Miércoles, 13 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Obra "De español y de India, mestiza" del artista Miguel Cabrera

La cautivante historia de dos mujeres indígenas bautizadas por los españoles con el nombre de Beatriz nos ofrece nuevas luces sobre la conquista del siglo XVI, pero particularmente sobre la azarosa vida de las mujeres americanas.

La conquista de los indígenas fue un fenómeno mucho más complejo de lo que a veces conocemos. Opacadas por las leyendas heroicas del triunfo de las huestes españolas en nuestro territorio, han quedado las importantes historias de los indígenas que los acompañaron. Todas las compañías de conquistadores reclutaron indígenas para sus avanzadas, los que fundamentalmente servían como informantes y cargadores. Poco se ha reparado en que en los tres grupos que conquistaron nuestro altiplano, el de Jiménez de Quesada, Belalcázar y Federmán, venían cerca de dos mil hombres pero ninguna mujer española. Aunque sí venían muchas mujeres indígenas.

El grupo de Belalcázar era el más numeroso y preparado. Había partido desde Quito y se desplazó sin mucho apuro a la conquista de la frontera norte. Antes de llegar al altiplano había establecido dominio sobre la región de los Pastos, Popayán y La Plata. Jiménez de Quezada y sus hombres, al verlos llegar, debieron sorprenderse de sus buenos pertrechos, armas, caballos y alimentos. Pero especialmente debieron asombrarse de la cantidad y variedad de indígenas que traían consigo. Hoy sabemos que procedían de lugares insospechados como México y el Cuzco, pero también de Riobamba y Cuenca, de Pasto y Popayán. Estos indígenas fueron tomados por la fuerza de sus pueblos, pero también fueron entregados a los españoles por sus caciques, bien como pago o como muestra de rendición.

Beatriz fueron llamadas dos mujeres indígenas que venían en el grupo de Belalcázar, cuyas vidas revelan dimensiones desconocidas de esta dramática historia. En el primer caso se trata del primer matrimonio católico que un español contrajo con una indígena en nuestro territorio. Según distintas fuentes, Lucas Bejarano, un soldado pechero que conformaba el ejército de Belalcázar cayó herido por una flecha cerca de Ibagué. Sintiendo que moriría, pidió los santos óleos y una entrevista con su capitán. Su ruego fue que se le permitiera casarse con la indígena que lo acompañaba y con la cual tenía varios hijos. La sorpresa es que esa indígena no era paez, ni yanacona, ni quechua, ni inca, sino mexica. Bejarano había recorrido México, luego pasó a Guatemala, donde contactó a Pedro de Alvarado y continuó a Quito. En este recorrido anduvo con Beatriz, quien era, probablemente, más que una posesión, una compañera. Por lo que temeroso de que si no se casaba con ella pudiera ser tomada después por esclava, como era la costumbre. Y fue ese matrimonio lo que la salvó de haber sido puesta en venta, pues el mismo Belalcázar intervino para que se la excluyera del remate de los bienes del difunto Lucas Bejarano. De la vida anterior y posterior de Beatriz de Bejarano no sabemos nada, sólo que su hijo Lucas, que llevó el nombre de su padre, en 1560 trabajaba como traductor de la lengua muisca para la Real Audiencia.

El caso de esta indígena es sumamente interesante, en parte por su origen y el largo recorrido que realizó junto a su amo y patrón. Como era corriente le sirvió de cocinera y amante. Pero, ni él ni ella tenían linaje. Como he dicho, él era un soldado pobre, y ella debía ser una indígena macehual, del pueblo. Cabe recordar que entre nosotros ningún capitán o jefe de la conquista se casó con indígena, y en el resto de América fue una excepción. En distintos casos, como el de Cortés con la Malinche, las tuvieron como amantes y después las entregaron a sus soldados para que casaran con ellas. Finalmente, Beatriz presenció, probablemente sin comprender, el dominio y sometimiento de otros pueblos, que como el suyo tiempo atrás había sucumbido. Por fortuna, la inesperada y honesta decisión del soldado Lucas Bejarano, su amo y compañero, la salvó de la esclavitud y la convirtió en la primera esposa de nuestras tierras.

