porque si la insurgencia no es capaz de tomarse el poder por las armas, y el ejército constitucional no es capaz de derrotarla, con toda la tecnología de sus asesores norteamericanos, sus satélites y arsenal bélico, es porque alguien se beneficia de esta guerra que no tiene fin; descubrir quiénes son los que se benefician con la guerra es un principio estratégico para comenzarla a terminarla, porque el ajedrez de la política nacional debe ser jugado de otra manera, para que no nos sigan dando jaque mate.

No reconocer que el país se desangra sobre la hierba y los ríos y las calles y las montañas como resultado de una guerra, y no como un simple conflicto armado generado por profundas desigualdades sociales o negación de espacios políticos, es también permitir que la guerra continúe sin la efectiva voluntad política de terminarla, y no reconocer a los protagonistas de la guerra, sin un diálogo a fondo del país que se sueña y sin la voluntad política real de eliminar los privilegios en una justa distribución del poder, la justicia, la riqueza y la tierra, la guerra continuará, porque la única manera de terminar con la guerra es eliminando las causas que la generaron y la justifica para sus guerreros, y con los medios que mantiene vivo sus fuegos. Si los dueños del país quieren terminar con la guerra, ese sería un gran negocio, pero parece que mantenerla le da mayores ganancias. John Lennon canto una vez: la guerra ha terminado…..si lo deseas….

Terrorismo y Estado

Alguien dijo que la guerra es el terrorismo de los países ricos, como el terrorismo es la guerra de los países pobres. El terrorismo no son solo los atentados indiscriminados contra objetivos civiles y públicos, es también la amenaza de muerte que fomenta el miedo, la política de persecución y sospecha que se impone contra las ideas y las personas u organismo que trabajan por los derechos humanos.

Los Estados y sus ejércitos son a veces un aparato de terrorismo más sangriento que el de las acciones de los atentados suicidas, porque condenan a millones de personas con su modelo económico y político a vivir en la miseria o la guerra y saquean sus riquezas y violan su soberanía con un ejército de ocupación. La cultura del terrorismo se ha impuesto como una nueva forma de estigmatizar las luchas de los pueblos, pero no caigamos en la trampa de definir como terrorismo todo lo que se señala desde el poder; el nuevo caballito de batalla de los imperios para dominar también desde las ideologías. Los gobiernos de Estados Unidos e Israel, por solo mencionar dos ejemplos, son también terroristas.

Fútbol y fanáticos

Los fanatismos deportivos, religiosos o políticos son el resultado de la alineación humana. En Colombia el fútbol es el opio del pueblo en tanto actúe como válvula de escape o distractor de la realidad social, a veces los fanatismos deportivos son aceptados por la sociedad como si fueran una patología inofensiva y las consecuencias de esa permisividad hacen que surjan en el deporte del fútbol las “barras bravas”, una expresión social de los jóvenes a su marginalidad y no futuro, y una mezcla social de pobreza, droga y alcohol.

Son expresiones urbanas de los jóvenes socialmente marginados en las ciudades que no encuentran espacios en donde canalizar sus imaginarios y paradigmas. La encuentran en el fútbol porque es un deporte de masas y allí ejercen sus liderazgos que hace que la manada los siga, porque como rebaños necesitan de un líder o un pastor que los guíen y los haga sentir que son expresión, símbolo o fuerza.

La agresividad es el resultado de su frustración individual en un país que los frustra social y humanamente. La cultura del deporte tiene que entenderse como una expresión artística, como el arte o la música, y esto es una cuestión cultural que hay que construir socialmente, también mediante la reducción de la brecha cada vez más amplia entre marginalidad y sociedad.

En el país de las masacres

En el país de las masacres como lo es Colombia, la muerte es una operación de ajusticiamiento que ejecutan los paramilitares, la guerrilla, el ejército y o los traficantes. La política que sustentan estas alevosas y sediciosas masacres es, desde las diferentes perspectivas ideológicas de los actores armados, eliminar al enemigo y sus colaboradores en una guerra que es la cultura de la muerte que se ha impuesto para el logro de sus objetivos políticos, militares y económicos. Un fuego cruzado donde la población civil está entre la metralla y la pared.

La deshumanización de la guerra en Colombia, lleva a asesinar en grupo como un  efecto de intimidación y fomento del miedo que asegure el dominio de un territorio, una política o unos intereses creados. La guerra que se genera en este país es sostenida por los mismos que se usufructúan de sus muertos con la venta de armas y drogas y que ejercen el poder para formar ejércitos a su servicio o al servicio de un establecimiento que los mantiene para beneficiarse de la guerra, que es tan buen negocio como el negocio de la droga o el petróleo.

El paramilitarismo

La desmovilización de los grupos paramilitares en Colombia es un cambio de estrategias de la guerra de estos grupos armados que pretenden ahora convertirse en un paramilitarismo civil desarmado. Quieren pasar de un paramilitarismo armado a un paramilitarismo civil, que se reinsertará en la sociedad como grupo político en las ciudades, desde donde comenzarán a ejercer su actividad política.

