Sábado, 25 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Me causa mucha desilusión engendrar estas palabras en pleno siglo XXI. El tema que ahora voy a exponer, tenía que estar pudriéndose en el despeñadero de lo inservible, pero sigue aquí, vivo, inmortal, quisquilloso, alborotando la irritación y el desconcierto entre los seres humanos. Sí, el tiempo, juez impecable y silencioso de la vida, no deja de probar que el revoltijo entre política y religión solo produce la tergiversación, el menoscabo y el olvido de la esencia de Dios.

La historia continúa evidenciando que buscar o mantener el poder, a través de dogmas espirituales que repudian la multiplicidad de pensamientos y formas de vida, conduce a un desborde de aturdimiento, corrupción y odio. Basta mencionar los terribles pecados de la Iglesia Católica en la Edad Media, los conflictos bélicos en el Oriente Medio y los santuarios evangélicos que funcionan mejor como sedes electorales que como focos de principios cristianos.

Pienso que las iglesias se deben dedicar, estrictamente, a la predicación de la palabra de Dios, pues cuando también se transforman en unos fortines políticos, desvirtúan su naturaleza y terminan ensombreciendo el corazón de sus feligreses, de sus ovejas. Las iglesias no pueden convertirse en partidos que buscan el poder o manejar a quienes gobiernan al Estado: ¡Dios no es un instrumento electoral! El objetivo de los templos religiosos debe ser la promoción de valores y la alabanza a un ser superior. Hasta la misma Biblia, que no está por encima de la Constitución, lo señala de una forma contundente: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, (Mateo 22:21).

En Colombia, la Iglesia Católica todavía no se ha desvinculado de los temas del Estado. Agazapada, se continúa entrometiendo en ciertas decisiones públicas y su opinión no ha dejado de tener peso. Por otro lado, ciertas iglesias evangélicas se han metido de manera descarada a hacer política y han alcanzado importantes espacios de poder: hoy cuentan con concejales, alcaldes (el alcalde de Valledupar fue electo con el auspicio de varias iglesias), diputados, congresistas… Es curioso ver el auge que han tenido gracias a la Constitución de 1991, que liberalizó más el culto religioso pero también estipuló la protección de los derechos de las minorías, como es el caso de la comunidad LGBTI.

No pocos pastores evangélicos han mostrado su devoción por el poder. Por ejemplo, César Castellanos, guía de Nuestra Misión Carismática Internacional, se atrevió a expresar en una copiosa reunión de líderes religiosos: “Está llegando a Colombia un cambio en el Gobierno, se avecina una sacudida económica, política y natural, pero aquí estamos para librar una guerra espiritual”. Se trata de un aviso nítido: las ideas políticas serán enfrentadas con dogmas religiosos, con Dios como un arma primordial. 

Los sacerdotes y los pastores que se empeñan en usar los templos de Dios para hacer política, están mancillando a la fe. Las iglesias deben fomentar el amor sin detrimento de las posiciones democráticas, no se pueden aprovechar del fervor religioso para obtener votos. Para comprender esto, basta ver el legado histórico y humano de Jesucristo, su propósito en la vida nunca fue conquistar el poder, sino la propagación de cariño, fraternidad y capacidad de perdón. Yo entiendo que Dios no es una cárcel, por eso me niego a dejar de ser libre y a violar la Constitución de 1991.

 

Carlos César Silva.

@CCSilva86

 

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