Martes, 22 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Imaginar un contexto distinto para sus vidas es tan improbable como pensar en la música como algo lejano a su estirpe. Ellas son la esencia femenina de una línea de sangre que alcanza ya las cuatro generaciones musicales, cuya información genética tiene moléculas creativas para el verso, el canto y ejecución de instrumentos musicales, que se constituyen en el elemento predominante en los varones de la familia; en ellas, las mujeres, prevalece lo sensible, el amor manifiesto, la pujanza y templanza, la solidaridad, la complicidad, la unión filial, todos estos rasgos heredados un tanto de su abuela Sara María Salas Baquero y  otro tanto de su madre Pureza del Carmen Díaz Daza.

En el ocaso de un día cualquiera, se les encuentra juntas en el patio arborizado de la casa de una de ellas en Valledupar, conversando alegres y riendo a carcajadas, evocando episodios de su juventud, haciendo planes de corto plazo, disfrutándose unas a las otras. Juntas son la excepción de las teorías e hipótesis que se han formulado sobre la amistad, que la asocian con algún tipo de interés, beneficios, riqueza o popularidad social, pues lo de ellas supera el campo frívolo de los bienes y servicios y se sitúa en los estadios del amor incondicional.

Son episodios que imantan la narración literaria y obligan a convertirlos en relatos de lo que son ellos como familia, como dinastía, como un patrimonio que se canta; tal como aquí lo hace el Ministerio de Cultura con sus direcciones de Patrimonio y Comunicaciones - a través del Proyecto Las Fronteras Cuentan- en el marco de la estrategia del Plan Especial de Salvaguardia para la Música Vallenata Tradicional en el Caribe Colombiano; en desarrollo del proyecto ‘Música Vallenata Tradicional en Sintonía’, con el que se busca conectar a las comunidades con la esencia histórica de este patrimonio inmaterial de la humanidad, calificado así por la Unesco el año pasado.

En una mesita reposan bases, polvos faciales, sombras, rubores, pestañinas y otros elementos de maquillaje.  Carmen Sara, la menor, termina de aplicar el labial a María, la mayor, y se dirige a Carmen Emilia, quien sigue en turno para la sección de maquillaje. “Ella es la que se encarga de eso siempre”, dice María. “Sí”, replica Carmen Sara. “A mí es a la que le gusta hacer estas cosas; saco cejas, pinto pelo…”. Carmen Emilia, que ha permanecido inmóvil mientras es maquillada, se une a la conversación y entre todas cuentan que “siempre somos así como nos ves. Somos un trío y cuando mama vivía, éramos las cuatro. Siempre amigas, confidentes, sin secretos entre las cuatro; las amigas de nosotras somos nosotras mismas”. Asienten todas y relatan las bromas que en su vejez hacía Carmen Díaz cuando su hija menor la maquillaba, le depilaba las cejas o le pintaba las uñas.

Ese esmero por el cuidado personal, por ocuparse y preocuparse por su familia es el reflejo de lo que recibieron de sus mayores, en el hogar de sus padres, la transmisión vivencial de su abuela y en el entorno que crecieron. En el barrio San Luis, de Villanueva – La Guajira, establecieron su hogar Emiliano Zuleta Baquero y Carmen Díaz, después de regresar de El Plan, a donde fueron cuando ‘se salieron’ a vivir un amor desaprobado por María Francisca Díaz, madre de Carmen, a quien no le hacía gracia la idea de que su hija mayor se enamorara de un músico bebedor de trago. Pero poco o nada pudo hacer la negativa materna ante la fuerza invulnerable del amor.