En el segundo caso la violencia y la esclavización de las mujeres indígenas aparece en toda su dimensión. Caso que además enseña rasgos inquietantes de la cultura de los conquistadores. Como he dicho, Sebastián de Belalcázar arrastró consigo a miles de indígenas de Quito para la campaña del Nuevo Reino. Tantos que el Cabildo de Quito le requirió sobre este saqueo. Llega a decirse que cada conquistador traía hasta ciento cincuenta indígenas para su servicio. Entre los indígenas de Pedro de Mesa, un soldado sin mayor mérito, venía una indiecita que haría fama. Su nombre era “Yumbo”, que en lengua quechua quiere decir danzante, alegre, encantadora. Mesa en algún momento vendió esta india a Juan de Arévalo, un español depravado, acusado de torturar y asesinar los indígenas de Sutatausa, y quien más tarde moriría a manos de los naturales de Micay. Pero Arévalo era astuto y ambicioso, y pronto observó cómo todos reparaban en la belleza de Yumbo, su esclava y amante. Eran los días en los que muchos conquistadores exhibían el botín ganado a los muiscas. Arévalo, que no esperaba quedarse en Santafé, bautizó a Yumbo con el nombre de Beatriz y la puso en venta; y como en una subasta, el que más ofreció fue nada menos que Hernán Pérez de Quesada. Distintos testigos afirmaron que Pérez de Quesada consiguió hacerse de la deseada mujer porque ofreció darle a Arévalo la esmeralda más grande hallada en todo el Reino, y que habían dado en llamar “Espejo Grande”.

La belleza de Beatriz hizo perder el juicio al codicioso conquistador. Pronto sus soldados empezaron a quejarse de que por andar entregado a sus amores abandonaba la empresa. El fiel Francisco Céspedes, aguerrido capitán, llegó a vociferar que Hernán Pérez “más quiere el rabo de la dicha india que la conversación de sus amigos”. Algunos decían que Beatriz era la causa de que su capitán favoreciera a Arévalo con nombramientos. Y algunos fueron más allá, al señalar que haber dado a Yumbo y a otras indígenas a sus jefes había sido una estrategia de los peruleros (los que llegaron del Perú con Belalcázar). El hecho fue muy sonado e hizo parte del expediente que levantaron las autoridades contra Arévalo y Hernán Pérez de Quesada. También fue recordado por Juan de Castellanos en sus Elegías de Varones Ilustres con picantes y sazonados versos. De Beatriz del Perú, nombre como se la conoce, nada se volvió a saber. Tal vez, como ya había ocurrido antes, su amo la vendió nuevamente, antes de partir a la fracasada búsqueda de El Dorado.

El extraño destino de estas dos mujeres las había llevado a vivir entre españoles una experiencia dispar. Aunque las dos observaron un mundo en caos, violento y azaroso. De alguna manera habían sido un botín de guerra, intercambiable entre los hombres de la conquista. Pasadas las batallas y ganados los botines los hombres se marcharon, mas esta vez no llevaron esas mujeres consigo. Éstas quedaron aquí, sobrellevando el desarraigo e intentando construir un porvenir. En sus brazos cargaban los pequeños que las unirían a esta tierra. Hijas e hijos mestizos, que al igual que sus madres vivirían una experiencia sin igual.

Los mestizos no conformaron un grupo homogéneo. La mayoría sumaron los contingentes de ilegítimos y pobres, de los campos y las ciudades, cuya vida se dio entre sus parientes indígenas. Pero hubo un grupo de mestizos, hijos de padre español y madre indígena que reviste cierta significación. Bien porque fueron reconocidos o porque recibieron algún beneficio de sus padres. De ellos, tal vez las más beneficiadas fueron las mujeres, pues fue con ellas que se casaron los españoles. Es decir, si los españoles se casaron con mujeres americanas fue con mujeres mestizas, hijas de sus compadres y amigos españoles. Ellas fueron parte de las señoras principales, que junto a las pocas españolas que llegaban dieron origen a las familias nobles de la época. Una nobleza de la tierra deberíamos entender. Historia peculiar, pues dado que sus maridos eran hombres ya envejecidos, pronto enviudaron y quedaron con afortunadas encomiendas en sus manos.