Una nueva estrategia que irá eliminando a los pequeños y débiles grupos políticos como punta de lanza de un nuevo proyecto político del paramilitarismo en Colombia que ha generado con su guerra el desplazamiento forzoso de miles de hombres y mujeres y niños en una apropiación de la tierra, asesinatos en masacres selectivas y  descuartizamientos con motosierras, apropiándose de miles de hectáreas de tierras, muchas veces con la complicidad del Estado y las fuerzas armadas, justificadas con razones ideológicas de autodefensa. No obstante, las miles de hectáreas de tierras usurpadas de la guerra no han sido entregadas en su totalidad a sus legítimos dueños, en la estratégica desmovilización de la entrega de armas, en el que el paramilitarismo busca legitimarse en la sociedad creando otros frentes de lucha civil. 

El oficio de la poesía

En todo tiempo y lugar existen varios sectores alrededor del oficio de la poesía, que al decir de Luis Cardoza y Aragón, es la única prueba concreta de la existencia del hombre. Están los poetastros, que no astros de la poesía, sino los malos poetas que le hacen mucho daño con sus ripios. Están los aficionados, que escriben los fines de semana o mientras son estudiantes y para los que a veces la poesía es otro sarampión en sus vidas. Y están los poetas, que escriben poesía en serio y que son contados con los dedos de la mano y aún así sobran dedos.

Los lectores de poesía son también una minoría, porque se requiere de una condición especial del espíritu y el intelecto para ser su más fiel lector y, como en todas las profesiones, hay malos y auténticos profesionales y en el oficio de la poesía y otros géneros pasa lo mismo. Pero el peor síndrome, según Augusto Monterroso, es el de encontrar escritores que no escriben y lectores que no leen. La lectura y la escritura de este difícil género de la literatura solo es posible con inteligencia y sensibilidad, que a veces esta sociedad mutila y por eso se pierde esa capacidad de asombro para leer y escribir.

El intelectual y la sociedad

El intelectual y la sociedad, esto es, el papel del intelectual en la transformación de la sociedad es un viejo debate de los años setenta, reunidos en la Habana en 1969 los poetas e intelectuales latinoamericanos, Roque Daltòn, Rene Depestre, Edmundo Denoes, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet y Carlos Maria Gutiérrez, debatieron el tema una noche en la casa del pintor Mariano en Cuba (El intelectual y la sociedad. Autores varios. Siglo XXI, México, 1969). Son célebres igualmente los debates de Oscar Collazos con Julio Cortazar y Mario Vargas Llosa. (Literatura en la revolución y revolución en la literatura, Siglo XXI, España, 1975). Pero en la Colombia actual parece recobrar vigencia ese viejo debate por las condiciones políticas y la relación entre el intelectual y la sociedad, como quiera que ya se viene señalando por parte de algunos intelectuales que no han perdido su postura crítica, es decir, que mantienen en firme esa vieja idea del papel crítico del intelectual o el artista en la sociedad, el intelectual o el artista como la conciencia crítica de la sociedad, que la autocensura intelectual hace parte componente de la impunidad porque la intelectualidad critica ha desaparecido en los medios.

En la antigua Grecia eran los filósofos quienes ejercieron una postura crítica en el marco de lo que de denominó la Paideia. En la Edad Media fueron los monjes y los sacerdotes que ejercieron el rol de celosos guardianes de la sabiduría y la verdad. El intelectual o el artista contemporáneo es un crítico de la barbarie, de la estupidez o de la ceguera del poder, aunque muchos intelectuales y artistas se hallan autocensurado en esta función social que les corresponde. El verdadero intelectual comprometido, viejo término que hizo parte de la polémica de los años setenta, su compromiso fundamental era pensado en términos políticos, esto es, un compromiso con el pueblo o con la ideología política que pretendía su reivindicación social, pero el verdadero compromiso era en realidad con su obra El deber revolucionario de un escritor es escribir bien, dijo García Márquez. La obra tiene que ser una obra literaria antes que una obra política, es decir, una obra donde se resalte más la belleza estética que la ideología política, sin dejar el escritor o el poeta de tener una postura crítica pero que sin que convierta en un panfleto su obra literaria.

En su dimensión crítica de la sociedad, el intelectual está creando una concepción del mundo y de la vida, que será una nueva concepción de la nueva sociedad que quiere construir sobre los escombros de la sociedad vieja que quiere minar con su obra. La conciencia crítica es el resultado de la inteligencia ilustrada, aunque para los años setenta esta idea era insuficiente, se hacía necesario un compromiso político del escritor porque estaba en juego la revolución, pero las revoluciones algunas triunfaron, otras abortaron y las más nos quedamos todos a la espera y su fracaso histórico hoy es evidente. La obra de arte no cambia la sociedad pero puede ser testigo de la transformación de una sociedad o de su estado de descomposición y sus síndromes de violencia y el intelectual no puede ser ajeno a las condiciones sociales y políticas de la sociedad de su tiempo.

