Jueves, 23 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

No existe mayor tortura para una persona que quiere leer o escribir que el No tener tiempo para hacerlo. Después de las 12 mil leguas de distancia cronológica de aquel episodio que difícilmente olvidaremos en nuestro país. Día de recordar para muchos y de olvidar para un lumbral menos que los primeros, me impacientaba No tener el tiempo de hacer un escrito sobre tan indeleble día, temía solo tenerlo para cuando ya el tema fuera pan para los cerdos, pero gracias a nuestra complicada y abstracta forma de ser, me di cuenta que tendría todo el tiempo del mundo para hacer un articulo fresco refiriéndome al 2 de octubre, día donde los colombianos le dieron un contundente No a un gobierno desocupado y desafiante que sacaba las uñas con amenazas y a la vez esponjas como en toda campaña política, con besos en mejillas abundantes en exudación, mercados muy poco amigables para un diario incompleto y tamales “Politmenses” (hoy lamentan No incluir donación de paraguas, para contrarrestar el catastrófico “daño electoral” que causó la tormenta Matthew).

Cada quien es libre de interpretar su victoria o derrota dependiendo del enfoque que más le interese y dependiendo del discernimiento poseído en temas específicos de este amplio panorama que se dificulta entender en tan “pocas” 297 páginas, responsabilidad para el 40,2% de lectores responsables para la sana interpretación de los acuerdos, cifra  que se vio pulverizada el día de la candela, desconociendo totalmente su tarea de replica sobre el lector nulo o desentendido de la realidad nacional.

Mi interpretación de las cifras electorales, además de muy personal y poco técnica, es el resumen de muchos de mis trinos y artículos anteriores a tan pintoresca batalla campal por el reino de dos letras. Ganó el descontento de un pueblo abandonado, ganó el grito de una gran congregación que mostró ser mas desafiante que el mismo presidente, para muchos seducida por un “pequeño” grupo de ultra derecha que hoy es oposición, mejor argumentado, más organizado y decente con sus compatriotas.

La sincronización de un pequeño grupo opositor con una gran cantidad de colombianos decididos a mostrar su inconformidad sobre lo que tendría que ser más, que una simple pregunta, que antes que la contestes te amenaza y ataca directo a todos tus inocentes sentimientos, estrategia barata que demostraba que este gobierno pensó que seguíamos siendo ese pueblo ignorante que cambiaba oro por espejos. Esta unión que exhibió sus garras y dijo presente invitó a un gobierno unidireccional a dejar la prepotencia y valorar lo que se le invita a hacer: reestructurar sin afanes de un NObel que siempre llegó.

En el departamento del Cesar como diría un Guacochero “la limpia fue bojá”, una campaña del SI que contaba con un gobernador, 25 de 25 alcaldes, 5 congresistas y un sin número de concejales y funcionarios en acción de la infaltable mermelada. A duras penas le sacaron una diferencia de dos mil votos a una campaña del No con un solo comité político en el departamento conformado por líderes hoy fuera del poder viscoso y dulce. Dieron cátedra y fueron garantes de un mensaje que es claro.

El pueblo está cansado de este gobierno corrupto apoyador de la  miseria que nos tiene inmersos en un valle de contrataciones de fotocopia y de bolsillos ajenos; este jalón de orejas que fue la vergüenza del año para estos dirigentes confiados porque posaban para fotos de entrega de magnas obras inconclusas. Espero sirva de algo -me decía un amigo-, después de pasar el Niágara en bicicleta en el hospital Rosario Pumarejo de López en Valledupar. “Como quisiera que las camillas y camas de hospital fueran de cemento, así tendrían importancia para nuestro gobierno, y con esto disminuir los padecimientos de miles de personas que hoy ruegan atención medica sentados en cualquier banquillo”.  

Para terminar, me sorprende cómo los más interesados en “la paz”, después del 2 de octubre, sufrieron una inesperada metamorfosis  que los ubica como un obstáculo más a vencer para llegar a la verdadera paz. Increíble cómo nos transforma el No tener la razón.

 

Andy Romero Calderón

Vallenato de Guacoche

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