Fue un amor que nació como el sol en verano: Intenso, vigoroso, imbatible. “Cuando papá conoció a mi mamá, a él lo habían contratado para tocar una serenata a un amigo que la pretendía a ella. El amigo le dijo por allá hay una muchacha muy bonita. Yo le quiero dar una serenata pa’ ver si me para bolas. Papa fue y tocó, pero ese día no la vio porque ella no salió”, relata María Zuleta y explica que en ese entonces “las mujeres no salían. Uno se quedaba quietico ahí. Llegaban, tocaban tres canciones y decía el oferente: Esta serenata va dedicada a la señorita fulana de parte de su enamorado fulano. La señorita decía: Muchas gracias y prendía la luz, pero no salía, los padres no permitían que saliera a esas horas de la noche”.

No alcanzó a conocer Emiliano a Carmen Díaz esa noche. En su mente quedaron retumbando las palabras de su amigo que la referenciaban como una mujer extremadamente hermosa. Entonces al día siguiente no pudo contener el deseo de ir hasta esa casa para conocerla. Lo que encontró le zarandeó el corazón, que desde ese instante dejó de pertenecerle: Una mujer encantadora, esbelta, elegante; 1,80 metros de genuina belleza que lo dejaron sin escapatoria. A ella le sucedió igual: “Mamá dice que ella se enamoró de mi papá apenas lo vio”. Este suceso tuvo lugar en Manaure, donde Carmen Díaz se encontraba de paso en casa de una tía a donde había ido a pasar vacaciones; de modo que regresó a Villanueva, al hogar de sus padres. Allá llegó el enamorado a luchar, a darlo todo por apartar las espinas del camino para que el amor pudiera ser.

Ante la falta de aprobación, los enamorados decidieron ‘salirse a vivir juntos’. Fueron a refugiarse en casa de ‘La Vieja Sara’, mamá de Emiliano, en El Plan de La Sierra Montaña, hoy corregimiento del municipio de La Jagua del Pilar, que para comienzo de la década de los cuarenta, cuando acaecieron los hechos, quedaba a un día de viaje en burro desde Villanueva. Allá, con el respaldo de la madre/suegra le dieron rienda suelta a su amor. “Contaba mamá que papá era un tipo supremamente amoroso, que le consultaba todo; si le pedían que fuera a tocar, él decía ¿Cuánto me van a pagar? Déjeme hablar con Carmen, porque ella le puso precio al talento de su marido”, narran las Hermanas Zuleta. En El Plan concibieron a su primer hijo. Cuando a Carmen Díaz empezó a notársele el embarazo, las personas empezaron a decirle: Ahí viene Emilianito, sin saber si tendría niño o niña, más bien para dar la connotación de que en el vientre de la mujer crecía en retoño de Emiliano. Efectivamente el niño nació varón y lo bautizaron con el nombre de Emiliano Alcides Zuleta Díaz, aunque siempre siguió siendo Emilianito.

Ya consolidado el hogar, regresaron a Villanueva, donde contrajeron matrimonio. Emiliano era un enamorado empedernido de su mujer; no obstante, la noche del casamiento, “los amigos de mi papá lo invitaron a dar una serenata; se fueron a parrandear y se demoró tres días para regresar”, cuenta María Zuleta y añade que cuando regresó, lo hizo con una serenata: “Me le dice a Carmen Díaz que sufra y tenga paciencia porque ella muy bien sabía que Emiliano es sinvergüenza… Me siento lo más contento porque resolví casarme; si me caso en otro tiempo, me vuelvo a casar con Carmen”.

Fue un amor ejemplar, según lo narran ellas, que son la evidencia del mismo. Luego de Emilianito, nacieron María, Tomás Alfonso o ‘Poncho’, Fabio, Carmen Emilia, Mario, Héctor y Carmen Sara, en ese orden. Crecieron en tiempos distintos, aunque cercano. Cuando Carmen Emilia nació, María había llegado a los seis años; entonces encontró compañía y complicidad para compartir los juegos de niñas y en vacaciones se iban para El Plan. Se despedían en la madrugada de sus padres en Villanueva, montaban en burros y al despuntar la tarde estaban recibiendo el abrazo de ‘La Vieja Sara’.