Escribir y resistir

El escritor santandereano Gonzalo España señaló en una conferencia, titulada Los oficios del olvido, que la ubicación geográfica influía en que un escritor de provincia fuera olvidado fácilmente, que si no trasciende en su momento, es poco probable que la posteridad lo reivindique. La conferencia también advertía que vivir en la provincia dificulta el trabajo de alzar la voz y hacerse notar, porque estar situado al margen de las grandes rutas y centros editoriales, sin el sentido de orgullo y pertenencia de las regiones, y en tanto que la literatura regional parece no cuadrar dentro del marco de la concepción moderna de la literatura, significa un olvido casi seguro, porque lo provincial es todavía un estigma.

Sin embargo cada hombre construye su historia de manera distinta, y por eso algunos escritores y poetas seguimos viviendo y escribiendo aquí, en la provincia, como un acto de resistencia; porque escribir es resistir contra el suicidio que parece ser vivir en la aldea, a riesgo de que nuestra literatura no sea reconocida por el envilecimiento de quienes no son capaces de reconocer el talento y la inteligencia ajena.

Escribir para vivir

El oficio de escribir es un ejercicio de la lucidez, se escribe para exorcizar, hacer catarsis, o como un sucedáneo del espíritu. La escritura es la proyección del espíritu y el intelecto de un individuo; el que escribe existe porque piensa, esa facultad para llegar a ser. El ejercicio de escribir da la posibilidad de existir más allá de la existencia física, pero si queremos existir es necesario primero, leer muchísimo, y para leer muchísimo, es necesario vivir otro tanto. La escasa figuración de la literatura regional en el ámbito nacional es porque no se hace de la escritura y la lectura una vocación o una pasión inalienable, junto con la precaria existencia de editoriales y un insuficiente reconocimiento de nosotros mismos, y una sociedad que no se reconoce a sí misma, es una sociedad mezquina. 

El ejercicio de la crítica

El ejercicio de la crítica es visto todavía en la sociedad como una visión del resentimiento, sus detractores la ven como una negación que dice mucho de quienes la ejercen, no alcanzan a comprender su función social, política o cultural en el ámbito de la cultura y la sociedad. La crítica no es solo poner al descubierto lo negativo de un aspecto de la cultura o la sociedad sino también es un reconocimiento de lo valioso de un aspecto de la cultura y la sociedad.

La crítica no tiene, como cierto himen de las mujeres, una visión complaciente de las cosas, porque el espíritu crítico de quienes la ejercen faculta a tener no solo una opinión, sino a desarrollar un análisis crítico de las cosas que están mal hechas en la sociedad. La crítica es la facultad de desarrollar un análisis desde una disciplina del conocimiento y no desde una mera opinión, que es lo que la diferencia de la crítica auténtica. Es el ejercicio del criterio como lo dijera algún filósofo y su función en la sociedad es tan importante como la cultura misma, sin ella ese aspecto de la cultura y la sociedad no sería mejor comprendida y necesaria para construir un país, una región o una ciudad mejor.

Literatura y mercado

Los escritores con ánimo de lucro son los que deliberadamente escriben para vender. Sus historias están determinadas por la demanda del mercado y su imaginación y su técnica narrativa esta puesta a su servicio que es el que les permite vender sus libros con historias amarillistas sin ninguna estética literaria, porque el objetivo no es hacer literatura sino vender. En Colombia hoy hay quienes quieren privilegiar la literatura escrita por jovencitos, como si fuera una genialidad, en una burda actitud epigonal al estilo Andrés Caicedo, pero ya se sabe que todos los epígonos son refritos.

Hay que volver a la escritura sin ánimo de lucro en donde la literatura esté al servicio de la imaginación y la estética, escrita con inteligencia y sin privilegiar a esta o aquella generación, porque lo que importa es la buena literatura, escrita a cualquier edad y sin distinción de sexo, pero no es una contradicción, por supuesto, que la buena literatura se venda por la calidad estética de sus propias historias.

Periodismo y cultura

El periodismo cultural en Colombia sigue siendo aún muy precario y con prácticas todavía premodernas. El artista, por lo general, tiene que buscar al periodista para que reseñe su trabajo, y no es el periodista el que busca al artista para hacer su noticia. Las noticias de orden público, los deportes y la farándula predominan sobre los temas de la cultura. La cultura no es vista todavía como un componente importante para crear tejido social o sensibilizar sobre nuestra condición social o humana. Los niveles de violencia de todo orden, los delitos y la baja autoestima social son también consecuencia de un deteriorado estado de la cultura de una comunidad, una ciudad o una región. Los individuos o instituciones mediocres, son las que no son capaces de reconocer la inteligencia o el talento ajeno, y unas regiones como las nuestras, necesita de la cultura para crear y fomentar su propio desarrollo e identidad.

El periodismo cultural debe contribuir a divulgar y a valorar las expresiones artísticas y literarias, y a darle menos espacio a la cultura light, y a crear un periodismo que no caiga en la mercantilización o banalización de la noticia. Se requiere de un periodismo más comprometido con la cultura, en tanto son los medios de comunicación que también tienen la palabra.

 

Antonio Acevedo Linares 

 

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