Domingo, 24 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Iglesia de UrumitaEn el sur de la Guajira, a pocos kilómetros de Valledupar, la ciudad de Urumita se dibuja como una plaza fuerte del folclor vallenato. Un vivero de artistas apasionados por el sonido del acordeón y las letras encendidas.

El pueblo es una pintura de tranquilidad. Un cuadro de serenidad que se extiende a lo largo de la carretera en dirección de Villanueva. Aquí las calles angostas se encadenan una tras otra para crear un entramado denso en el que los niños salen a jugar con sus bicicletas y pelotas.

Urumita es una urbe sencilla y apacible. Humilde y alegre que vive sin apresuramiento. ¿Pero cuál es el secreto para que esta ciudad forme a cantantes tan reconocidos como el Rey vallenato Chema Ramos, el compositor Fabián Corrales o incluso la estrella del momento Silvestre Dangond?

No existe respuesta clara a esta pregunta aunque algunos habitantes nos explican que el amor al folclor se lleva desde muy pequeño. “Aquí los niños se inspiran de los compositores mayores –comenta Manuel, un lugareño–. Se retan y desean llegar tan lejos como ellos”.

Ésta podría ser una razón: el gusto por emular a los grandes artistas se transmite como una tradición y, sin embargo, hay algo más. Un paseo por el centro, cerca de la iglesia, nos revela la existencia de un parque de pequeñas dimensiones pero siempre acogedor y ameno.

“Aquí está uno bien para pensar y componer –comenta sonriente Alejandra, una joven de Urumita–. Es un lugar perfecto para hablar, para compartir, observar y también componer”.

Efectivamente, el sitio es idóneo para la creación y la contemplación. El silencio lo invade todo y permite que cada sonido, cada nota musical, tome su verdadero significado.

En la plaza, sentada en un banco, una señora nos observa. Sabe que estamos de paso y, por eso, rastrea con una mirada curiosa el sentido de nuestros pasos azarosos. Cuando ya entiende que no vamos a ninguna parte, que el tiempo se ha olvidado de nosotros y que estamos deambulando por las calles de su pueblo, ella nos lanza un “¿Qué más?” simpático, deseosa de abrir un espacio de conversación.

Ilusionada, nos habla de las fiestas que dan vida anualmente a su pueblo. La fiesta de las flores y de la calaguala (un helecho típico de esta región) es una de las más importantes, por eso, nos invita a que la presenciemos algún día.

Durante la fiesta de las flores, los habitantes forman una junta que visita la casa de cada uno de los participantes y valora la hermosura de sus calagualas. “Son calagualas enormes y lindísimas”, sostiene la señora antes de reconocer que nunca ha participado al concurso debido a la gran competencia que existe.

Volvemos a recorrer las calles de Urumita con un paso tranquilo, pensando que quizás la efusividad de su gente y su deseo de compartir momentos tan sencillos como únicos son el principal motivo de esa trascendencia en el folclor.

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