“Mama Sara era una mujer alegre, poetisa, elegante, le gustaba mucho un collar, unos estrenos. Hacía sus composiciones a veces para halagar a alguien, con versos, poesías, décimas, pero también podía ser para insultarlo o reprenderlo. Era una mujer de un carácter fuerte, era la líder de El Plan, la matrona, la jefa, la que mandaba”, recuerdan y se miran para confesar que las tres heredaron ese carácter recio, que era reforzado por madre, a la que vieron poniendo orden en el hogar, exigiendo que la idoneidad creativa de su esposo fuera valorada; ella decía que él era hombre muy noble, ingenuo. “Mi mama era celosa. Él era mujeriego, pero la respetaba mucho. A mi papa las mujeres lo perseguían porque era un hombre muy bonito, blanco rosado, y mi mama sabía que las mujeres le coqueteaban; él hacia las cosas a escondidas, pero mama lo pillaba.

Crecieron las niñas, las dos mayores, en un entorno bucólico, recreado por armonías rurales y el sonido de los acordeones de su papá y sus amigos (mencionan a los compositores Leandro Díaz y Armando Zabaleta); además, con la carga genética de una abuela paterna poetisa, un abuelo materno acordeonero, un papá acordeonero y un hermano mayor que se había enamorado del acordeón y que tenía como amigos a una generación que compartía sus pasiones: Andrés ‘El Turco’ Gil, Alberto ‘Beto’ Murgas, Rafael Norberto, Israel y Rosendo Romero, Hugues Cuadrado y otros que vivían en el barrio San Luis o en el Cafetal, que era vecino. “Mama se opuso a que sus hijos fueran acordeoneros. Emiliano fue músico a la brava. Aprendió a tocar solo y a escondidas. Papa siempre tuvo su acordeón y lo echó en un baúl con llave para que no tocara; pero el padrino de Emiliano, Escolástico Romero, era músico y arreglaba acordeones, entonces siempre tenía el instrumento en su casa y a son de padrino le alcahueteaba; le prestaba acordeón y él se iba para el rio”. Ante esto se impuso el carácter de Carmen Díaz, quien no dudó en trasladar a su hijo a Valledupar para que estudiara en el Loperena y en el futuro se convirtiera en un teniente. La decisión fue respaldada por el padre, ya que él podía dar testimonio de la situación de menosprecio que padecía la música que hacían. Pero no hubo forma de deshacer el amor que había nacido entre el muchacho y el instrumento.

Era natural que al estar rodeadas de música de acordeón, las mujeres fueran colonizadas por ella en su corazón, aunque su parte física fuera un territorio vedado para ejercer cualquier actividad relacionada con la música. El protocolo establecía que las mujeres no participaban en parrandas y mucho menos si eran niñas, de modo que ellas no tenían la posibilidad de aspirar siquiera de acercarse por detrás de los asientos de los parranderos, como sí lo hacían algunos niños a los que en ocasiones les caían las salivas del ron bebido por los mayores, que tenían la costumbre de escupir para atrás después de cada trago. “A nosotras no nos dejaban participar, ni siquiera pudimos intentar aprender tocar acordeón porque decía mi papá: “Las mujeres no pueden hacer eso porque entonces los hombres las van a obligar a tomar trago. Y en esa época las mujeres que tomaban eran las de los cabarets; una mujer decente, jamás”, cuenta María, refiriéndose a ella y Carmen Emilia y confiesa que sí tuvieron la intención. Carmen Sara, por su parte, tuvo más acceso al instrumento, a través de su hermano Héctor, que eran los dos hermanos menores. “Cuando ellos crecieron yo aún no estaba. Cuando yo nací, ya Emiliano tenía 20 años, estudiaban en Tunja con Poncho; yo no compartí mucho con ellos. No viví la época de la Sierra de la que ellos hablan tan bonito porque ya vivíamos en Villanueva, y cuando tenía un añito y medio mi mamá se vino a vivir a Valledupar. Yo soy la que menos pudo disfrutar de eso, pero me sé los cuentos que echan”. Héctor le dio algunas lecciones de acordeón a su hermanita, sin la prohibición paterna. “Éramos compinches y yo le decía enséñame, hasta que un día nos encontró Emilianito y me dijo: Eso es pa’ hombre, te va a tocar lidiar con hombres, no vas a tener ni amiguitas, sólo hombres”. La imagen futura de ella misma sin amigas bastó para que Carmen Sara abandonara la idea de aprender el arte de su padre y sus cinco hermanos. La posibilidad de un reintento terminó con el temprano fallecimiento de su mentor. Héctor Zuleta falleció el ocho de agosto de 1982, a sus 22 años.

