Martes, 27 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

Francis Drake y su buque The Golden Hind

Cristóbal Colón descubrió América el 12 de octubre de 1492. Apenas dos años después, Portugal y España firmaron el Tratado de Tordesillas, en el que las dos potencias se repartían entre ellas el recién descubierto nuevo mundo siguiendo la teoría del mare clausum o mar cerrado al libre comercio.

La primera nación en alzar la voz contra esa teoría fue Francia, que consideraba que el mar debía estar abierto a todas las naciones que deseasen comerciar, es decir, el mare liberum. También del país galo vino el primer pirata con nombre y apellidos que asaltó las riquezas que España traía en naves desde las Indias occidentales. Fue Jean Fleury, conocido en España como Juan Florín, quien en 1522 interceptó las cartas de navegación y se hizo con el tesoro de Moctezuma que Hernán Cortés enviaba al emperador Carlos V.

A partir de entonces, la piratería y los asaltos a las colonias españolas de ultramar se suceden sin interrupción hasta el siglo XVIII, como demuestran los más de 170 documentos seleccionados del Archivo de Indias de Sevilla para la exposición “Mare clausum, mare liberum” que allí tuvo lugar.  

Para defender sus colonias, España creó en 1561 el “Sistema de Flotas y Galeones”. Así, la travesía comercial se realizaba sólo dos veces al año, en un convoy de buques mercantes custodiados a barlovento por galeones con artillería. Las cerca de 30 naves atracaban principalmente en los puertos de Veracruz y Portobelo, desde donde se procedía a la distribución de las mercancías por todo el continente americano. Además de los convoyes, se organizó la formación de escuadras de navíos que protegieran las costas de ambos lados del océano y la fortificación de los puertos estratégicos.

A pesar de ser los de mayor fama, los piratas bajo bandera británica no comenzaron a asolar las naves españolas hasta finales del siglo XVI, que habían sido presa exclusiva de los buques franceses durante décadas. Tras los corsarios ingleses, no tardaron en aparecer también holandeses y daneses. Casi todos ellos marinos con “patente de corso”, un documento expedido por el gobierno al que servían y que los autorizaba a asaltar las naves de una nación considerada enemiga.

La patente de corso era una práctica habitual para complementar las marinas reales y los corsarios podían alcanzar gran prestigio en su país, como ocurrió con el pirata inglés Francis Drake, a quien la Reina Isabel I llegó a conceder el título de Sir. Además de los piratas europeos, en el Caribe también surgieron figuras de la piratería propias, como los filibusteros y los bucaneros.

El nombre de bucaneros deriva de la parrilla o bucan que franceses, ingleses y holandeses de la isla Española usaban para ahumar la caza que luego vendían de contrabando a los buques de la zona. Tras ser expulsados de la isla por los españoles, los contrabandistas se agruparon en la isla Tortuga y cambiaron de actividad, dedicándose a la piratería.

Sus herederos, los filibusteros, aprovecharon la incapacidad de España para poblar todas las islas del Caribe, llamadas «islas inútiles», para asentarse y organizarse. Durante el siglo XVII convirtieron Saint-Domingue, Jamaica y sobre todo la Isla Tortuga, donde se creó la Cofradía de los Hermanos de la Costa, en un verdadero baluarte. Con el apoyo de Inglaterra y Francia la actividad de los filibusteros en la Antillas llegó a ser tal que en 1674 incluso los españoles otorgaron patentes de corso para contrarrestarlos.

El mare clausum que España y Portugal se habían repartido comenzó a ser atacado de inmediato por quienes querían parte de las riquezas del nuevo mundo. Los piratas ofrecían sus servicios a una u otra potencia obteniendo la consideración de héroes o delicuentes según quién fuese su protector. En el siglo XXI, sicario o mercenario son los nombres que se aplican a los piratas que piden rescates por las naves secuestradas, una imagen muy lejana el mito idealizado del pirata con pata de palo.

 

Ester Pérez Quiroga 

 

 

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