Jueves, 23 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Muchos creerán que escribir una columna de opinión es tan sencillo como sentarse frente a un computador, escoger un título que cautive con tan solo verlo, escribir unos cuantos renglones y ya está, pero no es así, es más complejo de lo que parece.

Los generadores de opinión somos un punto de referencia clarificador dentro de la sociedad, sobre todo para nuestros lectores, ya que en la mayoría de las ocasiones somos quienes tenemos la oportunidad de sentar ciertas posiciones a través de nuestras publicaciones sobre diversos asuntos de interés colectivo, es por eso que al escribir unas líneas de opinión surge inmediatamente un gran compromiso social y ético, no solo con quienes nos leen sino también con la comunidad en general.

El columnista de opinión se adentra en lo que yo, arriesgadamente, llamo una subjetividad objetiva, emprendiendo un viaje en busca de persuadir a sus lectores a través de su pluma. El ingrediente subjetivo de una columna jamás puede ser sinónimo de libertinaje o descontrol al momento de redactar un escrito de este tipo, porque incluso, en los terrenos de la subjetividad existen unos parámetros discrecionales para no transgredir la dignidad que ha de gozar el oficio de opinar.

La concepción de comentarios, que ipso facto se convierten en opinión, ha de ser transparente, no puede en ningún momento dejarse seducir por la tentación de hacerlo para asediar a aquellos que no nos simpatizan y tampoco para elogiar, sin mérito alguno, a ciertos personajes de la vida pública u otros escenarios.

Hay que entender que el espacio que los medios de comunicación nos otorgan a los columnistas es muy valioso, no se debe destinar para benevolencias insensatas ni tampoco como mecanismo de agravio contra terceros.

La seriedad, la verdad y el criterio solemne son tres elementos sumamente significativos a la hora de construir opinión, son prenda de garantía cuando se aspira a ser un opinador de talante sobrio e imparcial, un opinante apetecido por sus leyentes.

Para colmo de males, el oficio de opinar se ha visto envuelto en penosos afanes de figurar por parte de algunos columnistas. Es importante no perder de vista que no hay que efectuar juicios de forma desesperada, basados en las murmuraciones que circulan por las calles. Una columna de opinión debe estar ajustada al desarrollo de una argumentación integralmente soportada, a notas auténticas, libre de favorecimientos ridículos, de lo contrario, estaríamos frente a una producción escritural vaga, con finalidades clientelistas, y eso sí que es grave y vergonzoso.

En últimas, creería que todos aquellos que hacemos parte de este democrático mundo de la opinión, unos más experimentados que otros, debemos ejercer los quehaceres de esta especie de periodismo de manera deferente, con un mínimo de responsabilidad y sobre todo de autoevaluación, reflexionar antes de hacer nuestras publicaciones si en verdad estamos cumpliendo con los fines apropiados de la tarea que hemos decidido adelantar.

Hay que limitarse a tratar temas de los que se tenga el  conocimiento necesario para abordarlos, no incurrir en generalizaciones inapropiadas y tener siempre en cuenta que no se opina para complacer al receptor, se gestan opiniones con el ánimo de afianzar nuestros análisis y convicciones frente a los distintos temas que periódicamente se vuelven el eje central de nuestras notas. Eso hace un buen columnista. Entonces, ¿Lo estamos haciendo bien?

 

Camilo Pinto Morón

@camilopintom

 

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