En cuestión de amores, las restricciones para el gremio femenino de la época no eran menos rigurosas. “Con los muchachos pasaba nada, pero ¡ay de que fuera una niña tuviera un noviecito!, eso era un escándalo en la familia”, recuerdan. No faltaban los pretendientes para unas jovencitas como ellas: hermosas, esbeltas… El compositor Rosendo Romero describe a María Zuleta como “una mujer muy bella, una flor, blanca; haz de cuenta un heliotropo, una azucena. ¡Qué cosa tan bella era María Zuleta!, su cuerpo, sus piernas gruesas, blancas… Bueno, todas ellas han sido muy bellas”, afirma.

“Cuando yo tenía como 13 años, me pretendía un vecinito que vivíamos diagonal y estudiábamos en la misma escuela, en el mismo curso, tercero de primaria; nos veníamos juntos a pie de la escuela a la casa. El muchachito empezó a picarme el ojo, a decir que yo le gustaba y yo me ponía como coquetica, no le paraba bolas, pero tampoco lo rechazaba, no le daba mucha oportunidad que me hablara, salía corriendo y él me alcanzaba. Un día decidió mandarme un papelito con una hermanita de él y mi papa vio cuando me lo entregó. Se puso malicioso y me siguió para ver que hacía yo. Yo bien inocente me fui al patio a leerlo, pero cuando lo estaba abriendo me lo arrebató mi papá y llamó a Emilianito y le dijo: Mira lo que le mandaron a María. Él se puso furioso y dijo: Yo sí veía que él se la pasaba mirándola y una vez le mandó unos confites.  Yo ni más dejé que el muchacho me mirara, le mande a decir que cuidadito se le ocurría decirme nada porque mi papa se había dado cuenta”.

Era inevitable que las Hermanas Zuleta iluminaran los lugares con su estampa, sus figuras, sus rostros ideales sobresalían y arrancaban cumplidos a su paso; incluso una composición de uno de los ya consagrados trovadores de la época.  Cumplía María sus quince años y como regalo, su mamá la llevó a conocer Valledupar, epicentro de todo el movimiento de la comarca, donde se celebraba la fiesta de la Virgen del Rosario, con escenificación de Las Cargas en la plaza principal. “Era un 30 de abril, lo recuerdo. Nos hospedamos en casa de tío Enrique Zuleta”. Era vecina del lugar Julia Vega, una villanuevera popular que tenía un expendio de cerveza que se convertía en el destino de parranderos trashumantes como Luis Enrique Martínez. “Él conocía a mis padres, que lo habían invitado varias veces a la finca Las Puertecitas, pero nunca había dio. Ese día llegó a donde Julia Vega y se acercó a saludar a mi mamá, que le dijo: Yo vine a traer a mi hija que cumple quince años y él me dijo muchos piropos, que era muy linda y que ahora sí iba a aceptar la invitación a la finca porque tenía razones para ir”. María no lo volvió a ver. Al año siguiente, desde un pick up vecino de su casa escuchó una canción que llamó su atención: “Conocí a Maria Zuleta, la hija de Emiliano y Carmen Díaz, el día que menos pensaba conocer a esa linda bonita. Ella se fue colmada y llena de alegría porque yo prometí de hacerle una visita. Ahora sí voy a conocer la puertecita, donde viven Emilianito y Carmen Díaz”. Sí, Luis Enrique Martínez le había compuesto una canción, “pero no fue ni siquiera mi admirador nunca. Él tenía como 40 años, yo tenía 15. Nunca fue tampoco a la finca”, aclara la musa.

