Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Como para volvernos locos de alegría, Colombia entera quiere la paz. Los del Sí queremos la paz, Los del No también, las victimas quieren la paz, los victimarios la quieren. El presidente Santos quiere la paz, Uribe dice que la quiere, Ordóñez quiere la paz, los cristianos oran por ella, los católicos quieren la paz, los obispos la apoyan. La comunidad LGBTI quiere la paz, los heterosexuales la anhelan. Los indígenas quieren la paz, los racistas también. Los intelectuales quieren la paz, los iletrados le apuestan por ella. Las guerrillas quieren la paz, los militares se suman a ese propósito. Los paramilitares quieren la paz, los políticos dicen que también. Los pastores quieren la paz, los ateos comulgan con ella. Los jóvenes quieren la paz, los viejos quieren vivir en ella. Y quién lo creyera Pachito Santos también quiere la paz, todo el mundo quiere la paz.

Entonces, ¿por qué ese querer colectivo de todos los colombianos no se concreta?

Por razones tan complejas como: Los que se aprovecharon de la guerra, los que hicieron negocios con la guerra, los que despojaron, los que compraron a precio de huevo o robaron la tierra a los desplazados y víctimas de esta conflagración absurda no quieren perder el fruto de sus maniobras fraudulentas, el producto negro de sus criminales transacciones y quieren que antes de la firma de la paz se aprueben leyes que les mantenga el usufructo de su criminal proceder alegando ser compradores de buena fe.

Otra de esas sencillas razones es que esos mismos despojadores, apoyaron y financiaron los grupos paramilitares y se sirvieron de ellos para hacer los sucios negocios que les enriquecieron y ahora le tienen miedo, pavor inocultable a la llamada justicia para la paz y a su tribunal internacional que juzgará a guerrilleros, paramilitares y civiles que hicieron parte del conflicto y causaron tanta muerte y desolación a este país. Y quieren voltear los acuerdos hacia la justicia ordinaria ya magistrados colombianos ya que estos son más susceptibles a la amenaza y al toque-toque de la corrupción y tráfico de influencias.

Hay que anotar como causal del embrollo también, al fanatismo religioso de aquellos que no tienen muy claro o no diferencian entre lo que dice la Biblia y lo que dice el pastor. Aquella mansa grey que dócilmente marcha sin razonamiento propio hacia un destino trazado por su líder, rebaño de ovejas que buscan un remanso de paz espiritual para aplacar sus demonios interiores y que, contrario a lo expuesto por el pastor Darío Silva de la iglesia Casa sobre la roca, quien sostiene con mucha lógica en su comunidad que “El Señor es mi pastor, el pastor no es mi señor”, dejando claro que hay que saber diferenciar  entre lo que está escrito en el Santo Libro  y la interpretación personal del pastor.

Hay razones que se atraviesan contra la paz como la homofobia sospechosa de los que no aceptan que se respeten los derechos de la comunidad LGBTI como minorías que hay que proteger. Digo sospechosa porque no de otra manera se puede estar en contra de esa minoría a no ser que se les tenga un odio visceral nacido de conflictos y ambivalencias internas y sin resolver, y se piense que negándoles el derecho, negando y desconociendo su existencia desaparecerán los homosexuales de la faz de la tierra y por tanto nuestro Señor no tendrá que descargar sus furias en nuestra sufrida Colombia con un castigo parecido o peor que el que utilizó en Sodoma y Gomorra.

Desprevenidamente se podría pensar que esos deben ser unas pocas personas, tal vez cientos de personas entre los cuarenta millones de colombianos, pero no, resultaron ser seis millones y algo más que votaron por el NO y no solo eso, sino que influyeron en el desánimo de más del sesenta por ciento de compatriotas que prefirió no salir a votar, ya que asumieron que la paz no era asunto suyo, que pensaron que el plebiscito era una puja entre Santos y Uribe.

Veinte días después del catastrófico resultado de la votación al plebiscito ha corrido mucha agua bajo el puente, noticias van, noticias vienen, varias marchas en las grandes ciudades, decenas de muchachos acampando en la plaza Bolívar, todo el mundo quiere la paz, sin embargo las mulas muertas de la guerra siguen atravesadas en el camino de la reconciliación dando como resultado un limbo peligroso que tiene en vilo al país y que nos presenta ante el mundo como un país de posiciones rayanas entre la imbecilidad y la locura, todo por cuenta de la razón real en contra de la paz y es la de un señor que no ha entendido y nadie en su casa le ha hecho ver que: ¡YA NO ES EL PRESIDENTE DE LOS COLOMBIANOS!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@tagoto

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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