Pero volvamos a nuestra historia inicial, un efecto de la conquista sobre los pueblos indígenas poco tomado en cuenta fue el de su migración forzada. En ocasiones, de distancias impensables, como en los dos casos estudiados. Más frecuente y masivo fue su traslado a las ciudades. Las ciudades absorbieron la población indígena de los pueblos vecinos, especialmente de su componente femenino. No sería errado afirmar que las ciudades de la época eran “ciudades de mujeres”, y, esto especialmente por el elevado número de mujeres indígenas que en ellas residía. Se conocen distintas quejas sobre la costumbre de los españoles de mantener veinte y treinta sirvientes en sus casas. Una servidumbre doméstica que daba confort y status a la élite. Tal vez una de las críticas más fuertes a los abusos de los encomenderos de aquel entonces la realizó Don Diego de Torres, el “Cacique de Turmequé”. En uno de los ítems del memorial de agravios que entregó personalmente al rey Felipe II expuso la forma como las mujeres indígenas que daban a luz eran llevadas a la ciudad para que amamantaran los hijos de los peninsulares.

Pero las grandes casas de los peninsulares no fueron los únicos lugares de asentamiento de los indígenas. En Santafé muy pronto se fueron conformando los arrabales de Las Nieves, Santa Bárbara y San Victorino. Los barrios de los indígenas y los mestizos. Al observar con algún detalle las personas y la vida de los que allí vivían nos llevamos buenas sorpresas. De nuevo encontramos un vecindario en el que sobresalen las mujeres indígenas. ¿Quiénes eran ellas? Muchas eran originarias de pueblos vecinos como Cajicá o Subachoque, traídas a la ciudad por sus amos para servir en sus casas. Fueron sus domésticas y bajo su dominio abusadas, aunque finalmente recompensadas con algún solar y algún otro bien. Fue en esos solares, donde construyeron sus casas en forma de bohíos, donde criaron sus hijos mestizos ilegítimos. Aunque fue allí donde algunas finalmente pudieron establecer una unión con un compañero indígena y tener una prole propia. Las labores realizadas en la ciudad por las mujeres indígenas fueron muchas. Sobresalen, claro está, los servicios domésticos. Que algunas realizaban a domicilio y por días. Pero otras abrieron mesones, especies de restaurantes, donde atendían una clientela variada. Incluso de españoles. Otras atendían sus pequeños puestos en el mercado, donde vendían productos de la tierra y raciones de chicha. Y otras más se ocuparon de vender mantas y ruanas en las zonas mineras. Incluso algunas, que hicieron ahorros, prestaban pequeñas sumas a interés.

No cabe duda que las mujeres indígenas jugaron un papel decisivo en la formación del nuevo orden. Fueron agentes de aculturación y mestizaje, pero también factor de estabilidad para sus familias en los momentos más precarios. Con sorprendente habilidad supieron asegurar un techo para sus hijos, criaron su prole y a los abandonados en su puerta, y hasta socorrieron a los alcoholizados por la desesperanza. Su movilidad en los espacios de la sociedad colonial, limitados para los varones indígenas sujetos a tributo, les permitió tender un puente entre el mundo indígena y el mundo hispánico. Con todo, no debe olvidarse, como nos lo recordarían las dos Beatriz de la conquista, que esta función ocurrió al precio de un altísimo costo vital, de desarraigo, sometimiento y explotación.

 

Pablo Rodríguez Jiménez 

Doctor en Historia, Universidad Nacional Autónoma de México / Profesor Departamento de Historia, Universidad Nacional de Colombia


Bibliografía

José Ignacio Avellaneda, La expedición de Sebastián de Belalcázar al mar del norte y su llegada al Nuevo Reino de Granada. Bogotá: Banco de la República, 1992.

José Ignacio Avellaneda, La expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada al mar del sur y la creación del Nuevo Reino de Granada. Bogotá: Banco de la República, 1993.

Testamentos Indígenas de Santafé de Bogotá, siglos XVI – XVII. Pablo Rodríguez (editor y prólogo). Bogotá: IDCT, 2003.

 

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