Son recuerdos que les sacan risas y nostalgia a las tres y evocan a Emilianito, el hermano mayor, custodiando rigurosamente la honorabilidad de sus hermanas, porque estaba bien visto socialmente que la mujer saliera de su casa casada, aunque se daban los casos en los que ‘se salían a vivir’, como lo hicieron Emiliano y Carmen Díaz. Las parrandas con acordeón y los novios no eran asuntos para las ‘niñas de bien’.

La llegada de rock and roll y el twist representaron la redención para las jovencitas que encontraron una puerta de ingreso al mundo de las fiestas alrededor de la música. “De ahí para acá empezó la cosa a cambiar un poquito, porque la música de mi papá, la vallenata que fue la que conocimos desde que nacimos, la teníamos prohibida, era música campesina, música mediocre; nos gustaba, pero no pudimos participar de ella. Con el twist y el rock and roll hubo un poquito más de civilización”, refiere María. Organizaban colitas en el patio de alguna casa e invitaban amiguitos y departían con música. “Mi papa tocaba caja, guacharaca y acordeón. Cuando Emilianito empezó, era con maracas, redoblante y bombo, era como una caja. Ya ese era un baile más moderno, nueva ola para la época. A la juventud nos gustaba ese porque era más civilizado”.

Fueron jóvenes fieles a sus tradiciones y principios, siempre teniendo como faro el amor que aprendieron de sus padres. “Ellos se querían mucho”, coinciden, aunque no desconocen la brecha enorme entre ellos fueron abriendo las parrandas y mujeres ocasionales de su padre, hasta que un día Carmen Díaz decidió no aguantar más; tomó sus cosas y a sus hijos y abandonó al que fue su marido por 25 años. “Yo me pegué mucho a mi mamá. Cuando ellos se separaron yo tenía apenas un año y medio, de modo que no logré disfrutar de ellos (padre y hermanos mayores); me convertí en la hija de mi mamá, pero también la hija de mis hermanas”, cuenta Carmen Sara, quien al terminar sus estudios secundarios viajó a México donde se graduó como odontóloga, con especialización en endodoncia. Hasta ese país se llevó un tiempo a su mamá, su amiga, su compinche y su gran dolor cuando murió. “me dio muy duro la muerte de mi mamá”, recuerda, sin poder evitar la nostalgia en su mirada.

María y Carmen Emilia, por su parte, habían estudiado con honores el bachillerato, según los lineamientos sociales de su época. “Las mujeres estudiaban bachillerato comercial, cuatro años; era con mecanógrafa, salían como secretarias a trabajar en los bancos”, explican. Una vez hubieron superado la edad de los amores escondidos, tuvieron novios formales y salieron casadas de su casa. María se casó, dio a luz un hijo (que murió ya adulto) y se separó y luego parió dos más de un segundo matrimonio. Hoy vive feliz, rodeada del amor de sus nietos. Carmen Emilia se casó y parió cuatro tres mujeres y un varón. Carmen Sara no tiene hijos.

Años después de la separación, sus padres volvieron a ser muy amigos; él conformó un nuevo hogar y tuvo tres hijos más: Belisario, Sara y Efraín, de quien afirman las hermanas lleva en las notas de su acordeón la esencia inalterada de su padre.

