Sábado, 18 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Firma histórica de acuerdos de paz entre gobierno colombiano y las Farc / Foto: Nodal.am

Estos últimos meses han sido de una inusitada actividad política que ha provocado la más alta polarización del pueblo colombiano, donde se debate si se quiere vivir en paz o en la guerra, lo que se definió en el llamado plebiscito por la paz, donde los partidarios del  No, ganaron por una mínima mayoría.

Todo el mundo pensaba que ganaría el SÍ, pues se daba por descontado que el pueblo colombiano quería la paz. Lo que no estaba previsto era que los señores del Centro Democrático montarían una campaña de terror que fue secundada por varios e influyentes pastores cristianos, los que hicieron el tutifruti tóxico de política, religión e ignorancia y con ese bebedizo contaminado movieron a la grey que asiste a los cultos de esas iglesias que pululan por toda Colombia, y utilizando el mensaje apocalíptico de que Santos era el demonio, doparon al manso rebaño de sus ovejas, mientras el Anticristo de Uribe y su combo penetraba hasta los tuétanos en su fe recién fundada.

Los que estábamos con el Sí, con una eufórica confianza que daba la lógica de que la mayoría de colombianos votaríamos por vivir en paz, caímos rendidos por el triunfalismo o lo que  David Roll en su columna del 29 de septiembre en Mundo.com tituló como el Síndrome del Brexit, donde premonitoriamente alertaba al pueblo de Colombia sobre los peligros de esa confianza triunfalista de los partidarios del Sí y nos advertía poniéndonos como ejemplo lo ocurrido en Gran Bretaña. En efecto, la gran mayoría de colombianos no salieron a votar, unos por indiferencia y apatía y otros por estar condicionados electoralmente a la compraventa del voto. Otro de los factores que inclinaron la balanza fue el huracán Mathew que golpeó con fuerza la costa caribe que desde siempre ha sido el bastión electoral de la democracia colombiana.

Los promotores del No, lo ha dicho todo el mundo, no pensaron nunca que tendrían la oportunidad de ganar el plebiscito, pues su feroz campaña, montada con mentiras, como se supo de boca de su propio gerente, parece ser, solo aspiraba caldear la opinión política, para tener como pretexto una campaña de dos años culpando al gobierno de entregar el país a La FARC y mantener enchufados a sus copartidarios con miras a las próximas elecciones presidenciales.

El triunfo del No cogió manos arriba y con los calzones abajo a Santos que confiaba en las mayorías y en el trabajo político que podían realizar los partidos de la unidad con el gobierno, no contaba con la pereza y falta de interés de los políticos, no contó con la diligencia inusual de la derecha y su campaña de desinformación encabezada por el Centro Democrático y la satanización de la paz que hicieron los pastores cristianos.

El triunfo del NO tomó de sorpresa a la derecha colombiana que nunca pensó que un pueblo en guerra y anhelante de paz votara precisamente por la guerra. Uribe y su séquito no estaban preparados y el triunfo los cogió de sorpresa ya que no tenían ninguna propuesta sustitutiva de lo ya acordado en La Habana y en las dos semanas que han pasado después del plebiscito sacan a la luz pública una propuestas tímidas, se podría decir cosméticas, que dicen lo mismo que ya está dicho en los acuerdos; y lo que trabajó en grupo la derecha unida, ahora lo presentan fragmentado y cada uno de los cabecillas del No quiere presentar un retazo de propuesta y lo están haciendo con parsimonia, en una actitud dilatoria, que está poniendo a prueba la paciencia del pueblo colombiano y de la FARC que con muestras de inquietud mira desde Cuba la artificiosa maniobra.

La juventud, inquieta también, se moviliza pidiendo la paz para Colombia y encuentran eco en las comunidades indígenas, en los abstencionistas recién despertados, en los cristianos recién salidos del engaño, en una Colombia que desea la paz y que ahora con las negociaciones con el ELN se hace perentoria.

No sé, pero cada vez que escucho a Uribe hablando de salvar la constitución y la democracia, se me parece más al coronel Plazas en la retoma del Palacio de Justicia el 6 de noviembre de 1985 cuando en plena escabechina contra magistrados, empleados y guerrilleros del M19, le respondió a la prensa con la mesiánica frase de órate iluminado: "¡Aquí, defendiendo la democracia, maestro!"

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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