La mirada de estas mujeres adquiere un brillo especial cuando hablan de su familia, del privilegio que sienten al pertenecer a ella, de tenerse los unos a los otros. Pese a que las dos mayores viven en Valledupar y la menor se radicó en Cartagena, de manera frecuente deshacen los kilómetros y reencontrarse, darle rienda suelta a sus rituales de amistad suprema; hablan de todo, se cuentan confidencias, se abrazan, salen juntas, toman decisiones, analizan y planean formas de apoyar y amar a los suyos.

“El que nos mueve ahora es Poncho. Antes era mi mamá. Después mi papa, que la medicina, que el médico, que cómo lo manejamos y ahora es Poncho, el tema central. Nos encontramos y lo primero que hacemos es preguntar cómo esta Poncho, dónde está. Es como el líder, el papá, el que nos guía”, manifiesta Carmen Sara, secundada pos sus hermanas quienes añaden que “lo queremos porque se ha ganado el amor de nosotras. A él hay que entregarle cuentas de lo que hacemos, no podemos tomar una determinación sin consultarle, él tiene que dar el visto bueno para todo. Mamá decía que él era la ‘llave maestra’; es como un papá, peto también como un hijo. Vivimos pendientes de él, si nos enteramos que está enfermo, con algún dolor o un examen con alguna cifra anormal, llegamos las tres a ponernos al frente”.

Así se conducen por la vida, en conjunto, como una sola, como una entidad que representa el amor de marca Zuleta; una marca que llevan orgullosas, por la colosal connotación de ser biznietas de Job Zuleta, nietas de Cristóbal Zuleta y la ‘Vieja Sara’, hijas de Emiliano Zuleta Baquero y Carmen Díaz, hermanas de Emilianito, Poncho, Fabio, Mario, Héctor Zuleta Díaz y ser parientes del resto de esta progenie musical que se extiende a otros talentosos hacedores de arte. 

“Es un orgullo que tenemos. Somos afortunadas de la vida de tener seres humanos tan cercanos, de ser hermanos de sangre, bendecidas con esa unión de esos hermanos que no es común tener hermanos así de ese talante. Es una bendición”, puntualiza Carmen Sara. “Yo lo defino con un verso de Emilianito”, acota Carmen Emilia y comienza a cantar: “Quien tenga un hermano como yo se encuentra contento en esta vida, y fue Carmen Díaz quien lo parió, dichosa mamá, Dios te bendiga”.

“Yo definitivamente los admiro y valoro más como seres humanos que como músicos. Me encanta su música y sé que son excelentes compositores, tienen mucha gente que los admira como artistas, pero además de eso son seres humanos con muchos valores, hermanos con los que nos sentimos protegidos. Yo quede viuda de 26 años y nunca me he sentido ni me sentiré sola porque cuento con mis hermanos, somos muy unidos, hay afinidad, confianza amor, y eso lo hace sentir a uno muy bien. Yo me siento apoyada y protegida y eso produce buena calidad de vida, porque no somos personas de entrar en depresión, estrés, crisis, que eso está de moda, eso es para gente que está vacía; nosotros estamos llenos los unos de los otros, llenos de amor. Se nos murieron papa, mamá, dos hermanos, mi hijo, pero quedamos los otros, a pesar de todos esos huecos que van quedando de esos seres de tan adentro, pero se van llenando con la unión, la armonía y el amor que nos tenemos”, concluye María.

Verlas juntas, conversando, actuando, amándose, es adquirir la calidad de testigo de las manifestaciones intangibles del amor y la amistad, de la apropiación del legado ancestral, de la valoración del patrimonio personal, que para ellas no es otra cosa que la familia Zuleta, en la que “se sufre, se goza y se vive feliz, hay ratos solemnes y otros de agonía”, que no es perfecta, que está conformada por humanos al fin, pero que en definitiva prevalece siempre los valores del amor, el agradecimiento, el respeto y la amistad, que son inherentes a sus genes y que son fuente de inspiración para construir Relatos de Un Patrimonio Que se Canta.

 

María Ruth Mosquera

@sherowiya

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